Danzando con el Diablo

Capítulo 14: Reconocimiento médico

El doctor Soria tenía las manos frías y el entusiasmo de un funcionario de aduanas en lunes.

—Pierna izquierda —ordenó.

—Es el pie derecho —dijo Lenash.

—Ya lo sé. Quería ver si me lo corregía.

—¿Y para qué?

—Para comprobar su nivel de atención.

—Mi nivel de atención está perfecto, doctor. Lo que está fatal es mi tobillo.

—Eso lo decidiré yo.

El Salón Aurora se había convertido en un tribunal improvisado. La directora Ferrán, rígida, junto a la barra. Lorca de pie con el cronómetro abierto, como si el diagnóstico fuera una carrera. Maribel y Dani pegadas a la pared, intentando parecer invisibles, sin éxito. Y a un lado, con la bata colgando de un brazo, Camila esperaba su turno con la barbilla alta.

Yoel no se había movido del lado de Lenash. Tenía los brazos cruzados y la mirada fija en Soria, con una expresión que prometía problemas legales.

—Doctor —dijo con voz suave—, si le hace daño, le romperé el martillito.

—Es un instrumento clínico.

—Era una amenaza clínica.

—Yoel —murmuró Lenash—. Cállate o te echan.

—Me da igual.

—A mí no.

Él apretó los labios y guardó silencio. Soria giró el pie de Lenash con una brusquedad que le arrancó un gemido, y anotó algo en su cuaderno con una letra diminuta.

—Dolor al movimiento lateral. Inflamación moderada. Inestabilidad ligamentosa. —Levantó la vista hacia Lorca—. No es apta.

El salón entero contuvo la respiración.

—Perfecto —dijo Lorca, cerrando el cronómetro con un clic satisfecho—. Entonces, según el artículo veintitrés...

—Un momento —dijo una voz desde la puerta.

Todos se giraron.

El doctor Almendral estaba en el umbral, con su bata blanca arrugada, el bigote recortado y una bolsa de papel en la mano. A su lado, con la respiración agitada y los ojos brillantes, Maribel levantaba los pulgares con una sonrisa inmensa.

—¿Y usted quién es? —preguntó Lorca.

—Alejandro Almendral. Médico titular de la señorita Lenash. —Dejó la bolsa sobre una silla—. Me avisaron de que alguien estaba haciendo un diagnóstico sin consultarme.

—Es un reconocimiento oficial de la federación.

—Seguro que sí. Y seguro que el artículo veintitrés, que he leído esta mañana mientras desayunaba, dice algo sobre la elección del médico.

Lorca palideció un poco.

—No dice nada parecido.

—Dice —recitó Almendral, sin necesidad de consultar ningún papel— que el reconocimiento será realizado por un facultativo «designado de común acuerdo entre la federación y el participante». Yo soy el designado por la participante. Usted ha traído al suyo. Por tanto, necesitamos que los dos médicos coincidan.

—Eso es una interpretación forzada.

—Es una interpretación literal. Si prefiere discutirlo ante el comité de apelaciones, estaré encantado. Tengo la tarde libre y un termo de café.

Se hizo un silencio breve. Lorca miró a Soria. Soria miró al suelo. La directora Ferrán carraspeó con una discreción tan estudiada que parecía una carcajada reprimida.

—Muy bien —dijo Lorca, con los dientes apretados—. Que los dos la examinen.

—Gracias —dijo Almendral—. Soy muy rápido. Y muy desagradable. Se lo advierto.

Se arremangó, se arrodilló junto a la silla de Lenash y le palpó el tobillo con una delicadeza que contrastaba con su tono. Le pidió que moviera los dedos. Que girara el pie hacia dentro, hacia fuera. Que lo estirara. Soria lo observaba todo con los brazos cruzados y la expresión de quien ve cómo le quitan el juguete.

—Inflamación moderada, ligamento externo intacto, sin rotura —concluyó Almendral al cabo de cinco minutos—. Esguince de grado dos con evolución favorable. Reposo relativo, vendaje funcional y sin carga durante diez días.

—Eso la inhabilita para el campeonato —dijo Soria.

—Eso la inhabilita para correr. Para bailar en modalidad de contacto superior, con el peso sostenido por el compañero, no presenta ninguna contraindicación.

—Esa modalidad no existe.

—Existe —dijo Camila, dando un paso al frente—. Artículo sesenta y uno del reglamento de competición. Aprobado hace dos años.

—¿Por quién?

—Por la presidenta Quiroga.

El nombre cayó en medio del salón como una piedra en un estanque. Lorca se quedó rígido, y por un instante algo oscuro cruzó su cara: no era enfado ni sorpresa, sino algo más viejo, como una herida mal curada que alguien hubiera tocado sin querer.

—Elvira —murmuró.

—Se alegrará mucho de saber que se aplica —dijo Orlov desde la puerta, apoyado en su bastón con una sonrisa que no le había visto nadie en cuarenta años.

Lorca se giró despacio hacia él. Los dos hombres se miraron en silencio. Lenash tuvo la impresión de estar viendo un duelo antiguo, de esos que no se libran con palabras.

—Anselmo —dijo Lorca, con una cortesía helada.

—Gaspar.

—Cuánto tiempo.

—Cuarenta años. Más o menos.

—Pareces cansado.

—Y tú pareces exactamente igual que entonces. Eso es lo que más me preocupa.

La directora Ferrán intervino con prontitud.

—Señor Lorca, creo que podemos considerar resuelto el reconocimiento. La señorita Lenash es apta para la modalidad de contacto superior, bajo supervisión médica diaria.

—No he dicho que sea apta —replicó Lorca.

—Los dos médicos han coincidido.

—Han coincidido en que puede bailar un tango adaptado. Lo cual exige una aprobación formal de la coreografía por parte del comité técnico.

—Que usted preside.

—Efectivamente. Y la aprobaré o no, según mi criterio. —Cerró el maletín con un golpe seco—. Presentarán la coreografía completa en una prueba preliminar, ante el comité, el viernes por la mañana. Si no alcanzan el nivel exigido, quedarán fuera.

—El viernes es dentro de tres días —dijo Yoel.

—Lo sé. Tengo buena memoria.

—No es justo.

—No he dicho que lo sea. —Lorca se colocó el pañuelo del bolsillo con un gesto pulcro—. Les deseo mucha suerte. Hay quien dice que la necesitarán.




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