Danzando con el Diablo

Capítulo 30: Danzando con el Diablo

El pitido continuo del monitor de la habitación 412 atravesó el pasillo como una cuchilla.

Yoel se quedó clavado en el umbral, con una mano en el marco de la puerta y la otra cerrada en un puño. Dentro, tres médicos rodeaban la cama. Brünhilde, la enfermera de nombre imposible, empujaba un carro rojo con una rapidez que desmentía su fama de lenta. Alguien gritó una orden en alemán. Alguien más contestó con una cifra.

—Defibrillator! Laden auf zweihundert!

—Fibrilación ventricular —murmuró una voz a su espalda.

Era Brandstetter, el médico de Lenash, que había salido corriendo de su guardia con la bata abierta y el fonendoscopio al cuello. Se detuvo junto a Yoel con la respiración agitada y los ojos fijos en la escena.

—¿Es grave? —preguntó Yoel.

—Es lo más grave que hay. Pero está en el sitio adecuado.

—¿Qué quiere decir?

—Que si tenía que ocurrir, ha ocurrido con un equipo de reanimación a cuatro metros. —Le puso una mano firme en el hombro—. No mire.

—No puedo no mirar.

—Entonces mire con los ojos de otro.

No entendió la frase, pero la obedeció.

Elisabeth von Haller estaba pegada a la pared del pasillo, con las manos cruzadas sobre la boca y los ojos desorbitados. Había perdido el bastón de ébano en algún punto del camino. Había perdido también la compostura, la dignidad de hierro, el moño impecable. Parecía una niña de veintidós años que acaba de descubrir que el mundo se puede acabar.

—Elisabeth —dijo Yoel, acercándose.

—No te acerques. No quiero que me veas así.

—No pasa nada.

—Sí pasa. —Le tembló la voz—. Llevo treinta y cuatro años fingiendo que no me importaba.

—Lo sé.

—Y resulta que...

—Lo sé.

—Resulta que me importa todo.

Yoel la abrazó. No lo pensó. Era un gesto instintivo, torpe, de chico que no sabe qué hacer con las manos. Elisabeth se quedó rígida un instante y luego se aferró a su chaqueta con los puños cerrados, sin llorar, respirando a golpes.

Dentro de la habitación sonó un chasquido sordo. Un cuerpo se arqueó sobre la cama. Se oyó un silencio de dos segundos, el más largo de la historia de la medicina.

Después, un pitido corto. Otro. Un tercero, irregular, tembloroso, pero vivo.

—Sinusrhythmus! —gritó alguien.

—Ha vuelto —dijo Brandstetter, con un suspiro que parecía llevar reteniendo diez minutos.

Elisabeth se dobló sobre sí misma como si le hubieran cortado el hilo que la sostenía. Yoel la sujetó y la sentó con cuidado en una silla de plástico. A su alrededor, el pasillo se llenó de pasos: Aurelio, Irene, Orlov, Elvira, Camila, Bruno, Maribel, Bernal. Alguien traía una botella de agua. Alguien más, un abrigo para echarle sobre los hombros.

Y en medio de todos, apoyada en el marco de la puerta de la 411, en una silla de ruedas empujada por Dani con una cara de pánico absoluto, Lenash los miraba a todos con los ojos muy abiertos.

—¿Qué ha pasado? —susurró.

—Ha vuelto —dijo Yoel, con una sonrisa que le temblaba—. Ha vuelto.

—¿Quién?

—El Gaspar de verdad.

---

Gaspar Lorca abrió los ojos a las siete de la mañana.

Lo primero que vio fue el techo blanco. Lo segundo, un pañuelo de seda azul que alguien había dejado doblado sobre la mesilla. Lo tercero, una cara inclinada sobre la suya, con unas ojeras enormes, el pelo plateado deshecho y una sonrisa que le desarmó antes de que consiguiera enfocarla.

—Buenos días, Gaspar —dijo Elisabeth.

—¿Qué hora es?

—Las siete.

—¿De la mañana?

—De la mañana.

—Llego tarde.

—¿A dónde?

—A cualquier sitio. Nunca llego tarde.

—Hoy tienes permiso.

Gaspar volvió la cabeza con esfuerzo. Vio el monitor, la vía, la bata de hospital, el tubo de oxígeno. Vio también, apilados en una silla, un montón de objetos raros: una bolsa de panecillos de queso, un termo de caldo, un cartel que decía «LORCA, GRACIAS» tachado y reescrito, unos prismáticos y un ramo de flores algo mustio con una tarjeta que ponía «de parte de Bruno, que no sabe qué regalar a los hombres que casi se mueren».

—¿Qué es todo esto?

—Tus admiradores.

—Yo no tengo admiradores.

—Ahora sí. —Elisabeth le acarició la mano—. Han venido todos. Han dormido en las sillas. Una mujer con un bolso de flores te ha traído caldo, un detective te ha puesto un chiste debajo de la almohada y tu antiguo rival, Orlov, ha estado cuatro horas sentado junto a la ventana sin decir nada.

—¿Orlov?

—Con el bastón entre las rodillas.

—Qué hombre tan ridículo.

—Te quiere mucho.

—Lo sé. —Cerró los ojos un segundo—. Es insoportable.

Se hizo un silencio cómodo, de esos que solo se dan entre personas que se han callado demasiado tiempo. Elisabeth le tomó la mano con las dos suyas, la apoyó sobre su mejilla y se quedó así, con los ojos cerrados.

—Estuve a punto de perderte —dijo.

—Dos veces.

—Cuatro, si cuento las anteriores.

—No cuentes. Es de mala educación.

—Tú siempre cuentas.

—Pero tengo derecho. —Sonrió con labios resecos—. Llevo treinta y cuatro años y tres meses esperando esto.

—¿El qué?

—Que me preguntaras cómo estoy.

—¿Cómo estás?

—Vivo.

—Eso es un buen comienzo.

—Es un principio. —Hizo una pausa—. Elisabeth.

—Dime.

—Quiero hacer una cosa antes de que me cambien de planta.

—¿Cuál?

—Firmar el divorcio.

Ella soltó una carcajada ronca, mojada, tan sonora que Brünhilde asomó la cabeza por la puerta con una ceja alzada.

—¿Ahora?

—Es la única deuda administrativa que me queda.

—Eres un hombre imposible.

—Soy un hombre ordenado.

—Pues no firmarás.

—¿Por qué?

—Porque tengo otra propuesta.

—¿Cuál?

Elisabeth se inclinó sobre él. Le besó la frente con una ternura que ninguno de los dos recordaba haber sentido jamás.

—Que nos casemos otra vez. Con testigos. Con una tarta torcida. Y con un anillo propio.




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