Danzando con el Diablo

Epílogo: Una tarta torcida

La invitación llegó escrita con una caligrafía tan pulcra que Lenash tardó un minuto en darse cuenta de que era una broma.

Se solicita su presencia en el enlace matrimonial de Gaspar Lorca y Elisabeth von Haller, a celebrar el sábado 20 de septiembre, a las 17:00 en punto. Se ruega puntualidad. Se ruega, además, no mencionar el artículo cuarenta y siete, salvo para brindar por su derogación.

Debajo, con tinta azul y letra más temblorosa, alguien había añadido a mano: Traigan panecillos. —E.

—Quiere los de mi madre —dijo Lenash, leyéndola en voz alta junto al fogón de la cocina del apartamento.

—Quiere los de tu madre —confirmó Yoel, que estaba untando mantequilla en una tostada con la concentración de un cirujano—. Lleva meses diciendo que son lo único bueno que ha comido en España.

—¿Y en Austria?

—En Austria comió pastel de nata. Y se lo llevó todo Soraya con una sola mirada.

—Es verdad. Mi madre lo odia.

—Es un complot.

—Una tradición.

—Un complot de tradición.

Se rieron los dos, y Lenash se quedó mirando la invitación con una sonrisa de las que no cabían en la cara. Habían pasado siete meses desde la inauguración de la Academia del Sótano, y el pequeño estudio de parqué pulido se había convertido en algo que ninguno de los dos se había atrevido a imaginar: tenía lista de espera, tres profesores a tiempo parcial, un coro de abuelas que ensayaba los jueves y un cartel de *Aquí no se baila para ganar* que alguien había fotografiado miles de veces.

En el dedo de Lenash, junto a la ventana, brillaba una pequeña zapatilla de plata con dos piedras de granate.

—¿Estás nerviosa? —preguntó él.

—Por una boda que no es la mía, no.

—Qué serena.

—Es mi madre la que está nerviosa. Lleva tres días horneando.

—¿Cuánto pan es?

—Cuatrocientos panecillos.

—Para cincuenta invitados.

—Dice que sobra poco.

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La boda se celebró en el único sitio posible: el sótano.

Elisabeth había propuesto un salón de baile imperial en Viena, con arañas de cristal y orquesta de cámara. Gaspar, con el cronómetro abierto sobre la palma, había propuesto un registro civil «de diez minutos, con cuatro testigos y sin aspavientos». Habían discutido durante tres semanas, con una pasión de adolescentes y una exactitud de contables. Hasta que una tarde, sentados en la butaca de honor de la academia con un plaid compartido sobre las rodillas, miraron a su alrededor y se dieron cuenta de que ya estaban en el lugar donde habían vuelto a empezar.

—Aquí —dijeron los dos a la vez.

—Aquí —repitió Gaspar—. Con la planta de madrina.

—Y con tu cuadro colgado detrás.

—Eso es excesivo.

—Es perfecto.

Así que ahora, a las cuatro y media de una tarde dorada de septiembre, el sótano de Orlov olía a pan recién hecho, a flores frescas y a cera de suelo. Alguien había colgado guirnaldas de luces entre las vigas oscuras. Las sillas se alineaban en dos filas, con un pasillo central cubierto por una alfombra granate que Irene había cosido con los retales del vestido de Lenash. Sobre el piano, que Orlov repasaba con los dedos como quien afina un recuerdo, descansaba una cesta de panecillos con un lazo.

Y en el centro de todo, sobre una mesa cubierta con un mantel blanco, descansaba la tarta.

—Es torcida —dijo Camila, mirándola con los brazos en jarras.

—Es artesanal —corrigió Soraya.

—Tiene una inclinación de veinte grados.

—Es una inclinación con carácter.

—Se va a caer.

—No se cae. Le puse tres varillas de caña.

—¿De caña?

—Las que uso para los bizcochos de cumpleaños. Resisten un terremoto.

Camila se volvió hacia Bruno, que sostenía una bandeja de copas con una expresión de absoluto pánico.

—¿Tú qué opinas?

—Yo opino que me han prohibido tocar nada.

—¿Por qué?

—Porque la última vez que cargué una bandeja derramé champán sobre la directora Ferrán.

—Eso fue hace un año.

—Es un trauma persistente.

—Voy a quererte igual.

—Gracias, es lo único que necesito.

Lo había dicho sin pensar, con las orejas rojas. Camila sonrió, le puso una mano en la mejilla y le plantó un beso rápido. Desde la entrada, Maribel, con los prismáticos colgando del cuello y un vestido verde esmeralda, soltó un suspiro de pura felicidad.

—Qué bonito es el amor —dijo.

—Es insoportable —dijo Dani, a su lado, con un cuaderno abierto—. Pero lo apunto.

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A las cinco menos diez, Gaspar Lorca llegó al sótano con el traje negro de siempre, el pañuelo blanco doblado en el bolsillo y una cara tan pálida que Aurelio, que le servía de padrino, tuvo que sujetarle el brazo.

—Respira.

—Estoy respirando.

—Respira más despacio.

—Es mi forma de respirar.

—Es una forma muy poco tranquila.

—Es la forma de un hombre que lleva cuarenta años esperando algo.

—Y que ya lo tiene.

—Sí. —Tragó saliva—. Por eso tengo miedo.

Aurelio le puso una mano en el hombro. Era un gesto que habría sido impensable hacía un año, entre dos rivales que se habían odiado durante veinte campeonatos, y sin embargo ahora parecía lo más natural del mundo.

—Gaspar —dijo—. Yo me casé una vez con una mujer maravillosa y la perdí por no saber decirle que la quería.

—Lo sé.

—La recuperé hace nueve meses. Y le digo que la quiero todos los días.

—¿Todos?

—Aunque me cueste. Aunque me salga mal. Aunque no me crea.

—¿Y te cree?

—Cada vez más.

Gaspar sonrió, un poco. Sacó el cronómetro de plata, lo miró con atención y lo cerró de golpe.

—Hoy no lo necesito —dijo.

—¿No?

—Hoy me da igual la hora.

—Qué cambio tan radical.

—Es la influencia de tu hijo.

—Qué desgracia.

—Una gran desgracia.

Se miraron un instante y se echaron a reír con una carcajada sorda, ronca, de dos hombres que acababan de aprender a hacerlo.




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