Lenash leyó el mensaje tres veces, y a la tercera ya no era miedo lo que sentía. Era algo más frío, más útil.
—«Ven solo» —dijo en voz alta—. «Si avisas a alguien, lo sabré.»
—Hay que llamar a la policía —dijo Aurelio, con la voz rota y el móvil ya en la mano.
—No.
—Lenash, mi hijo ha desaparecido.
—Su hijo no ha desaparecido. —Lo miró a los ojos—. Se ha ido por su propio pie. Dejó el móvil tirado a propósito, con un mensaje sin enviar y otro recibido. Eso no es lo que hace alguien a quien secuestran. Es lo que hace alguien que quiere que lo sigan sin que lo sepa nadie más.
—¿Y por qué iba a querer eso?
—Porque es un idiota heroico.
—Eso no es una respuesta.
—Es la mejor que tengo.
Camila se había acercado y examinaba el móvil por encima de su hombro, con el ceño muy fruncido.
—El mensaje de Lorca llegó a las siete y cuarto. El de Yoel, el que no envió, lo escribió después. A las siete y veintidós, según la hora de borrador.
—Estaba ya en camino.
—Y lo escribió de pie. Mira la ortografía: «perdóname» sin tilde. Escribía andando.
—Qué observadora —murmuró Bruno, mirándola con adoración.
—Cállate, que me desconcentro.
Lenash cerró los ojos un segundo. Se obligó a repasar todo lo ocurrido desde el martes, como cuando buscaba el fallo de una coreografía. Había algo que no encajaba. Lorca no hacía nada sin un motivo documentado, ordenado y archivado. Si había citado a Yoel, tenía un as bajo la manga. Y ese as tenía que ver con ella.
—El tobillo —dijo.
—¿Qué?
—La inyección. Almendral dijo que era arriesgada. Que no la recomendaba. Pero ¿es legal en competición?
Silencio. Dani abrió su cuaderno con manos temblorosas y empezó a pasar páginas.
—Artículo setenta y cuatro —leyó—. «Cualquier tratamiento intraarticular durante los siete días previos a una competición deberá ser comunicado y autorizado por el comité médico de la federación.» —Levantó la vista con los ojos como platos—. No lo comunicamos.
—Nadie lo sabía —dijo Aurelio.
—Lorca sí. Seguro que tiene a alguien en la consulta de Almendral.
—O en la sala de espera —murmuró Maribel, bajando la cabeza—. Éramos una procesión de seis personas con panecillos. Cualquiera pudo vernos entrar.
—No es culpa tuya.
—Lo sé. Pero me siento como si lo fuera.
—Entonces ayúdanos a arreglarlo.
Maribel levantó la cabeza. Lenash le tendió el móvil de Yoel.
—Eres la única de esta sala en quien Lorca confía, aunque sea a medias. Tienes su número. Llámalo. Dile que me has visto aquí, desesperada, hecha un manojo de nervios, y que no sabemos dónde está Yoel. Que no hemos avisado a nadie. Y pregúntale qué quiere que hagamos.
—¿Y si no se lo cree?
—Se lo creerá. Eres la peor mentirosa del mundo. Eso la hace muy creíble.
—Qué consuelo.
—Es un halago, de verdad.
Maribel sacó su móvil con un suspiro, buscó un contacto guardado como «Contabilidad», respiró hondo y pulsó el botón de llamada. Contestaron al segundo tono.
—Señor Lorca —dijo, con una vocecita fina—. Soy yo. Estoy aquí con Lenash. Está histérica. Dice que Yoel ha desaparecido y que no sabe qué hacer. No ha llamado a nadie, se lo juro. Solo estamos nosotras. —Hizo una pausa—. Sí. Sí. Claro. Se lo digo.
Colgó. Tenía la cara blanca como un papel.
—Dice que tienes que ir sola al antiguo Casino de la Federación, en la plaza de las Tres Fuentes. Sala de Archivo. Antes de las doce. Y que si llevas a alguien, lo sabrá porque tiene a un hombre vigilando la puerta.
—¿Un hombre? —preguntó Bernal, que había aparecido en el escenario con su gabardina beige y un termo de café, como si hubiera salido de una cortina—. ¿Alto, moreno, con bufanda azul?
—No lo sé. No lo describió.
—Es Quintanilla. Su otro detective. Mucho más caro que yo, mucho menos escrupuloso.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Dani.
—Lo que Lorca no espera. —Lenash recogió la muleta—. Yo voy sola.
—Lenash...
—Voy sola. Con muleta, tobillo vendado y cara de pánico. Esa es la imagen que quiere ver. Y mientras Quintanilla me mira a mí, vosotros entráis por otro sitio.
—¿Por dónde?
Camila levantó una mano, con una sonrisa que hizo estremecer a Bruno.
—El Casino de la Federación comparte pared con el viejo Teatro Roig. El de mi bisabuelo. Hay un pasadizo de servicio desde el sótano. Lo usaban los tramoyistas para pasar decorados.
—¿Sigue abierto?
—Tengo la llave. La llevo desde los doce años. Ha sido mi lugar secreto para llorar.
—Camila —dijo Lenash—. Eres maravillosa.
—Lo sé. Dímelo cuando lo consigamos.
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El Casino de la Federación era un edificio de piedra gris con un portón de hierro forjado y una escalinata monumental que parecía diseñada para humillar a los visitantes. En la acera de enfrente, apoyado contra una farola con las manos en los bolsillos, había un hombre alto, moreno, con una bufanda azul enrollada hasta la barbilla. Miraba el reloj cada diez segundos con una impaciencia casi cómica.
Lenash cruzó la plaza con la muleta, cojeando de forma tan teatral que Orlov, desde su escondite tras un puesto de periódicos, a punto estuvo de aplaudir. Subió la escalinata despacio, con un jadeo bien ensayado. Quintanilla la siguió con la mirada sin moverse. Cuando ella llegó arriba, él sacó el móvil y marcó un número.
—Ya está dentro —dijo, con voz seca.
No oyó la respuesta. Y tampoco vio cómo, un minuto después, una portezuela baja, escondida tras unos contenedores de basura en el callejón lateral, se abría con un crujido y dejaba pasar a cinco figuras agachadas: Camila, Bruno, Maribel, Dani y un detective con gabardina que murmuraba «me estoy haciendo viejo para esto».
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La Sala de Archivo olía a papel antiguo, cera de suelo y silencio institucional. Era una estancia larguísima, con estanterías de roble que llegaban hasta el techo, escaleras de ruedas, lámparas de pantalla verde y un reloj de pared que marcaba las once y diez con un tictac ensordecedor.
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Editado: 08.10.2026