Daragón El reino del fuego

LANIN Y ATUEL

---

--

El viento del sur rugía con un filo cortante, arrastrando polvo y plumas sueltas.

Sobre aquel océano de aire avanzaban dos siluetas gigantescas: Atuel y Lanín, los cóndores más temidos de la cordillera austral.

Llevaban varios días volando, impulsados por el hambre… y por algo más profundo:

El deseo de conquistar nuevos cielos.

Atuel llevaba la delantera, con su pecho amplio y negro como una noche sin luna. Sus ojos ardían con ambición feroz. Para él, cada valle era un territorio a dominar, cada criatura un obstáculo o una presa.

Lanín, en cambio, era más silencioso. Sus alas enormes cortaban el aire con eficiencia, pero sin el orgullo de su compañero. Su mirada era cautelosa. Él sentía el pulso del viento, escuchaba lo que otros ignoraban. Y lo que escuchaba lo inquietaba.

El valle recóndito apareció frente a ellos, verde y fértil, protegido por riscos. Desde arriba parecía pacífico.

—Demasiado pacífico —murmuró Lanín—. Mirá esas cumbres… hay nidos grandes ahí. Y sombras viejas. No me gusta.

Atuel soltó una carcajada ronca.

—¡Lo único que veo es comida y un territorio vacío para dominar!

Descendieron en círculos amplios, lentos y calculados, como cuchillas buscando un punto débil. El aire se volvió pesado. Incluso las hojas dejaron de moverse.

En lo alto del risco, Makawi levantó la cabeza. Los había visto. Los había sentido. Y supo que el valle estaba a punto de convertirse en un campo de batalla.

Se lanzó contra Atuel con un grito feroz, sus alas chocando contra las del cóndor como relámpagos en el aire. El valle tembló con el estruendo de la lucha. Lanín dudó, pero acompañó a su compañero. Makawi resistía, defendiendo a sus crías con una furia que desafiaba el tamaño de sus enemigos.

Entonces, el suelo vibró.

Un murmullo profundo recorrió la tierra. Las rocas se estremecieron, las ramas se inclinaron, y el aire se espesó como hierro.

Desde la colina, la figura inmensa se alzó. No era un sueño ni una sombra: Daragon desplegó sus alas, y el cielo se oscureció bajo su magnitud. Su mirada ardía como brasas antiguas, y cada batir hacía retroceder al viento mismo.

Los cóndores se detuvieron, incrédulos. Lanín bajó la cabeza, reconociendo lo que su instinto había advertido.

Makawi, jadeante, comprendió que no estaba sola. El mito guardado en las entrañas de la montaña había despertado.

El dragón no venía como enemigo, sino como salvador inesperado.

El valle ya no era solo suyo: era el campo de batalla de guardianes y conquistadores, y Daragon había decidido intervenir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.