A las seis y diez de la mañana, el pasillo del Hospital San Anselmo parecía la sala de embarque de un aeropuerto improvisado.
Había una silla de ruedas con una manta de flores, tres maletas, una bolsa de panecillos todavía calientes y un doctor con bata arrugada que firmaba un papel con la expresión de quien acaba de vender su alma a plazos.
—Esto es una temeridad —dijo Almendral.
—Lo sé —dijo Lenash.
—Una insensatez.
—Lo sé.
—Una barbaridad médica de las que luego se enseñan en la facultad como ejemplo de lo que no hay que hacer.
—Doctor, ¿me da el alta o no?
—Te doy un alta condicional. —Le tendió una hoja con seis líneas de letra diminuta—. Pierna en alto durante todo el vuelo. Medicación cada ocho horas. Nada de apoyar el pie. Nada de escaleras. Nada de bailar en el aeropuerto, aunque suene un tango.
—Es poco probable que suene un tango.
—Contigo, nunca se sabe.
Soraya, de pie junto a la silla, le colocaba a su hija una bufanda alrededor del cuello con la delicadeza de quien envuelve un regalo. Tenía los ojos rojos y la mandíbula firme.
—Vas a llamarme cada noche.
—Mamá...
—Cada noche. Y me cuentas qué has cenado.
—Vale.
—Y no comas nada con nata.
—¿Por qué?
—Porque en Viena todo lleva nata. Es un complot.
—Es una tradición.
—Es un complot de tradición.
Le dio un beso en la frente, otro en cada mejilla y un último apretón de manos tan fuerte que a Lenash se le entumeció la muñeca. Después se giró hacia Yoel, que esperaba a un lado con una mochila al hombro y la cara de quien lleva dos noches sin dormir.
—Tú.
—Señora.
—Soraya. Ya te lo he dicho.
—Soraya.
—Cuídala.
—Lo haré.
—Y cuídate tú.
—Eso es más difícil.
—Lo sé. Por eso te lo pido. —Le puso un panecillo en la mano—. Cómetelo en el avión. Y no lo compartas con nadie, que luego te quedas con hambre.
Yoel miró el panecillo con una solemnidad casi religiosa.
—Gracias.
—No me las des. Es una orden simbólica de suegra.
Lenash se atragantó con su propia saliva. Yoel abrió la boca, la cerró y se puso rojo hasta las orejas. Soraya, sin inmutarse, dio media vuelta y se alejó pasillo abajo con su bolso de flores, tarareando bajito.
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El grupo llegó al aeropuerto a las ocho y media, y su aspecto era el de una excursión escolar organizada por alguien que había leído demasiadas novelas de espías.
Aurelio y Irene caminaban juntos, él con su abrigo oscuro y la carpeta bajo el brazo, ella con una maleta pequeña y un pañuelo de seda al cuello. Orlov y Elvira, del brazo, discutían en voz baja sobre si el bastón podía considerarse arma blanca en un control de seguridad. Camila empujaba la silla de ruedas de Lenash con una mano y con la otra sostenía el borrador del contrato, que había conseguido gracias a un contacto de Bernal y que llevaba subrayado en cuatro colores.
—Página treinta y siete —murmuraba—. Cláusula de residencia. Página treinta y nueve, restricción de movilidad. Y la cuarenta y uno, mira esta.
—¿Qué dice? —preguntó Lenash.
—Que el bailarín cede a la compañía todos los derechos de imagen, vídeo, música y coreografía derivados de su trabajo durante la vigencia del contrato. Y de los cinco años posteriores.
—¿Cinco años?
—Y no se puede rescindir sin una penalización de trescientos mil euros.
—Es una cadena con lazo.
—Es un contrato de esclavitud con membrete elegante.
Maribel, que iba detrás con los prismáticos al cuello y una mochila enorme, levantó la mano.
—Yo tengo una duda.
—Dime.
—¿Por qué venimos todos?
—Porque Yoel pidió que lo acompañaran —dijo Elvira—. Y porque nadie quiere perderse lo que pase.
—¿Y si no pasa nada?
—Siempre pasa algo.
—Cuando hay un Marchetti de por medio, sí.
Bernal, con su gabardina beige y el sombrero de ala ancha que había recuperado para la ocasión, cerraba la comitiva con paso discreto. Llevaba una libreta de espiral y la expresión de quien ha vivido demasiado para sorprenderse, pero no tanto como para dejar de disfrutarlo.
—Último control antes de embarcar —anunció—. Pasaportes.
Se pusieron en fila. Yoel sacó el suyo de la mochila y lo abrió con una sonrisa tranquila. La agente de seguridad lo cogió, lo pasó por el lector y frunció el ceño.
—¿Señor Marchetti?
—Sí.
—Hay un problema.
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El problema tenía forma de recuadro rojo en la pantalla.
—Su pasaporte consta como caducado —dijo la agente, con la amabilidad automática de quien da malas noticias ocho horas al día.
—Imposible. Lo renové hace dos años.
—Aquí consta una caducidad ayer a medianoche.
—Ayer a medianoche —repitió Yoel, y miró a Lenash con una expresión de pánico absoluto.
—¿Puedo ver? —preguntó Camila, asomándose por encima de su hombro.
—Es un documento oficial.
—Soy muy discreta.
La agente dudó. Después giró la pantalla un par de centímetros. Camila entrecerró los ojos, sacó el móvil, hizo una foto de la pantalla y empezó a teclear a toda velocidad.
—Eso no es una caducidad —dijo—. Es una modificación administrativa. Alguien ha cambiado la fecha en el sistema. Mira el registro de actualizaciones: hoy a las 3:47 de la madrugada, desde un terminal del Ministerio.
—¿Del Ministerio?
—Con credencial de un funcionario llamado Hugo Bermejo.
—¿Quién es Hugo Bermejo?
—No lo sé. Pero tengo la sensación de que Dani lo averiguará en cuatro minutos.
Su móvil sonó antes de que terminara la frase. Era Dani, con la voz tan acelerada que se oía desde dos metros.
—¡Hugo Bermejo! Funcionario de pasaportes. Cuñado de Elisabeth von Haller. Se casó con su hermana hace diez años.
—¿La hermana de von Haller?
—Sí. Y escucha esto: tiene una deuda de juego de ochenta mil euros. Pagada hace una semana.
—¿Por quién?
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Editado: 08.10.2026