Danzando con el Diablo

Capítulo 18: Las invitadas

—¿Mamá? —repitió Yoel.

La mujer de los ojos oscuros dio un paso al frente. Tenía unos cincuenta años, el pelo castaño con hilos plateados, un abrigo beige algo arrugado por el viaje y las manos entrelazadas con tanta fuerza que se le habían puesto blancas. Se llamaba Irene, y llevaba catorce años sin pisar esa academia.

—Hola, cielo —dijo.

Yoel no se movió. Lenash sintió cómo se le tensaba el brazo contra el suyo, como una cuerda a punto de romperse. No dijo nada. Solo le apretó la mano, un gesto mínimo, a escondidas, bajo la mesa. Esta vez, ninguna regla le pareció lo bastante importante como para impedírselo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él, con una voz que no parecía la suya.

—Recibí una carta. Hace diez días. Con un billete de avión.

—¿De quién?

Irene miró a Lorca. Lorca sonrió.

—Del señor vicepresidente. Decía que mi hijo estaba en peligro, que lo manipulaban, que una «joven oportunista» lo estaba arrastrando a la ruina, y que necesitaba una madre que lo devolviera a la razón.

—Qué amable —dijo Lenash.

—Eso mismo pensé yo —intervino Soraya, soltando la maleta con un golpe seco—. Qué amable. Tan amable que a mí me mandó otra carta idéntica. Con otro billete. Dice que mi hija es una víctima de un chico rico y caprichoso, y que debo venir a «rescatarla».

—¿Te mandó otro billete? —preguntó Lenash.

—Primera clase, cariño. Nunca había viajado tan bien. Me dieron una copa de algo con burbujas y no supe qué hacer con ella.

—¿Te la bebiste?

—Me la bebí entera. No iba a desperdiciar una cosa tan cara.

Lorca se rió, una risita seca. Había rodeado el escritorio y se mantenía de pie con las manos a la espalda, observando la escena con la satisfacción de un coleccionista ante una vitrina bien montada.

—Una madre y otra madre. Cada una con su carta. Cada una con su billete. Dos mujeres ansiosas por salvar a sus hijos de un error. Pensé que sería una reunión conmovedora.

—Pensó que nos dividiría —dijo Lenash.

—Pensé que las emociones familiares son el argumento más sólido que existe. Y que ninguno de ustedes podría resistir la presión de sus propias madres.

—Se equivocó —dijo Soraya.

—¿En qué?

—En que nos hemos encontrado en la estación. —Se cruzó de brazos—. Yo llevaba mi carta. Ella la suya. Y resulta que las dos llevaban la misma firma, el mismo papel, la misma falta de ortografía en la palabra «oportunista».

—Yo no cometo faltas.

—Escribió «oportunista» con «b».

Lorca se quedó inmóvil. Irene, a su lado, esbozó la primera sonrisa de la mañana, pequeña y torcida, de las que se les escapan a las personas serias cuando llevan mucho tiempo conteniéndose.

—Nos tomamos un café —continuó Soraya— y nos pusimos a hablar. Con calma. Con mucha calma. Resulta que tenemos más en común de lo que parece.

—Las dos hemos criado hijos tozudos —dijo Irene.

—Y las dos tenemos poca paciencia con los hombres que mandan cartas anónimas.

—Y las dos —añadió Irene, mirando a Lorca con unos ojos que de pronto parecían idénticos a los de Yoel— sabemos escribir «oportunista» con «p».

Un silencio extraño recorrió el despacho. La directora Ferrán dejó escapar una tos que sonaba a risa. Lenash tuvo que morderse el labio para no estallar. Y Yoel, con los ojos fijos en su madre, abrió la boca y la cerró varias veces, como un pez que acaba de descubrir el agua.

—Mamá —dijo al fin—. ¿Por qué no me has llamado?

—Lo intenté.

—Dos veces al año.

—Tres. Tu padre me bloqueó el número en la navidad de hace nueve años. Después descubrí que tú también lo habías cambiado.

—Yo no cambié nada. Fue el contrato del móvil.

—Lo sé. Me enteré tarde.

—¿Y por qué no viniste antes?

—Porque no sabía si querías verme. —La voz de Irene se quebró un poco—. Ni si yo me lo merecía.

Yoel dio un paso hacia ella. Y luego otro. Y luego, en un movimiento torpe, descoordinado, de chico de ocho años que ha estado esperando a que alguien le diga que puede acercarse, la abrazó.

No fue un abrazo largo. No fue elegante. Fue un choque de hombros, un golpe de pelo, un sollozo ahogado en un abrigo de viaje. Irene le acarició la nuca con una mano temblorosa, y le susurró algo al oído que nadie más pudo oír.

Lenash miró hacia otro lado para darles intimidad. Y entonces se dio cuenta de que Soraya, a su lado, lloraba también, discretamente, con el pañuelo de flores apretado contra la nariz.

—Mamá —susurró.

—Calla, calla. Estoy en un momento.

---

Lorca carraspeó. Una vez. Dos veces. Cuando comprobó que nadie le hacía caso, golpeó el escritorio con el cronómetro.

—Muy emotivo. Pero me temo que estamos retrasando un asunto importante.

—¿Qué asunto? —preguntó Lenash.

—Su firma.

Cogió los papeles que seguían sobre la mesa y se los puso delante, con un gesto tan elegante como amenazador. En la primera línea, en letras negras, se leía: *Renuncia voluntaria a la participación en el Campeonato Regional de Baile.*

—Ya han llegado las madres. Ya han llorado. Ya se han abrazado. Y el reloj corre. Son las doce y dos.

—Ha pasado el plazo —dijo Yoel, secándose la cara con la manga.

—Les concedo dos minutos de cortesía.

—Qué generoso.

—Soy un hombre ordenado.

Lenash cogió el bolígrafo. Todos la miraron. Miró a Yoel, que le devolvió una mirada lenta, cómplice, sin una sombra de duda. Miró a su madre, que había dejado de llorar y asentía con un gesto casi imperceptible. Miró a Irene, que sostenía a su hijo del brazo con una mezcla de miedo y orgullo.

Y puso la punta del bolígrafo sobre el papel.

—Una pregunta —dijo.

—Dígame.

—Si firmo esto, ¿la grabación del sótano desaparece?

—Absolutamente.

—¿Y la auditoría?

—Retirada.

—¿Y usted dejará de perseguir a esta academia?

—Mi palabra es ley.

—Su palabra —repitió Lenash— está firmada en tres cartas distintas, con tres faltas de ortografía, a tres personas diferentes. Y en una denuncia de hace cuarenta años que no se atrevió a firmar con su verdadero nombre completo.




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