Danzando con el Diablo

Capítulo 15: Lo que guardan los sobres amarillos

Yoel llegó en ocho minutos.

Lenash lo supo por los pasos en la escalera: rápidos, irregulares, de alguien que ha decidido ignorar el ascensor y el sentido común. Abrió la puerta antes de que llamara, apoyada en una muleta que Almendral le había prestado «solo para emergencias y para amenazar a la gente».

—Te dije que no vinieras —susurró.

—Y yo te dije lo de la regla.

—Qué educado.

—Vengo con las manos vacías. Es una visita estrictamente informativa.

Llevaba la camiseta del revés y el pelo como si hubiera discutido con una almohada. En la mano izquierda sujetaba una bolsa de papel con dos croissants. Lenash los miró.

—Dijiste que venías con las manos vacías.

—Los croissants son una excepción.

—Eres un mentiroso.

—Soy un mentiroso con provisiones.

Entró. Cerró la puerta con cuidado, miró el apartamento diminuto, la cama sin hacer, las tres almohadas apiladas y el termo vacío sobre la mesilla. Se le suavizó la cara.

—Te lo bebiste todo.

—Estaba horrible.

—Lo sé.

—Me lo tomé entero.

—Eso también lo sé.

Se sentaron en el borde de la cama, a una distancia reglamentaria de medio metro, con el sobre amarillo entre los dos como si fuera un tercer invitado. Lenash le fue pasando las fotos una por una, sin decir nada. Yoel las miró con atención. En la primera, se detuvo.

—Es la presidenta.

—Con veintidós años.

—Se parece a... —Frunció el ceño—. Se parece a mi madre.

—¿En serio?

—En la forma de reírse. Como si no le importara quién la mira.

Pasó a la segunda foto, la de la boda. Se quedó callado un buen rato. Después leyó la denuncia, línea por línea, con los labios apretados. Cuando llegó a la firma, cerró los ojos.

—Gaspar Lorca.

—Lo escribió él.

—Y el artículo cuarenta y siete lo redactó mi abuelo a partir de esta denuncia.

—Tu abuelo fue una herramienta.

—Mi abuelo fue un cobarde con buena caligrafía. —Dejó el papel sobre la cama con un gesto lento—. Esto lo cambia todo.

—Lo sé.

—Con esto podemos hundir a Lorca.

—Lo sé.

—Hoy mismo. Ahora.

—Lo sé, Yoel.

—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?

Lenash tardó en responder. Había pasado la última hora dándole vueltas a la misma pregunta, mirando la grieta del techo, y todavía no tenía la respuesta limpia.

—Porque no sé si debemos.

—¿Cómo que no?

—Piénsalo. Si presentamos esto ante la federación antes de la prueba, Lorca dirá que es una maniobra desesperada. Que lo atacamos porque no podemos bailar. Y la prensa lo contará así.

—Es la verdad.

—Es la verdad en el momento equivocado.

—¿Y cuál sería el momento correcto?

—No lo sé. —Se frotó los ojos—. Pero hay algo más. Esto no es solo nuestro. Es de Orlov. Y de Elvira. Es su historia. Si la sacamos a la luz sin preguntarles, estaremos haciendo lo mismo que hizo Lorca: decidir por ellos.

Yoel se quedó mirándola. Y por primera vez desde que lo conocía, Lenash vio en su cara una expresión que no era ni orgullo, ni ironía, ni arrogancia. Era algo más sencillo. Más hondo.

—Tienes razón.

—¿Perdón?

—Que tienes razón. Es otra cosa que me gusta de ti.

—¿Tener razón?

—Que a veces me la quitas sin hacer ruido.

—Eso ha sido casi un cumplido.

—Casi.

—Voy a guardarlo con los otros.

—Los llevas bien catalogados.

—Tengo un sistema.

Yoel soltó una risa breve. Y después, sin previo aviso, le apoyó la cabeza en el hombro. Fue un gesto tan natural, tan cansado, tan absolutamente sin defensa, que Lenash se quedó quieta, sin atreverse a respirar. Su pelo olía a jabón barato y a madrugada.

—Estoy agotado —murmuró él.

—Lo sé.

—Llevo dos noches sin dormir.

—Lo sé.

—Voy a quedarme así solo un minuto.

—Regla cuarenta y siete.

—Cinco minutos. Para que no sea un minuto.

—Eso no tiene sentido.

—Estoy cansado. No necesito tener sentido.

Lenash sonrió y apoyó la mejilla en su cabeza. Desde la calle llegaba el rumor de la ciudad despertando. Y por un momento, solo por un momento, el mundo pareció tener la forma exacta de aquella habitación pequeña.

---

A las nueve y media, una llamada a la puerta rompió el silencio.

—No es posible —susurró Lenash.

—¿Quién es?

—Mi casera. Siempre viene los jueves.

—Hoy es miércoles.

—Entonces es peor. Algo ha pasado.

Se levantaron de un salto, tropezando con la muleta, con las fotos y con una almohada que cayó al suelo con un ruido sordo. Lenash empujó a Yoel hacia el armario.

—Métete ahí.

—¿Dentro?

—Es un armario muy grande.

—Es de cuarenta centímetros.

—Hazte pequeño. Eres un profesional.

—Eso no es un argumento.

—¡Entra!

Yoel se metió con una dignidad lamentable, encogido entre abrigos y bufandas, con una bolsa de croissants contra el pecho. Lenash cerró la puerta, se alisó el pelo y abrió la otra.

No era su casera.

Era Aurelio Marchetti.

Llevaba un abrigo oscuro, una carpeta bajo el brazo y esa expresión suya que parecía sacada de un museo. Pero había algo distinto en su cara: unas ojeras profundas, el nudo de la corbata torcido, una sombra de incertidumbre que ella nunca le había visto.

—Señorita Lenash —dijo—. Perdone la hora.

—No pasa nada. Pase.

—Gracias. No me quedaré mucho.

Entró, miró el apartamento con atención clínica, y sus ojos se detuvieron, un segundo apenas, en los dos croissants que asomaban de una bolsa sobre la mesa. Luego en la almohada del suelo. Luego en la puerta del armario, que no cerraba del todo y mostraba, entre dos abrigos, un mechón de pelo oscuro.

Lenash dejó de respirar.

—Bonito apartamento —dijo Aurelio, con voz neutra.

—Es pequeño.

—Es acogedor. —Se giró hacia la ventana—. Vengo a hablarle de mi hijo.

—¿De Yoel?

—No tengo otro.




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