Danzando con el Diablo

Capítulo 29: Un corazón en Viena

La ambulancia austriaca tardó seis minutos en llegar al aeropuerto. Fueron los seis minutos más largos de la vida de todos los presentes.

Elisabeth von Haller no soltó la mano de Gaspar ni un segundo. Lo sostenía en el suelo, con la cabeza apoyada sobre su abrigo negro, repitiendo en alemán y en español una letanía que nadie se atrevió a interrumpir. Elvira se había arrodillado al otro lado, con las gafas colgando de la cadena y la voz sorprendentemente firme.

—Respira despacio, Gaspar. Despacio. No hables.

—Elvira...

—No hables, te he dicho.

—Quería pedirte perdón...

—Ya lo hiciste en una carta de cuarenta páginas. Con muy buena caligrafía.

Una sonrisa mínima asomó a los labios blancos de Lorca.

—Siempre fui ordenado.

—Insoportablemente.

Orlov, de pie junto a ellos con el bastón apretado entre las manos, no dijo nada. Pero en un momento dado se agachó con un crujido de rodillas, le puso una mano en el hombro a su viejo enemigo y le susurró algo al oído que Lenash, desde la silla de ruedas, no consiguió oír. Lorca cerró los ojos. Una lágrima le resbaló hacia la sien y se perdió en el pelo gris.

Cuando llegaron los sanitarios, con un maletín rojo, una camilla plegable y esa eficacia tranquila de quienes han visto cosas peores, Elisabeth se negó a apartarse.

—Voy con él.

—Señora, solo familiares directos.

—Soy su esposa.

El silencio fue instantáneo. Los sanitarios la miraron. Elvira la miró. Lorca, desde la camilla, abrió un ojo con evidente asombro.

—No lo eres —murmuró.

—No lo soy —admitió ella, sin soltarle la mano—. Pero lo fui durante once meses. En 1990. En secreto. Y nunca firmamos el divorcio.

—¿Cómo?

—Lo olvidaste. Estabas muy ocupado con tus reglamentos.

—Elisabeth...

—Calla y respira.

Subieron los dos a la ambulancia. Las puertas se cerraron con un golpe suave. Y cuando el vehículo arrancó con las luces girando en la penumbra del aeropuerto, todos se quedaron en silencio, mirando la estela azul como quien contempla un secreto demasiado grande para decir en voz alta.

—Bueno —dijo Maribel, al fin—. Esto no estaba en el folleto turístico.

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El Hospital General de Viena era una ciudad dentro de la ciudad. Pasillos interminables, ascensores que olían a desinfectante y a café, carteles con flechas de colores que Lenash miraba con el mismo desconcierto con que contemplaba las partituras de música contemporánea.

—¿Cardiología? —preguntó Yoel a una enfermera.

—Segunda planta, ala norte.

—¿Y traumatología?

—Cuarta, ala sur.

—¿Hay algún sitio donde se pueda hacer las dos cosas a la vez?

—Es un hospital, señor. No una atracción.

—Tenía que intentarlo.

Se repartieron en dos grupos. Aurelio, Irene, Orlov y Elvira subieron a cardiología. Camila, Maribel y Bernal se quedaron en la entrada para hablar con la policía austriaca sobre Reiter, el pasaporte falsificado y las cuentas fantasma. Yoel y Lenash fueron los últimos, avanzando muy despacio por el pasillo central, ella en la silla, él empujando con la mochila colgada del hombro y una expresión que oscilaba entre el agotamiento y la alerta.

—Estás muy callado —dijo ella.

—Estoy pensando.

—¿En qué?

—En que hace tres meses odiaba a un hombre que hoy puede morirse.

—Y que ese hombre nos salvó.

—Es muy confuso.

—Las personas son confusas.

—Pues tú eres la única que no lo es.

—Soy la más confusa de todas. Pregúntale a mi tobillo.

Yoel se rió, y la risa se le quebró a medias. Se detuvo junto a una ventana grande que daba al jardín interior, un cuadrado de hierba verde con un solo banco y un árbol dorado de otoño. Se agachó, apoyó los codos en los reposabrazos de la silla y la miró desde abajo.

—Lenash.

—Dime.

—Si algo sale mal con el contrato...

—Saldrá bien.

—Y si no...

—Entonces nos volvemos a casa y abrimos el sótano.

—Eso no es un plan.

—Es mejor que un plan. Es una promesa.

—Qué cursi.

—Lo aprendí de ti.

Él sonrió. Y en ese momento, por el rabillo del ojo, Lenash notó algo extraño en su pierna. Una punzada, distinta de las que ya conocía: más aguda, más baja, en la parte posterior de la pantorrilla. Una especie de calor que se extendía despacio.

—Yoel.

—¿Qué?

—Creo que me duele.

—¿Dónde?

—La pierna.

—Eso lo sabemos. Te duele desde hace días.

—Esto es distinto.

Yoel dejó de sonreír. Se agachó más, le puso la mano con cuidado sobre la pantorrilla y la retiró como si se hubiera quemado.

—Está caliente.

—¿Mucho?

—Y hinchada.

—Genial.

—¿Desde cuándo?

—Desde el avión. Pensé que era normal.

—Lenash.

—No me regañes.

—No te regaño. —Se puso de pie con una rapidez que sorprendió a un celador que pasaba por el pasillo—. ¡Disculpe! ¡Necesitamos un médico! ¡Ahora!

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El doctor Brandstetter era un hombre alto, de pelo canoso, ojos tranquilos y un español impecable que había aprendido durante diez años de residencia en Sevilla. Examinó la pierna de Lenash en un box de urgencias con una concentración casi artística, presionando, midiendo, palpando, mientras Yoel, a un lado, mordía una uña que ya no tenía.

—¿Dolor al flexionar el pie?

—Sí.

—¿Al caminar?

—No camino.

—¿Al respirar hondo?

—Un poco en el pecho.

El doctor levantó la vista.

—¿Un poco en el pecho?

—Desde esta mañana. Pensé que era el estrés.

—Eso no es el estrés, señorita.

Se giró hacia una enfermera y le dijo algo en alemán, rápido y seco. La mujer salió corriendo. Brandstetter volvió a su paciente con una calma serena que contrastaba con el tono de la orden.

—Voy a pedirle un ecodoppler de la pierna y un análisis de sangre. Sospecho que podría tener una trombosis venosa.

—¿Una trombosis?




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