Danzando con el Diablo

Capítulo 25: Lo que pasa después de ganar

A la una y diez de la madrugada, la sala de espera del Hospital San Anselmo parecía el camerino de un teatro que hubiera perdido el rumbo. Había tutús sobre las sillas, un trofeo de oro sobre la mesita de las revistas y un ramo de girasoles aplastado que alguien había colocado dentro de un cubo de fregar.

—Solo se permite un acompañante por paciente —dijo la enfermera de recepción, con una paciencia que se le notaba cada vez más gastada.

—Somos familia —dijo Soraya.

—Son catorce personas.

—Familia grande.

—Hay un señor con bastón que dice que es el director espiritual.

—Es Orlov. Es de la familia desde la semana pasada.

—Y un detective con gabardina.

—Bernal. Es de la familia desde el miércoles.

—Y una señora que ha preguntado por el servicio de panadería.

—Esa soy yo. —Soraya sonrió con orgullo—. He traído panecillos.

La enfermera cerró los ojos un segundo, como quien cuenta mentalmente hasta diez en tres idiomas, y señaló con un bolígrafo hacia la puerta de la derecha.

—Quirófano a las seis. Pueden esperar aquí, pero sin música, sin globos y sin cantar.

—¿Podemos rezar? —preguntó Dani.

—Bajito.

—¿Y llorar?

—Eso lo tolero.

Yoel no se había sentado desde que llegaron. Recorría la sala de un extremo al otro, con la camisa desabrochada y las manos en los bolsillos, como un animal enjaulado que intenta disimular. Cada vez que se abría una puerta, se giraba de golpe. Cada vez que salía un médico, dejaba de respirar.

—Hijo —dijo Aurelio desde el rincón, con un vaso de plástico en la mano—. Siéntate.

—No puedo.

—Llevas dos horas dando vueltas.

—No puedo sentarme, papá.

—Entonces toma café.

—Está asqueroso.

—Es lo único que hay. —Aurelio miró con rencor la máquina de la esquina—. Tuve que discutir con ella media hora para que me lo diera.

—¿Con la máquina?

—Se tragó mi moneda dos veces.

—¿Y qué hiciste?

—Le expliqué el reglamento.

Irene, sentada en un banco junto a su hermana, soltó una risita ahogada. Valentina, a su lado, se había quitado el sombrero y lo sostenía sobre las rodillas, con los ojos todavía hinchados. Llevaban horas hablando en susurros, comparándose arrugas, recordando una canción, repartiéndose quince años de silencio en pequeñas porciones manejables.

—No le diste mucho respeto a la máquina —dijo Valentina.

—Es que es un aparato insolente.

—Aurelio —dijo Irene—. Ve a sentarte.

—Ya me siento.

Se sentó. Después de tres décadas de pose, el hombre que había ganado diez campeonatos nacionales se desplomó sobre una silla de plástico naranja y se quedó mirando el suelo con los codos sobre las rodillas, como un adolescente castigado.

—Estoy cansado —murmuró.

—Lo sé.

—Hacía años que no estaba tan cansado.

—Porque llevabas años sin hacer nada que importara.

—Qué cruel.

—Qué cierto.

Aurelio sonrió sin levantar la cabeza.

---

A las cinco y cuarenta y cinco, una enfermera abrió la puerta del pasillo.

—Marchetti. Tiene cinco minutos con ella antes de entrar.

Yoel se puso de pie tan rápido que casi tira la silla. Siguió a la mujer por un corredor largo y blanco, con un olor a desinfectante tan intenso que se le llenaron los ojos de lágrimas, aunque probablemente no fuera por el desinfectante.

La habitación era pequeña. Una cama con barandillas, un monitor que pitaba con calma, una ventana por la que entraba un resplandor azulado de madrugada. Lenash estaba recostada sobre las almohadas, con la bata azul del hospital, el pelo suelto y un gorro de papel que le daba un aire adorable de pastelera.

—Vaya —dijo—. El Diablo en un hospital. Debe de haber un incendio.

—Hay uno. Pero está dentro de mí.

—Qué dramático.

—Tú me has hecho así.

—Es mi mayor logro.

Se sentó en el borde de la cama y le tomó la mano. La tenía fría. Se la frotó entre las suyas, despacio, soplando un poco sobre los dedos.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

—Un poco.

—Yo también.

—No lo parece.

—Ahora mismo estoy fingiendo muy bien.

—Eres un profesional.

—Lo soy.

Lenash lo miró con los ojos enrojecidos, pero con una calma extraña que le dio un vuelco al corazón.

—Prométeme una cosa.

—Lo que quieras.

—A las once es la votación de la junta. La del artículo cuarenta y siete.

—Lo sé.

—Quiero que vayas.

—No voy a ir.

—Yoel.

—No pienso dejarte sola en un quirófano para ver cómo un grupo de señores con corbata vota si el amor es una infracción.

—No estaré sola. Estará mi madre. Y Almendral. Y toda la academia.

—Pero no estaré yo.

—Estarás donde importa. —Le apretó los dedos—. Elvira ha trabajado tres años por esto. Orlov ha esperado cuarenta. Tu padre ha ensayado una frase durante semanas para decirla delante de la junta. No puedes faltar.

—Lenash...

—Y tú eres la prueba viviente de que el amor no es un defecto técnico. Si no estás, no hay prueba.

Yoel se quedó callado mucho rato. Una lágrima le resbaló por la mejilla y cayó sobre la sábana sin hacer ruido.

—Está bien —dijo al fin—. Iré.

—Gracias.

—Pero no me gusta.

—Lo sé.

—Y me llevaré el móvil. Con la pantalla encendida.

—Perfecto.

—Y llamaré a cada hora.

—Cada dos.

—Cada hora.

—Cada hora y media.

—Hecho.

Se rieron los dos, bajito, con las frentes juntas. Había un último gesto que ninguno se atrevía a hacer, y fue ella quien lo hizo: se incorporó, le tomó la cara entre las manos y lo besó con tanta suavidad que Yoel, durante un instante, sintió que el mundo dejaba de girar.

—Cuando despierte —susurró ella—, quiero que lo primero que vea sea tu cara.

—Lo será.

—Aunque sea una cara fea.

—Es la única que tengo.

—Es la mejor.

—Ya lo sé.

La puerta se abrió. Un celador con cara de sueño asomó la cabeza.




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