El mensaje decía «Tiene un topo entre ustedes», y Lenash pasó el resto de la noche con la sensación de que alguien le había metido un hielo por la espalda y se había olvidado de sacarlo.
Sonrió cuando tocaba sonreír. Asintió cuando tocaba asentir. Se despidió de todos con la misma frase, «Mañana a las ocho, descansad», y los miró uno por uno mientras subían la escalera de caracol. Maribel con su termo, Dani con su cuaderno, Camila y Bruno hablando bajito, la directora con el pelo suelto, Aurelio con las manos en los bolsillos.
Cuando el sótano se vació, quedaron ella, Yoel y el piano dormido bajo su sábana.
—Tienes una cara muy rara —dijo él.
—Es mi cara de siempre.
—Es tu cara de «acabo de recibir un mensaje y voy a fingir que no».
—Qué bien me conoces.
—Llevo semanas estudiándote. Es parte del trabajo.
Lenash le tendió el móvil sin decir nada. Yoel leyó el mensaje, lo releyó, y se quedó mirando la pantalla con la mandíbula tensa.
—¿Número desconocido?
—Sin foto, sin nombre.
—¿Y si es una trampa de Lorca? ¿Para que desconfiemos entre nosotros?
—Es lo primero que pensé.
—¿Y lo segundo?
—Que la persona que lo mandó sabía que haríamos justo lo que hicimos esta noche. Aceptar la oferta fingida. Eso solo lo sabíamos los que estábamos aquí.
Yoel dejó el móvil sobre el piano con un gesto lento.
—Entonces o alguien de esta sala se lo contó a alguien...
—O alguien quiere que sospechemos.
—O las dos cosas.
—Qué maravilla —suspiró Lenash—. Una conspiración con doble fondo.
—Parece una novela negra.
—Lorca lee novelas negras.
—Es lo que me preocupa.
Se quedaron un rato en silencio. En alguna parte del edificio, una tubería hizo un ruido largo, casi triste. Lenash apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y cerró los ojos.
—No puedo creer que sea uno de ellos —murmuró—. Maribel me ha cuidado como una madre. Dani cruzó media ciudad con un cartel. Camila renunció a su orgullo. Bruno confesó con los ojos llorosos...
—Y mi padre ha aprendido a decir «gracias».
—Tu padre sigue siendo sospechoso.
—Lo sé. Es lo más reconfortante de toda esta situación.
Lenash soltó una risa floja. Abrió los ojos y miró a Yoel, que la observaba con una mezcla de cansancio y ternura.
—Tengo una idea —dijo—. Es una idea muy mala.
—Las mejores lo son.
—Una trampa de canario.
—¿Qué es eso?
—Lo vi en una película. Le das a cada sospechoso una información distinta y falsa. Después esperas a ver cuál de las informaciones llega al enemigo.
—Eso suena a trabajo.
—Suena a diversión con riesgo moral.
—Me gusta.
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La operación «Canario» tuvo lugar al día siguiente y, para ser justos, empezó fatal.
Lenash había decidido que cada sospechoso recibiría una cita distinta. A Dani le dijo, con aire de misterio, que esa tarde ensayarían en el almacén de los tutús, a las seis. A Bruno le susurró que se verían en la azotea a las siete, porque allí «nadie escucha». A Camila le contó que irían al teatro de su padre a las ocho, para estudiar la acústica. Y a Maribel le dejó caer, mientras le devolvía unos prismáticos, que el verdadero ensayo sería en el sótano, a medianoche, con Orlov al piano.
La parte difícil era disimular.
—Voy a morirme de los nervios —murmuró a Yoel desde la barra del Salón Aurora, mientras fingía estirar el tobillo bueno.
—Pues no lo parece.
—Tengo la espalda sudada.
—Es parte del encanto.
—Y si el topo es Dani...
—No es Dani.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Dani ha hecho tres listas de «cosas que no debe decir en voz alta» y las ha pegado en su nevera.
—Eso no la descarta.
—Eso la hace la sospechosa menos eficaz del universo.
Aun así, esa tarde, a las seis menos diez, Lenash y Yoel estaban escondidos detrás de una pila de cajas de utilería, en el almacén de los tutús, con una linterna apagada y una bolsa de gominolas.
—Esto es ridículo —susurró ella.
—Es profesional.
—Huelo a naftalina.
—Eso es un tutú del año ochenta y siete.
—Creo que se mueve.
—Es el moho.
—Qué horror.
—Chisss.
A las seis en punto, la puerta del almacén se abrió con un chirrido. Entró una silueta pequeña y nerviosa, con un cuaderno abrazado contra el pecho, que miraba a todos lados como si esperase una emboscada. Era Dani. Venía sola. Hablaba consigo misma en un murmullo.
—Seis en punto. Lenash me dijo seis en punto. Soy puntual. Soy muy puntual. Lenash, ¿dónde estás? ¿Me has gastado una broma? Si es una broma, me parece fatal, pero lo comprendo, porque me lo merezco...
Se quedó diez minutos allí, con una paciencia conmovedora, ordenando tutús por colores. Cuando a las seis y diez no apareció nadie, se sentó sobre una caja y se puso a llorar en silencio. Lenash sintió que le subía una culpa tan enorme que casi salió de su escondite a abrazarla.
—Vamos —susurró Yoel, tirando de su manga—. Hay otras dos citas.
—No puedo dejarla así.
—Ya lo compensaremos con una pizza de piña.
—Eso no compensa nada.
—Es lo máximo que sé hacer.
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La azotea fue peor.
Había empezado a llover, una llovizna fina y fría que empapaba el cemento y hacía brillar las barandillas oxidadas. A las siete menos cinco, Bruno apareció con una chaqueta enorme, un paraguas roto y una bolsa de papel que sujetaba contra el pecho como si contuviera un tesoro.
Se sentó en el banco de madera donde habían hablado semanas atrás. Sacó de la bolsa un sándwich, un termo y lo que parecía un ramo de flores algo mustio.
—¿Flores? —susurró Lenash, escondida tras una chimenea.
—Parece que sí.
—¿Para quién?
—No lo sé.
—No me digas que...
—Lenash. No.
—Mira cómo se las coloca. Con cuidado. Con mimo.
—Es un ramo para Camila.
—¿Cómo sabes que es para Camila?
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Editado: 08.10.2026