Daragón El reino del fuego

MAKAWI

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La luz del valle, que siempre caía suave y dorada, se volvió opaca, como si una nube pesada hubiese decidido detenerse justo encima del mundo.

Harpía lo sintió antes de verlo.

Un silencio extraño rodeó el nido.

Los pichones dejaron de chillar, como si una sombra hubiera pasado sobre sus corazones diminutos.

Entonces, los vio.

Atuel descendía primero, con las alas abiertas como un manto oscuro que devoraba el horizonte. Su imponente cuerpo proyectaba un eclipse sobre el risco. Detrás, más alto pero igual de amenazante, bajaba Lanín, con un vuelo más controlado, casi triste. Pero incluso la compasión podía volverse peligrosa en un ave de semejante tamaño.

Makawi abrió las alas de golpe, haciendo crujir las plumas. El sonido resonó como un trueno pequeño.

Se adelantó un paso al borde del nido.

No había espacio para retroceder.

El abismo la esperaba por detrás, los cóndores por delante.

Atuel soltó un graznido cavernoso.

-Qué sorpresa... -dijo- Una madre sola defendiendo un festín.

Makawi respondió con un chillido que cortó el aire. No era un grito de miedo.

Era un juramento.

descendió unos metros más.

-Atuel, no hay necesidad de esto -dijo con un tono grave-. Mírala. Está sola. Tiene crías. No es una victoria... es abuso.

Atuel lo ignoró, avanzando en un vuelo rasante. Sus plumas negras apenas rozaron el viento.

Makawi se mantuvo firme, aunque su corazón latiera como tambor de guerra.

-Última oportunidad -gruñó Atuel-. Entregá el nido.

Makawi no habló.

Solo bajó un ala y cubrió a los pichones, empujándolo hacia atrás con un movimiento suave. La luz cayó sobre su pecho, resaltando la tremenda tensión en sus músculos.

Eso bastó para encender la furia de Atuel.

El cóndor se lanzó.

Fue una explosión de plumas y viento. Atuel descendió como una roca viva, gritando con un sonido ronco. Makawi saltó hacia el costado, esquivando por apenas un suspiro. Las garras del cóndor rasgaron el borde del nido, haciendo caer piedras al vacío.

Lanín dudó.

Sabía que debía ayudar a su compañero... pero algo dentro de él se resistía.

El viento le hablaba.

El valle le hablaba.

Y ambos decían lo mismo:

Esto no debía ocurrir.

Pero Atuel gritó su nombre, exigiendo apoyo.

Y la lealtad pudo más que la duda.

El Segundo cóndor se sumó al ataque.

Makawi peleó como si tuviera el cielo atado a las alas. Picó, rasguñó, esquivó. Pero Atuel era enorme, y Lanín, aunque reticente, era igual de fuerte. Un golpe la alcanzó en el costado. Sintió el ardor. Otra embestida le lastimó una ala.

Los pichones chillaban, escondidos bajo ramas rotas.

Makawi respiró hondo.

El viento trajo un olor extraño.

Algo antiguo.

Algo que no pertenecía solo a los pájaros.

El valle vibró.

Un temblor recorrió la piedra bajo sus garras.

La montaña...

Se estaba despertando.

Jy




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