La figura del pañuelo blanco se perdió en la noche, y a la mañana siguiente nadie en la academia pudo asegurar haberla visto. Solo Maribel, que dormía con un walkie-talkie bajo la almohada, juró que a las 3:17 había oído un chasquido en el pasillo. Cuando salió a mirar, encontró en el suelo un sobre amarillo sin remitente.
Dentro había una hoja con una sola línea, escrita con una letra pulcra y rígida:
«Les deseo toda la suerte. Van a necesitarla. —G.L.»
—Qué hombre tan encantador —dijo Lenash, leyéndola en voz alta en el sótano de Orlov—. Hasta sus amenazas llevan buena ortografía.
—No es una amenaza —dijo Elvira, doblando el papel—. Es una promesa. Gaspar nunca dice nada que no piense cumplir.
—Entonces tenemos ocho días para ser inatacables.
—Ocho días para ser perfectos —corrigió Aurelio, con el ceño fruncido.
—Papá —dijo Yoel.
—Perdón. Ocho días para ser buenos. Lo estoy practicando.
—Te sale fatal.
—Lo sé. Me lo dice tu madre cada noche.
Irene, sentada en el taburete del piano con una caja de costura abierta sobre las rodillas, levantó la vista con una sonrisa traviesa. Llevaba dos días en la academia y ya había conquistado el sótano. Había traído una máquina de coser portátil, tres metros de tela granate y una determinación que nadie se atrevía a discutir.
—Mi turno —dijo—. A ver, el vestido.
---
El vestido era una cuestión de Estado.
El primero, el de la exhibición, se había quedado inservible tras el accidente del tacón, y el presupuesto de la academia no daba ni para un dobladillo. Pero Irene, que en su juventud había trabajado como costurera de teatro durante seis años antes de casarse, miró a Lenash de arriba abajo con ojo clínico y declaró:
—Granate. Con la espalda abierta, porque en el giro de torso se tiene que ver el movimiento de los omóplatos. Falda con vuelo, pero corto, para no enredarse con el vendaje. Y un escote discreto. No quiero que el jurado se fije en nada que no sea el baile.
—¿Y si se fijan en mí?
—Es inevitable, cariño. Pero que sea por el talento.
Lenash se miró en el espejo picado del sótano mientras Irene le tomaba medidas con una cinta amarilla, murmurando cifras con un lápiz entre los dientes. Detrás de ella, Soraya cortaba tela con unas tijeras enormes, con la concentración de quien decapita barras de pan.
—Dos madres cosiendo —murmuró Yoel, apoyado en la barra—. Esto es lo más peligroso que he visto en mi vida.
—¿Por qué? —preguntó Irene.
—Porque tenéis tijeras y mucha información.
—Qué listo es mi hijo.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
—Eso lo has copiado de Camila.
—Es una frase muy útil.
Soraya soltó una carcajada tan fuerte que las tijeras se le resbalaron de las manos. Irene y ella se miraron, y en esa mirada Lenash vio algo que la conmovió: dos mujeres que apenas se conocían hacía una semana y que ya se entendían como viejas amigas. Habían compartido habitación en la pensión de enfrente, habían desayunado juntas tres días seguidos y habían descubierto, con asombro mutuo, que las dos hacían un guiso de lentejas con laurel que les había enseñado la misma abuela, en pueblos distintos, hacía cuarenta años.
—Pásame los alfileres —dijo Soraya.
—Toma.
—Y la tiza.
—¿La azul o la blanca?
—La que no se vea en la tela granate.
—Entonces la blanca.
—Eso. La blanca.
Lenash cerró los ojos un segundo. Se oía la máquina de coser, el roce de las tijeras, el murmullo de las voces. Era el sonido de una cocina, de un hogar, de algo que había creído perdido. Y de pronto se dio cuenta de que Yoel la miraba desde el otro lado del sótano con una expresión tan limpia, tan abierta, que le dolió el corazón.
—Gracias —articuló sin voz.
Él sonrió.
---
La inyección fue el martes.
Almendral la había programado a las ocho de la mañana, en su consulta, con una sola condición: que no hubiera público. Pero Lenash llegó con una escolta de seis personas, una bolsa de panecillos de queso y una bufanda que Dani había tejido durante la noche con lana roja.
—He dicho que no quería público —repitió el doctor, con la voz de quien ya sabe que ha perdido.
—Somos apoyo moral.
—Sois una procesión.
—Una procesión muy pequeña.
—Hay un señor de sesenta años con bastón en mi sala de espera.
—Es Orlov. Viene con la presidenta.
—¿Y esa señora con el bolso de flores?
—Mi madre.
—¿Y el otro señor con abrigo oscuro?
—El padre de Yoel.
—¿Y la señora que reza el rosario?
—Irene.
—¿Y esos dos jóvenes que están discutiendo en la puerta?
—Camila y Bruno. Discuten porque ella dice que él la quiere y él dice que no, pero lleva un ramo de flores desde hace tres días.
—Esto es un circo.
—Es una familia.
Almendral se quedó mirándola un momento. Después suspiró, se quitó las gafas y las limpió con la manga de la bata.
—Está bien. Entrad. Pero en silencio.
La consulta era pequeña, con una camilla, un armario de cristal y un póster de anatomía humana que parecía mirarlos con reproche. Lenash se tumbó boca arriba. Soraya le agarró la mano izquierda, Yoel la derecha. Los demás se apiñaron en un rincón, conteniendo la respiración.
—Va a doler —dijo Almendral—. Un poco. Quizá bastante. No te muevas.
—No me muevo.
—Respira hondo cuando te lo diga.
—Respiro.
—Y no mires la aguja.
—No miro.
—Si te mareas, avisa.
—Aviso.
—Y si gritas, que sea con ritmo. Así se aprovecha.
—Doctor —dijo Yoel.
—Es una broma.
—Es una broma malísima.
—Los médicos tenemos que reírnos de algo.
El pinchazo fue breve y brutal. Lenash apretó los dientes y las dos manos que sostenía. Soraya empezó a canturrear bajito una nana de su pueblo, la misma que le cantaba cuando era pequeña, con la voz desafinada y cálida de siempre. Yoel, a su otro lado, le acarició el pulgar con la yema del suyo, despacio, sin decir nada.
#2716 en Novela romántica
#877 en Novela contemporánea
bailarina, bailarinas odio tentacion accion, baile amor peleas
Editado: 08.10.2026