Yoel guardó la carta de Viena durante tres días.
No fue una decisión consciente. Fue algo más torpe: cada vez que pensaba en sacarla, ocurría algo que lo impedía. Un enfermero entraba con una bandeja. Lenash despertaba pidiendo agua. Su padre aparecía con un ramo de flores que había comprado «por impulso» y que sostenía como si fuera un explosivo. Y la carta seguía en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al corazón, pesando cada hora un poco más.
—Estás raro —dijo Lenash el jueves por la mañana.
—No estoy raro.
—Llevas dos días mirando por la ventana.
—Hay una paloma.
—¿Otra?
—Es la misma. Nos ha seguido desde la academia.
—Tendrá cuenta de Instagram.
—Seguro. Y mil seguidores.
Lenash sonrió, recostada sobre tres almohadas, con la pierna vendada en alto y un plato de gelatina sobre las rodillas que miraba con desconfianza. Habían pasado cuatro días desde la operación. Almendral había salido del quirófano con una expresión satisfecha y un parte médico que decía «reconstrucción parcial del ligamento externo, evolución favorable». Después, con una ceja arqueada, había añadido: «Tres meses sin bailar. Si me desobedeces, te ato a la cama».
—No es una amenaza —había precisado—. Es un plan terapéutico.
—Me lo creo —dijo ella ahora, sin dejar de mirar la gelatina—. Doctor, ¿por qué la gelatina es siempre roja?
—Para que parezca más animada.
—No lo consigue.
—Ya lo sé. Lleva cuarenta años sin conseguirlo.
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La habitación 214 se había convertido en una pequeña república. Soraya dormía en un sillón reclinable que había conseguido «por méritos», con una manta de flores y un termo de caldo. Irene y Valentina se turnaban para traer comida, y cada vez que llegaban se oía desde el pasillo una discusión en voz baja sobre si el tomate llevaba o no azúcar. Dani se había instalado en el rincón con una libreta y escribía, a ratos, algo que ella llamaba «novela de investigación». Maribel traía los prismáticos y mantenía informada a toda la planta de los movimientos del personal.
—La enfermera Ximena sale de turno a las diez —anunciaba—. Entra la señora Pilar, que es más simpática pero mucho más lenta.
—Eres un servicio de inteligencia —decía Lenash.
—Soy una profesional.
—Lo eres.
—Y por cierto, tengo una pregunta. —Maribel bajaba la voz—. ¿Por qué Yoel lleva tres días con el móvil pegado al pecho?
—Dice que espera una llamada importante.
—De quién.
—No me lo ha dicho.
—Qué sospechoso.
—Lo sé.
—Voy a investigarlo.
—No te atrevas.
—Pues claro que me atrevo. Soy la mejor espía del continente.
—Eres la peor mentirosa.
—Es mi fuerza.
El viernes por la mañana, Maribel se sentó en el pasillo con un bocadillo y observó a Yoel entrar en el baño con el móvil en la mano. Cinco minutos después, lo vio salir con la cara pálida, los ojos enrojecidos y una expresión que reconoció al instante: la de alguien que acaba de leer la misma carta por centésima vez.
Se lo contó a Dani. Dani se lo contó a Camila. Camila se lo contó a Bruno, que dijo «a mí no me metáis», y se lo contó a Orlov, que dijo «ya lo sabía», y se lo contó a Elvira, que dijo «lo imaginaba». Y a media tarde, la habitación 214 estaba llena de personas que fingían no saber nada con una torpeza que habría hecho llorar a un actor de teatro.
—¿Por qué me miráis todos así? —preguntó Lenash.
—No te miramos de ninguna forma —dijo Dani.
—Me miráis con pena.
—Con cariño.
—Con pena y cariño.
—Hoy hace buen día —dijo Maribel.
—Está lloviendo.
—Con cariño.
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El viernes a las seis de la tarde, un golpe seco en la puerta anunció una nueva visita.
Era una mujer de unos sesenta años, alta, delgada, con un abrigo negro de corte impecable y una melena plateada recogida en un moño perfecto. Llevaba un bastón de ébano con empuñadura de plata y unas gafas de sol oscuras que no se quitó al entrar. Detrás de ella, a un paso de distancia, caminaba un hombre joven con maletín, traje gris y expresión de asistente que no ha dormido en dos días.
—¿Lenash? —preguntó, con un acento que arrastraba las erres.
—Soy yo.
—Perdone la intromisión. Soy Elisabeth von Haller.
El nombre no le dijo nada. Pero Dani, desde el rincón, soltó un jadeo ahogado y se tapó la boca con la libreta.
—¿La directora artística de...? —susurró.
—De la Compañía Nacional de Viena. —La mujer inclinó la cabeza con un gesto casi imperceptible—. Siento llegar sin avisar. Pero el señor Marchetti no ha respondido a mi carta y mi tiempo es limitado.
Hubo un silencio. Lenash miró a Dani. Dani miró a Maribel. Maribel miró el techo con la absoluta inocencia de quien no ha tenido nunca un secreto en su vida.
—¿Qué carta? —preguntó Lenash.
La directora von Haller se quitó las gafas despacio. Tenía unos ojos azules fríos, afilados, que escrutaron la habitación con una atención quirúrgica.
—Parece que ha habido un malentendido —dijo—. Una oferta formal de contratación para primer bailarín invitado. Plazo de respuesta, hoy a las seis.
—¿Hoy a las seis?
—Son las seis y cuatro.
Lenash tragó saliva. Se incorporó sobre las almohadas con una mueca de dolor. Soraya, desde el sillón, había dejado de tejer.
—Disculpe —dijo Lenash—. ¿Una oferta para Yoel?
—Para el señor Marchetti. Un año de contrato, alojamiento, doce ciudades. Una oportunidad extraordinaria.
—¿Cuándo la recibió?
—La enviamos el sábado por la noche, tras la final.
—Entonces lleva seis días con ella.
—Eso supongo.
La puerta de la habitación se abrió de golpe. Yoel apareció en el umbral con una bolsa de papel en una mano y una expresión de horror absoluto. Se quedó inmóvil. Miró a la directora. Miró a Lenash. Miró la bolsa, como si de pronto pesara cien kilos.
—Lenash —dijo—. Puedo explicarlo.
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Editado: 08.10.2026