Danzando con el Diablo

Capítulo 19: La firma que no era de nadie

La directora Ferrán nunca había temblado delante de nadie. Lo había contado Orlov una vez, con admiración, en una cena: ni ante la federación, ni ante un incendio en el almacén de tutús, ni ante las inspecciones de Hacienda. Pero la carpeta azul le bailaba en las manos como una hoja en pleno otoño.

—Respire —dijo Lenash, ayudándola a sentarse en el banco del pasillo.

—Estoy respirando.

—Está respirando muy rápido.

—Es mi forma de hacerlo.

—Directora, no me haga sacar a Almendral.

—No se atreverá.

—Tengo su teléfono. Me lo dio por si me dolía el tobillo, pero creo que puedo usarlo para emergencias de otro tipo.

La directora soltó una risa corta, que se le atascó en la garganta. Yoel se había arrodillado frente al banco y examinaba la última página del informe con el ceño fruncido.

—Esa firma —dijo— se parece a la suya.

—Es idéntica —murmuró ella.

—Casi.

—¿Casi?

—Mire la «F». —Señaló con el dedo—. Hace un lazo por abajo. Usted la hace recta. Lo vi en los diplomas del despacho.

—Hace doce años que firmo con la «F» recta. Antes llevaba el lazo. Lo cambié cuando me hicieron directora.

—O sea que quien falsificó esto —dijo Lenash— lo hizo con una firma antigua.

—Con una de hace más de doce años. Pero el documento dice que se redactó hace treinta y cinco.

—Y usted entró en la academia hace veinte.

—Hace veintiuno. —La directora se llevó una mano a la frente—. No tiene sentido. O hay una trampa, o hay un fantasma.

—Hay una trampa —dijo una voz a su espalda.

Se giraron. Camila Roig acababa de aparecer en el pasillo con una copa de vino en la mano y una expresión muy distinta a la de hacía cinco minutos. Había dejado la copa sobre una mesita y se acercó con paso rápido, inclinándose sobre el documento.

—¿Puedo?

—Todo tuyo —dijo Lenash.

Camila pasó el dedo por el borde del papel, lo acercó a la ventana y lo inclinó para que la luz lo atravesara. Después sacó el móvil y encendió la linterna.

—Marca de agua —murmuró—. Cuatro líneas onduladas y un sol pequeño en la esquina.

—¿Y qué significa?

—Que este papel se fabrica desde hace seis años. Mi familia compra el mismo para los programas de mano de los teatros. Lo reconocería con los ojos cerrados.

—¿Seis años? —repitió la directora.

—Como mucho. Antes no existía esta marca.

—Entonces el informe no tiene treinta y cinco años.

—Lo escribieron esta primavera. Y lo envejecieron con té o con café. Huele un poco.

Lenash acercó la nariz al papel.

—Huele a manzanilla.

—Es un truco muy viejo.

—¿Lo sabes por tu familia?

—Lo sé porque lo hice yo en el instituto, para un trabajo de historia. Saqué un nueve.

—Camila —dijo Yoel—. Eres un peligro.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo he tomado como uno.

---

Aquella tarde, la academia se transformó en una agencia de investigación.

Elvira Quiroga habilitó el despacho pequeño como cuartel general. Dani colgó en la pared un mapa del edificio con alfileres de colores, cada uno con el nombre de un sospechoso escrito en una etiqueta. Maribel traía prismáticos, termos y un walkie-talkie que había conseguido en la tienda de juguetes de su sobrino. El detective Bernal, sin sombrero y con unas ojeras que le daban cierto encanto de actor veterano, se sentó en la cabecera con una libreta de espiral.

—Bien —dijo—. Empecemos por lo básico. ¿Quién tuvo acceso, durante los últimos seis años, a los archivos de la academia, a la caja fuerte de la directora, a una muestra de su firma anterior y al papel timbrado de la federación?

—Yo —dijo la directora.

—Aparte de usted.

—Orlov.

—Yo —dijo Orlov, levantando la mano—. Pero soy demasiado vago para falsificar nada.

—Aurelio.

—No tengo llave del archivo desde hace cuatro años —aclaró Aurelio.

—Elvira.

—Presidenta. —Elvira sonrió—. Y esposa recién recuperada de un sospechoso. Descartada por conflicto sentimental.

—Hernán.

El nombre cayó en la sala con un golpe seco. Lenash levantó la vista de la libreta.

—¿Hernán? ¿El técnico de sonido?

—Treinta y dos años en la academia —dijo la directora despacio—. Entró como ayudante de contabilidad. Después se pasó a sonido, porque decía que prefería los cables a los números.

—Tiene acceso a todo —añadió Orlov—. Archivo, caja, despachos, sala de control. Es la persona más invisible del edificio.

—Y la que menos sospechas despierta —dijo Bernal.

—Siempre es la más invisible —murmuró Dani, con un aire de entendida—. En todas las novelas el culpable es el que menos se nota.

—Esto no es una novela.

—Lorca las lee.

—Eso no es una prueba.

—Es un indicio.

—Es un delirio —dijo Yoel—. Pero tiene sentido.

Todos se giraron hacia él.

—La noche del cable cortado —explicó—, Hernán estaba pálido como la cera. Parecía a punto de vomitar. Pensé que era por miedo a que lo culparan. Pero ahora creo que era culpa.

—¿Culpa de qué?

—De saber quién lo había hecho. Y de no atreverse a decirlo.

—O de haber ayudado —murmuró Lenash.

—Camila abrió la puerta de la sala de control con la clave —dijo Bruno, con un hilo de voz—. Pero la clave se la dio alguien. Nadie la sabe de memoria. Es la fecha de fundación, sí, pero con un código extra que cambia cada mes.

—¿Y quién lo cambia?

—El técnico de sonido.

Se hizo un silencio. Camila bajó la mirada.

—Me lo pasó él —dijo—. Dijo que era para una prueba técnica. Que Lorca lo había autorizado. Yo no hice preguntas.

—Entonces, Hernán te dio la clave.

—Y yo corté el cable.

—Y el mismo Hernán sirvió de enlace con Lorca todos estos años.

—Es posible.

Lenash se pasó la mano por el pelo. Todo encajaba, y sin embargo no terminaba de convencerla. Recordó la cara de Hernán aquella primera noche, el cable roto entre sus manos, el miedo en sus ojos.




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