Danzando con el Diablo

Capítulo 24: Diez

Almendral no dio permiso, pero tampoco se interpuso.

—Tres minutos —gruñó, mirando el reloj con cara de funcionario de duelos—. Tres minutos en el escenario. Después, camilla, radiografía y regañina. Y no se apoya nada. ¿Está claro?

—Clarísimo —dijo Lenash.

—Mientes fatal.

—Es mi encanto.

—Es tu perdición.

Valeria apareció en el pasillo empujando su propia silla de ruedas, con el tobillo vendado en alto y una sonrisa traviesa. Detrás venía Rafa con las muletas, jadeando.

—Tomad —dijo ella, frenando junto a Lenash—. La uso yo, pero me bajo. Hoy tengo un buen motivo para caminar.

—No puedo aceptarlo.

—Sí puedes. Es una orden simbólica de antigua compañera.

—Rafa también las da.

—Es una epidemia —dijo Rafa.

Valeria se levantó con una mueca, se apoyó en el hombro de su amigo y le hizo un gesto a Yoel para que ayudara. Entre los dos sentaron a Lenash en la silla, le colocaron el pie sobre un reposapiés improvisado con una caja de maquillaje y le arreglaron la falda del vestido granate para que cayera con gracia.

—Parece una reina —murmuró Maribel.

—Una reina cojeando —dijo Dani.

—Una reina con estilo.

Yoel empujó la silla hasta la boca del escenario, donde un técnico les indicó con el pulgar que se colocaran en el centro. Al otro lado del telón, el rumor del público era una marea espesa. Lenash se aferró a los reposabrazos y respiró hondo.

—¿Nerviosa?

—Estoy aterrada.

—Yo también.

—Pensaba que eras el Diablo.

—Hasta el Diablo se pone nervioso en las finales.

—Qué humano.

—Tú me has hecho así.

—Lo sé. Es mi mayor logro.

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El telón se abrió por segunda vez esa noche. Esta vez no hubo apagón. Una luz cálida, dorada, inundó el escenario, y Lenash tuvo que parpadear varias veces antes de acostumbrarse. En el patio de butacas, los mil espectadores seguían en pie, con los móviles guardados y las manos juntas. Nadie hablaba.

En el centro del escenario, frente a un atril de madera, estaba el presentador, un hombre menudo y calvo con un frac demasiado grande, que sostenía un sobre con ambas manos como si fuera una reliquia. A su lado, de pie en una fila silenciosa, esperaban los siete miembros del jurado.

—Damas y caballeros —dijo con voz temblorosa—. Es la primera vez en veintitrés años que esta federación anuncia los resultados antes de la hora prevista. Pero también es la primera vez que un jurado delibera menos de cinco minutos.

Un murmullo de asombro recorrió el teatro.

—Procederé en orden inverso. En tercer lugar, con una puntuación de ocho coma nueve... —abrió el sobre—. La pareja formada por Camila Roig y Bruno Ibarra, de la Academia Valcourt.

La sala estalló. Entre bambalinas se oyó un grito agudo, un sollozo, un golpe seco que probablemente era Bruno desmayándose sobre una pila de cajas. Camila apareció en el escenario con las manos en la boca y las mejillas empapadas, arrastrando a su compañero, que sonreía como un niño con los ojos cerrados. Recibieron el trofeo de bronce con un temblor que arrancó una ovación larguísima. Camila, antes de bajar, buscó con la mirada a Lenash y le dedicó un gesto inconfundible: dos dedos sobre los labios y una sonrisa enorme.

—En segundo lugar —continuó el presentador—, con nueve coma dos, la pareja formada por Isidro Paz y Marta Cuesta, de la Escuela de Danza del Norte.

Otro estallido de aplausos. Los segundos subieron al escenario, ceñudos y educados, y recibieron su trofeo con una inclinación seca. Lenash notó que Yoel le apretaba el hombro con una mano que temblaba.

—Y en primer lugar —dijo el presentador, y se detuvo, como quien se prepara para saltar de un trampolín—. En primer lugar, y por decisión unánime del jurado...

Hizo una pausa teatral. Alguien, en la fila quince, soltó un grito de impaciencia. El presentador sonrió, nervioso.

—...Yoel Marchetti y Lenash, de la Academia Valcourt.

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Lo que ocurrió después, Lenash lo recordaría para siempre como una serie de fotografías sueltas.

Una: el rugido de la sala, un estruendo físico que le zumbó en las costillas, como si el teatro entero se hubiera convertido en un tambor.

Dos: Soraya e Irene saltando abrazadas detrás del telón, con las manos entrelazadas y los pañuelos agitándose como banderas, en una danza descoordinada que nada tenía que ver con el tango.

Tres: Orlov, con el bastón por los aires, gritando algo ininteligible mientras Elvira, a su lado, se secaba la cara con la cadena de las gafas.

Cuatro: Aurelio Marchetti, de pie en la primera fila, con las manos temblando sobre el respaldo y la cara completamente empapada, sin hacer nada por disimularlo.

Cinco: la abuela Nasira, en su butaca de honor, levantando los brazos con una energía de veinte años, gritando un nombre antiguo, el de una canción de cuna, que Lenash reconoció de su infancia.

—¡Hemos ganado! —gritó Yoel, agachándose junto a la silla.

—¡Hemos ganado!

—¡No me lo creo!

—¡Ni yo!

—¡Lenash!

—¡Yoel!

Se abrazaron como pudieron, ella sentada, él inclinado, con los brazos enredados y las lágrimas mezclándose en las mejillas. El presentador intentaba hablar, pero el público lo ahogaba. Al final, con un gesto desesperado, levantó la mano pidiendo calma.

—Perdonen, perdonen. Falta un detalle. Por tradición, el presidente del jurado dirá unas palabras antes de entregar el trofeo.

Los aplausos se fueron apagando poco a poco. De la fila de jueces, un hombre alto, delgado, con traje negro y pañuelo blanco en el bolsillo del pecho, dio un paso al frente. Caminó despacio hasta el atril, con esa precisión de reloj suizo que le caracterizaba, y esperó a que se hiciera el silencio absoluto.

Lenash dejó de respirar.

—Señoras y señores —dijo Gaspar Lorca—. Hace cuarenta y cuatro años que formo parte de esta federación. He juzgado cientos de competiciones. He puesto miles de notas. Y nunca, en todo ese tiempo, he otorgado la máxima puntuación.




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