—Cinco días —repitió Lenash, mirando el techo de la enfermería con el pie en alto sobre tres almohadas—. Tenemos cinco días de margen.
—Cinco —confirmó Yoel.
—Y yo tengo diez de reposo.
—Es una cuestión de matemáticas.
—Es una cuestión de milagros.
—Los milagros son matemáticas con mucha fe.
—Eso lo has leído en una galleta.
—En un paquete de pastillas para la garganta. Es un género distinto.
Eran las siete de la mañana. Dani dormía en la silla con la boca abierta y un cuaderno sobre el pecho donde había escrito, con letra temblorosa, la lista de sus trabajos voluntarios: «Limpiar espejos. Ordenar partituras. Fregar el almacén de tutús. Pedir perdón a todo el mundo, otra vez». Había subrayado la última dos veces.
Yoel le había contado a Lenash lo del mensaje de Lorca en voz baja, para no despertarla. Ella lo escuchó sin interrumpir, con los ojos fijos en el vendaje blanco.
—Es un hombre horrible —concluyó.
—Es un hombre muy ordenado.
—Eso es lo que digo.
—Y tiene un detective.
—Que además lee novelas negras.
—Es un perfil complicado.
Lenash se incorporó sobre los codos y miró a Yoel con una seriedad que él no esperaba.
—Tengo una idea.
—Me da miedo.
—Es una idea sensata.
—Me da más miedo todavía.
—Voy a ensayar.
—No.
—Con el pie en alto. Solo la parte de arriba. Brazos, torso, expresión.
—El doctor dijo reposo absoluto.
—El doctor dijo que no me apoyara en el pie. No dijo que no moviera los brazos.
—Lenash...
—Yoel, si me quedo cinco días mirando el techo, voy a empezar a bailar con la lámpara.
—Tampoco estaría mal.
—Hablo en serio.
Él se frotó la nuca. Conocía esa mirada. Era la que ella ponía cuando decidía algo y el resto del universo podía irse a hacer gárgaras.
—Está bien —cedió—. Pero con condiciones.
—¿Cuáles?
—Que yo decida cuándo paras.
—Eso es una orden.
—Es una condición.
—Es una orden con otro nombre.
—Es una condición con mucho cariño.
Lenash le sacó la lengua. Y Yoel, que nunca habría imaginado que un gesto así pudiera hacerle sonreír a las siete de la mañana, sonrió.
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La ayuda llegó por donde menos se esperaba.
A las diez, mientras Lenash practicaba con las manos una secuencia de brazos sentada en una silla del Salón Aurora, con Maribel haciendo de vigía junto a la puerta, alguien llamó con los nudillos. Dos golpes. Educados. Dudosos.
—Adelante —dijo Maribel, escondiendo los prismáticos.
Camila entró con las manos entrelazadas delante del cuerpo, sin maquillaje, con el pelo recogido en una coleta sencilla y una sudadera gris. Parecía otra persona, una versión más joven y más vulnerable de sí misma. Detrás, Bruno cargaba con una bolsa de hielo, una bolsa de naranjas y la expresión de un perro que ha roto algo en casa y no sabe cómo pedir perdón.
—Hola —dijo Camila.
—Hola —dijo Lenash, con una frialdad cuidadosa.
—Nos hemos enterado de lo del tobillo.
—Las noticias vuelan.
—Siempre.
Se hizo un silencio muy largo y muy incómodo. Bruno dejó la bolsa de hielo en el suelo, junto a la silla. Camila dio un paso al frente.
—Vengo a pedirte perdón.
—Ya lo hiciste.
—No de verdad. Antes lo hice porque me habían pillado. Ahora lo hago porque lo siento.
—¿Hay diferencia?
—Una enorme. —Camila se mordió el labio—. Aunque comprendo que no lo parezca.
Lenash la observó en silencio. Tenía delante a la chica que le había cortado un cable, grabado un vídeo y planeado su expulsión. También tenía delante a una persona con los ojos hinchados de llorar, sin una sola gota de maquillaje para taparlo.
—¿Qué quieres? —preguntó al fin.
—Ayudarte.
—No necesito ayuda.
—Tienes un esguince de grado dos y quince días hasta el campeonato. Sí que la necesitas.
—¿Y qué puedes ofrecerme tú?
—Esto.
Camila se levantó la pernera del pantalón. En el tobillo derecho tenía una cicatriz fina, blanquecina, que subía por la parte externa.
—Me rompí el ligamento a los quince. Tres meses de reposo. Mi padre dijo que no podía bailar «con una discapacidad temporal», y me prohibió volver al escenario hasta estar al cien por cien. —Sonrió con amargura—. Volví al mes y medio. Mal curada. Con dolor. Y acabé con una lesión crónica que llevo escondiendo siete años.
—Camila...
—Pero aprendí una cosa. Existe una forma de adaptar el tango para los que no pueden apoyar el pie. Se llama tango de contacto superior. Tiene giros de torso, desplazamientos de cadera, trabajo de brazos y mirada. Casi todo el peso lo lleva el compañero. Es muy bonito si se hace bien. Y casi nadie lo domina.
—¿Tú sí?
—Lo practiqué durante tres meses con la pierna inmovilizada. Es lo único bueno que saqué de mi lesión.
Lenash miró a Maribel. Maribel se encogió de hombros con un gesto que decía: «No me preguntes a mí, yo solo soy la vigía». Miró a Bruno, que asintió con timidez. Y miró otra vez a Camila, que le sostenía la mirada con una mezcla de miedo y esperanza.
—¿Por qué lo haces? —preguntó—. Si pierdo, tú ocupas mi lugar.
—Lo sé.
—Si gano, no.
—Lo sé.
—¿Y aun así quieres ayudarme?
Camila tragó saliva.
—Porque cuando os vi bailar sin música, algo se rompió dentro de mí. Y creo que llevaba mucho tiempo roto. Quiero ver cómo termina la historia. Aunque no sea la mía.
Lenash se quedó pensativa un momento. Después, muy despacio, extendió la mano.
—Tendrás que ser muy buena.
—Soy la segunda mejor bailarina de esta academia.
—¿Y la primera?
—Pues está sentada en esa silla.
Camila sonrió, y esta vez fue una sonrisa de verdad. Se estrecharon la mano. En la puerta, Bruno dejó escapar un suspiro de alivio tan grande que Maribel tuvo que sujetarlo para que no se cayera.
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Los tres días siguientes fueron los más raros y los más hermosos de toda su preparación.
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Editado: 08.10.2026