Danzando con el Diablo

Capítulo 23: Sin luz, sin música

La oscuridad del Teatro Municipal tenía peso, textura y olor: terciopelo viejo, perfume caro, polvo de escenario. Lenash sintió cómo el silencio de mil personas se le posaba sobre los hombros.

No veía nada. Ni el parqué, ni el telón, ni siquiera sus propias manos. Solo notaba la mano de Yoel, que sujetaba la suya con la firmeza de un ancla.

—Cuento yo —susurró él.

—No. Sin cuenta.

—¿Sin cuenta?

—Como en el sótano.

Hubo una pausa mínima. Después, la respiración de Yoel se hizo más lenta y profunda, y ella la sintió acompasarse con la suya, inhalación contra inhalación, hasta que dejaron de ser dos ritmos y pasaron a ser uno.

Dio el primer paso.

No hubo música, pero la había. Estaba en el roce de las suelas sobre el parqué, en el frufrú del vestido granate, en el pulso que Lenash notaba bajo los dedos, en las cuerdas del violonchelo que sonaban dentro de su cabeza desde hacía tres meses. Yoel respondió al instante, como si el paso hubiera nacido en su cuerpo. Giraron. Pausa. Giro de torso. La mano de él en su espalda, un empujoncito invisible, y ella supo que debía abrirse.

Se abrió.

En algún lugar del patio de butacas, alguien contuvo la respiración con un sonido audible. Lenash lo oyó con claridad, como se oye una moneda caer en una iglesia vacía.

—Estás perfecta —murmuró Yoel, tan bajo que fue casi un pensamiento.

—No me hables, que me desconcentro.

—Me callo.

—Gracias.

—Pero estás perfecta.

—¡Yoel!

Siguieron. El tango avanzaba sin ningún compás, solo con la certeza de dos cuerpos que se conocían de memoria. Cada desplazamiento de cadera era una pregunta y cada giro una respuesta. Lenash notaba el tobillo, un latido sordo que subía y bajaba como una marea, pero la inyección aguantaba. Casi no cargaba peso. Era Yoel quien lo sostenía todo, con una destreza que no se veía, que no podía verse en la oscuridad pero que ella sentía en cada fibra.

Entonces ocurrió algo que nadie había previsto.

Una luz pequeña, blanca y temblorosa, se encendió en la fila doce.

Era la pantalla de un móvil. Alguien lo había sacado del bolso, había activado la linterna y la había alzado sobre su cabeza, como quien enciende una vela en una procesión. Un segundo después se encendió otra, junto a ella. Y otra más, al fondo. Y de pronto, de una en una, de diez en diez, de cien en cien, los mil espectadores del teatro empezaron a alzar sus teléfonos.

En apenas veinte segundos, el Teatro Municipal se llenó de luces diminutas que flotaban en la oscuridad como luciérnagas. Una constelación entera, temblorosa, cálida, que iluminaba el escenario con un resplandor suave, irregular, casi mágico.

Lenash abrió los ojos y se quedó sin aliento.

—Yoel —susurró.

—Lo veo.

—Es...

—Lo sé.

Bailaron entre las luces, bajo la cúpula de querubines desvaídos, con el parqué reflejando mil destellos. Desde la primera fila, Gaspar Lorca los miraba sin parpadear, con el bolígrafo de plata inmóvil sobre la libreta. A su lado, otros jueces habían dejado de escribir. Una mujer de pelo blanco, en la butaca de honor, se había llevado las manos a la boca y lloraba con una sonrisa gigantesca.

—Abuela —murmuró Lenash, sin dejar de moverse.

—Mírala —dijo Yoel—. Está aplaudiendo con las luces.

Era verdad. Nasira, la que no se rinde, sostenía en alto el móvil de un joven sentado a su lado y lo agitaba despacio de un lado a otro, como quien acuna a un niño.

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El tramo lento llegó como una ola que se retira. Era el centro de la coreografía, el fragmento que ensayaron más veces con Camila: contacto superior, peso sobre el compañero, cuerpo suspendido en un equilibrio imposible. Lenash apoyó la frente en el pecho de Yoel y dejó que él la guiara en un largo desplazamiento sin pies, solo con las caderas y los brazos, mientras el pie vendado colgaba del suelo a un palmo del parqué.

Y entonces el tobillo se rebeló.

Fue una punzada seca, brutal, que le subió por la pierna hasta el muslo. Lenash ahogó un grito entre los dientes. Sintió que las rodillas le cedían, que el escenario se inclinaba, que el equilibrio se desvanecía como arena entre los dedos.

—Yoel...

—Lo tengo.

—No puedo...

—Lo tengo, Lenash. Mírame.

Alzó la vista. En la penumbra salpicada de luces, el rostro de Yoel estaba a un palmo del suyo, serio, tenso, con una determinación que le encendía los ojos de un brillo casi feroz. No había miedo en él. Solo una certeza absoluta.

—Vamos a hacerlo distinto —susurró.

—No hay tiempo.

—Sí que hay. Confía.

Y entonces la levantó.

No era el movimiento de la coreografía. Era otro, uno que no habían ensayado nunca: la alzó con un brazo bajo las rodillas y otro en la espalda, y giró con ella en el aire, despacio, como si no pesara nada. Lenash apoyó la cabeza en su hombro, con el pie vendado colgando sin rozar el suelo. Cada giro de Yoel parecía una frase de un poema. Cada paso, una promesa.

El público contuvo el aliento. Las luces temblaron.

Cuando el giro terminó, la depositó con suavidad sobre el parqué, en el mismo instante en que debía producirse la elevación final. Lenash, con el cuerpo apoyado en él, notó que apenas podía sostenerse. Era el momento de la verdad. La elevación doble, la que Aurelio había criticado, la que Orlov había aprobado, la que habían practicado cien veces.

Y no podía hacerla.

Se miraron. Y Yoel, en una fracción de segundo, comprendió.

—Cambiamos —dijo.

—¿Qué?

—La elevación. La haré yo solo. Tú te quedas.

—¿Cómo?

—Con tu mano en mi hombro. Deja que te lleve.

Antes de que ella pudiera responder, Yoel se agachó, la rodeó con los dos brazos, flexionó las piernas y la alzó sobre sus hombros con una fuerza descomunal. Lenash gritó de sorpresa. Abrió los brazos de forma instintiva, como en el ensayo de la primera semana, cuando creía que aquello era un secuestro.




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