Danzando con el Diablo

Capítulo 16: La grabación

El proyector zumbaba sobre la pared blanca, y la voz de Lenash se repetía en bucle desde los altavoces del salón: «Lo digo por todo. Lo digo por todo. Lo digo por todo.»

Alguien, en algún lugar, pulsó el botón de pausa. La imagen se quedó congelada: dos siluetas en penumbra, frente con frente, con los ojos de Lenash cerrados y la mano de Yoel en su espalda.

Nadie respiraba.

—Creo que la imagen habla por sí sola —dijo Lorca, caminando despacio por el parqué con las manos a la espalda, como un fiscal en el último día de juicio—. Una pareja inscrita en competición oficial, en un estudio sin registrar, en plena madrugada, manteniendo un contacto íntimo prolongado y declaraciones inequívocas.

—Era un ensayo —dijo Lenash.

—A las once de la noche.

—Los ensayos no tienen horario.

—Con los ojos cerrados, abrazada a su compañero.

—Es una técnica de tango. Camila puede confirmarlo.

—Confirmo —dijo Camila, levantando la mano desde la tercera fila—. Es la técnica de escucha corporal. La enseñé yo.

—Y la frase «lo digo por todo» —continuó Lorca, ignorándola con una elegancia glacial— ¿también pertenece al manual de la técnica?

Un murmullo recorrió el salón. Lenash sintió que las mejillas le ardían, pero en lugar de bajar la cabeza, la levantó. Pensó en su abuela Nasira, en la harina, en el nombre que significaba «la que no se rinde». Dio un paso al frente, apoyada en el brazo de Yoel.

—Señor Lorca —dijo—, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Tiene derecho.

—¿Quién consiguió esa grabación?

—Un colaborador de la federación.

—¿Con permiso de quién?

—Con el mío.

—¿Y con el permiso del dueño del estudio?

Lorca parpadeó apenas.

—¿Perdón?

—Ese sótano no es de la federación. Ni de la academia, según el registro. Es el estudio privado del maestro Orlov. —Se giró hacia el fondo del salón—. Maestro, ¿usted dio permiso para que alguien grabase en su estudio?

Orlov se enderezó. Dejó el bastón apoyado en la pared. Y caminó, sin cojera, sin teatro, sin una sola de sus bromas, hasta el centro del salón. Se detuvo junto a Lenash y miró a Lorca a los ojos por primera vez en cuarenta años.

—No di permiso —dijo con voz tranquila—. Y, por cierto, tampoco di permiso para que nadie entrara a mi casa a robar mi intimidad.

—No es su casa —replicó Lorca—. Es propiedad de la academia.

—Es mi estudio. Lo construyó mi padre, con su dinero, en un terreno que compró antes de que existiera la federación. Está inscrito a mi nombre desde hace treinta y ocho años, y tengo la escritura en el cajón de mi mesilla. —Sonrió con una frialdad que Lenash nunca le había visto—. Se me olvidó contárselo a todo el mundo. Soy un hombre distraído.

Lorca palideció un poco.

—Eso no cambia la naturaleza de la infracción.

—Cambia la naturaleza de *su* infracción. Allanamiento de morada, grabación sin consentimiento, difusión de imágenes privadas. —Orlov se giró hacia el comité—. Señores, creo que ustedes saben cuántos años de cárcel supone un delito así. Y mi sobrina es fiscal.

—No tiene ninguna sobrina fiscal —dijo la directora Ferrán, en voz baja.

—Tengo una prima segunda. Que es casi lo mismo.

Una risa contenida recorrió la sala. Lorca apretó la mandíbula, pero no retrocedió.

—Muy ingenioso, Anselmo. Siempre fuiste buen orador. Pero el artículo cuarenta y siete no depende del lugar donde se cometa la infracción, sino de la infracción misma. Y la grabación es clara.

—¿Lo es? —preguntó una voz desde la primera fila.

Todos se giraron.

Elvira Quiroga se había puesto de pie. Alta, recta, con las gafas colgando de su cadena y las manos tranquilas a los costados. Caminó hasta el centro del salón sin prisa, con la misma elegancia de quien ha presidido mil juntas y ha sobrevivido a todas.

—Gaspar —dijo—. Quiero hacerte una pregunta, y quiero que me contestes con sinceridad. Por una vez.

—Elvira, esto no es el momento...

—¿Quién redactó la denuncia que dio origen al artículo cuarenta y siete?

El silencio se volvió físico, casi sólido.

—No sé a qué te refieres.

—Hace cuarenta años. Una denuncia contra la pareja Orlov-Quiroga. Con fechas, lugares y testigos. Firmada por un joven vicepresidente muy ambicioso.

—Eso es una mentira.

—No lo es. —Elvira metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó un sobre amarillo—. Tengo aquí una copia.

Lorca clavó la mirada en el sobre. Algo se rompió en su rostro, un temblor muy pequeño en la comisura de la boca.

—¿De dónde la has sacado?

—De alguien con más principios de los que tú le suponías.

En el pasillo, junto a la puerta, el detective del sombrero ancho dio un paso hacia la luz. Se quitó el sombrero con una mano temblorosa y dejó ver una cara pálida, cansada, con una expresión de profunda vergüenza.

—Tomás Bernal —dijo Elvira—. Detective privado. Trabajó para ti durante tres semanas. Y fue lo bastante honrado para darse cuenta de que su cliente era un hombre peligroso.

—Señorita Quiroga, yo...

—Gracias, Tomás.

—Yo solo hice lo que debía.

—Lo sé. —Se volvió hacia el comité—. Señores, esto no es un juicio. Pero me parece justo que ustedes sepan algo antes de votar.

—Elvira —murmuró Lorca—. Por favor.

—Hace cuarenta años, Anselmo Orlov y yo nos casamos en secreto. Éramos compañeros de baile. Éramos felices. Y un hombre que no soportaba la idea de que alguien tuviera lo que él no podía tener nos denunció ante la federación para destruirnos.

—Es mentira —susurró Lorca.

—Cuando el abuelo de Yoel firmó la regla —continuó ella, sin alzar la voz—, yo tuve que elegir entre el campeonato y mi marido. Elegí mal. Cuarenta años después sigo pagando esa elección. Y aquí, hoy, delante de todos, estoy viendo exactamente lo mismo repetirse con dos chicos que no han hecho más que bailar.

Se giró hacia Orlov. Lo miró durante un largo instante. Y Lenash, desde su sitio, vio cómo los ojos del maestro se llenaban de agua.




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