Daragón El reino del fuego

EL VALLE RECÓNDITO

En lo alto del mundo, donde el aire se vuelve delgado y el silencio pesa como piedra, se extendía el Valle de las Cumbres Azules.

Las montañas, escarpadas y antiguas, se alzaban como colosos dormidos, envueltas en bruma y coronadas por nieves eternas.

El bosque que trepaba sus laderas susurraba leyendas en cada rama, y el cielo, teñido de tonos malva y turquesa, parecía guardar secretos que solo los pájaros conocían.

Allí reinaban dos águilas calvas: audaces, intrépidas, y ágiles como el viento que las sostenía.

Eran los guardianes naturales de aquellas alturas, respetados por todas las criaturas del valle.

Valiente y desafiante, desplegaba sus alas con un brío que imponía respeto.

Custodiaba con celo un nido encaramado en la roca más alta, donde dos pichones revoltosos y hambrientos reclamaban su atención a chillidos.su madre de vuelo elegante, surcaba el cielo trayendo alimento, envuelta en corrientes de aire que parecían obedecerle.

Los pequeños la recibían con una fiesta de plumas y gritos, como si celebraran el regreso de una reina.Pero el tiempo exigía tributo.

El pico de del macho, agrietado por años de lucha, amenazaba con quebrarse.

Sabía lo que debía hacer: retirarse a las alturas más solitarias, romper el viejo pico contra la roca ancestral, y esperar —en dolor y silencio— a que uno nuevo emergiera.

Era un rito antiguo, transmitido por generaciones, que marcaba el paso entre la fuerza y la sabiduría.Se alejó del valle, del hogar, de sus crías.

Voló hacia las cumbres más remotas, donde el viento no lleva nombre y las sombras parecen eternas.

Allí, entre riscos olvidados y cielos sin voz, encontró una figura que no esperaba: Daragon.No era el

Daragon de las leyendas, aquel que surcaba los cielos envuelto en fuego y gloria.

Era una criatura imponente pero apagada, sumida en una tristeza silenciosa que parecía haber erosionado su alma.

Sus alas, plegadas como recuerdos, yacían sobre la roca.

Su mirada, profunda y antigua, se alzó apenas cuando el águila se posó cerca, inclinó la cabeza en señal de respeto.

Daragon, lo miró de reojo, sin palabras. Entonces, el águila dejó caer un trozo de presa.

Daragón lo recogió con la discreción de quien lleva siglos sin recibir un gesto amable..

Entre ambos nació un hilo tenue, frágil como un soplo, pero real.Y el valle, allá lejos, siguió respirando su historia, sin saber que algo nuevo —algo antiguo— comenzaba a despertar.




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