Danzando con el Diablo

Capítulo 27: Los secretos de Viena

Fingir que duermes es mucho más cansado que dormir de verdad.

Lenash lo descubrió esa noche, con los ojos cerrados, la respiración medida y el corazón golpeándole las costillas como un puño. Notó cómo Yoel le arreglaba la sábana, cómo le apartaba un mechón de la frente y cómo susurraba un «buenas noches, pesadilla» tan bajito que casi se lo creyó dormida. Después oyó que se acomodaba en la silla junto a la cama y que sacaba el móvil. Las teclas sonaron un rato. Se detuvieron. Volvieron a sonar.

No lo leas, pensó. No lo leas todavía.

Pero el mensaje de Lorca ya no estaba en la pantalla. Lo había borrado ella misma. Si Yoel no lo había visto, no sabría que existía. Y si no sabía que existía, no podría preguntarle nada.

Era una lógica terrible. Y funcionó. Yoel se quedó dormido a las dos con la cabeza apoyada en el borde del colchón, la mano de ella entre las suyas y la boca ligeramente abierta. Lenash abrió los ojos y lo miró durante un largo rato, con una ternura que le dolía en las muelas.

—Perdóname —susurró—. Es solo hasta que averigüe qué pasa.

---

Maribel apareció a las ocho de la mañana con dos cafés y los prismáticos colgados al cuello.

—Cara de no haber dormido —dijo, dejando uno sobre la mesita.

—Cara de no haber dormido.

—Eso ya lo he dicho.

—Lo sé. Me gusta repetirlo.

Yoel se había ido a las siete, a regañadientes, a buscar ropa limpia y a hablar con su padre. Lenash lo había despedido con un beso y una sonrisa tan convincente que casi se la creyó. Cuando la puerta se cerró, dejó caer la cabeza sobre la almohada.

—Necesito un favor —dijo.

—Lo que sea.

—Y necesito que no hagas preguntas.

—Eso es difícil.

—Lo sé. Pero inténtalo.

Maribel se sentó en el borde de la cama con los ojos muy abiertos. Lenash le contó todo, sin respirar: el móvil, los mensajes, la frase «no se lo digas a Lenash. Todavía no». Cuando terminó, Maribel se quedó callada un buen rato, mirando el vaso de café con una expresión que no le había visto nunca, seria, casi adulta.

—Vale —dijo al fin—. Lo primero: no puede ser casualidad.

—Ya lo sé.

—Lorca lleva tres días en Viena. Dos semanas atrás estaba aquí, suspendido. Dimite el sábado y el lunes está en otro país.

—Eso es raro.

—Es rarísimo. Y lo segundo: ¿por qué te lo ha dicho a ti sin decírtelo? Escribió a Yoel. Pero sabía que Yoel guarda el móvil cargando a tu lado.

—No lo había pensado.

—Lorca nunca hace nada sin pensar. —Maribel se pasó una mano por el pelo rojo—. Creo que quería que lo vieras tú.

—¿Por qué?

—Porque no se fía de Yoel. Es demasiado impulsivo. Si lo ve, llama a la directora y le pide explicaciones. Tú eres más fría.

—No soy fría.

—Eres estratégica. Es otra cosa.

Lenash se mordió el labio. Era una teoría ridícula y absolutamente plausible. Se incorporó con un gruñido, se acomodó el vendaje y miró a Maribel directamente a los ojos.

—Necesito saber quién es Elisabeth von Haller.

—Eso es fácil. Dani lleva un fichero.

—¿Un fichero?

—Desde el domingo. Sobre todos los miembros del mundo del baile europeo. Dice que es «por si acaso».

—Esa chica es peligrosa.

—Lo es. Y la quiero.

---

El fichero de Dani ocupaba una carpeta azul con pegatinas de estrellitas. Lo trajo a las diez, con los moños ligeramente torcidos y las gafas empañadas por la emoción, y lo abrió sobre las rodillas de Lenash como quien presenta las pruebas de un crimen.

—Elisabeth von Haller. Sesenta y dos años. Nacida en Salzburgo. Bailarina solista hasta los treinta y cinco, directora artística desde hace veintiséis. Tres premios nacionales. Una reputación...

—¿Cómo?

—Peculiar.

Pasó una página. Había recortes de periódico, fotos en blanco y negro, un artículo subrayado en amarillo con el título: *«La dama de hierro de la danza vienesa»*.

—Dicen que es brillante —leyó Dani—. Que ha convertido la compañía en la mejor de Europa. Pero también que consume bailarines. Que los contrata jóvenes, los explota durante tres o cuatro años y los suelta cuando ya no le sirven.

—¿Cuántos han denunciado?

—Ninguno. Todos firmaron contratos de confidencialidad.

—Eso es inquietante.

—Es muy inquietante. —Dani pasó otra hoja—. Pero hay algo más. Mira esta foto.

Era una imagen de los años ochenta, algo borrosa. Dos jóvenes sobre un escenario, tomados de la mano, sonriendo a la cámara en pleno saludo final. Ella, rubia, alta, con un traje de baile plateado. Él, moreno, delgado, con un frac negro y un pañuelo blanco en el bolsillo del pecho.

Lenash sintió que se le helaba la sangre.

—Es Lorca.

—Es Lorca con veintiocho años.

—¿Y ella?

—Elisabeth. Hace treinta y cuatro años. Fueron pareja de baile durante tres temporadas, antes de que él entrara en la federación.

—¿Pareja de baile?

—Y algo más, según los rumores. Se separaron de golpe en 1991. Ella se fue a Viena, él se quedó aquí. Y desde entonces, nadie ha vuelto a mencionar el asunto.

Lenash se quedó mirando la foto. Los dos jóvenes sonreían sin saber que treinta años después uno estaría dimitiendo y la otra ofreciendo contratos a su antiguo enemigo.

—Así que Lorca conoce a von Haller —murmuró.

—Y no se llevan bien.

—O se llevan demasiado bien.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene el mismo sentido que todo lo demás.

---

La llamada se produjo a las once de la noche, desde un número oculto.

Lenash estaba sola. Soraya se había ido a la pensión a dormir, Yoel había salido a cenar con su padre y las enfermeras hacían la ronda por el pasillo con ese murmullo de zapatillas que acompaña las noches de hospital. El móvil de Yoel, que seguía enchufado junto a la mesita, vibró con un zumbido corto.

Lenash dudó tres segundos. Después lo cogió.

—¿Sí?

Hubo un silencio al otro lado. Una respiración. Y luego una voz grave, seca, inconfundible.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.