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El risco tembló bajo las garras de Makawi.
Las piedras vibraron como si algo gigantesco estuviera despertando en las entrañas de la montaña. Atuel frenó su ataque un instante, sorprendido. Lanín abrió las alas, nervioso, mirando alrededor.
Un rugido sordo atravesó el valle.
Bajo, profundo, antiguo.
El aire cambió.
Desde la cueva que coronaba la montaña surgió una sombra enorme, arrastrándose con un peso que parecía venir de siglos de silencio.
El suelo se hundió ligeramente.
Las aves guardaron un instante de silencio -no por respeto, sino por instinto.
Daragon.
El dragón avanzó paso a paso, cada uno más lento que el anterior, como si llevara encima el peso de muchas vidas. Su piel rugosa brillaba débilmente bajo la luz. Las alas, cuarteadas, parecían recordar un esplendor perdido. Sus ojos, sin embargo, estaban despiertos.
Makawi lo reconoció de inmediato.
Atuel retrocedió, apenas un paso.
Lanín bajó la cabeza.
El dragón no rugió. No atacó.
Solo se colocó entre los cóndores y el nido.
Era una declaración silenciosa de guerra.
Atuel escupió un graznido burlón.
-¿Vos? ¿El dragón apagado? -ladeó la cabeza- ¿Qué vas a hacer? ¿Mirarnos hasta que nos dé sueño?
Daragon los miró desde lo profundo de sus ojos antiguos.
Abrió la boca...
Y solo salió un hilo de humo gris.
Atuel se rió, un sonido grave y cruel.
-Eso pensaba.
Se lanzaron los dos.
Makawi intentó interponerse, pero sus alas lastimadas no la acompañaron. El dragón apenas alcanzó a cubrirla con un ala cuando Atuel lo golpeó de lleno en el pecho. Daragon retrocedió unos pasos, el humo brotando sin fuerza.
Lanín, obligado por la situación, se sumó con una embestida que resonó como un tambor de guerra.
Daragon resistió.
Pero no atacó.
No podía.
El valle parecía contener la respiración.
Una columna de fuego azul y dorado salió disparada hacia el cielo, iluminando las montañas como si hubiera nacido un nuevo sol. El calor era puro, perfecto, hermoso. Atuel gritó de terror. Lanín retrocedió con un temblor.
Vencidos, se alejaron entre las sombras, y retornaron por el cielo que los vió venir, dejando atrás el valle que no pudieron conquistar.
El silencio volvió.
El río retomó su curso sereno, las hojas se mecieron otra vez con el viento, y la luz dorada regresó al valle como un bálsamo.
Los pichones salieron de su escondite, y Makawi los cubrió con sus alas, respirando al fin en paz.
Daragon permaneció en la colina, inmenso y cansado.
Había salvado el valle, pero su fuego no volvió a arder como antes.
Sus ojos reflejaban brasas apagadas, y su reino seguía siendo un recuerdo más que una realidad.
No reclamó trono ni gloria: solo se quedó allí, como guardián silencioso, sabiendo que la paz había vuelto, aunque él nunca recuperaría lo perdido.
El valle respiró.
La batalla había terminado.
La paz reinaba otra vez, bajo la sombra de un dragón que había dado todo, incluso su fuego, para protegerlo.
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Editado: 16.01.2026