El valle había recuperado la calma.
El río corría sereno, las montañas guardaban silencio, y Makawi velaba a sus crías bajo la sombra protectora del dragón, que permanecía inmenso y cansado en la colina.
Entonces, un silbido cortó el aire.
No era viento.
Era un llamado.
Makawi levantó la cabeza.
Los pichones se agitaron, reconociendo un sonido que les era familiar.
Entre las nubes apareció una silueta.
No era tan grande como la de los cóndores, ni tan imponente como la del dragón, pero tenía la fuerza de lo conocido, de lo amado.
Falco.
Su vuelo era distinto. Más firme, más pesado, como si cada pluma llevara la memoria de la prueba que había enfrentado. Sus alas mostraban cicatrices, pero también un brillo nuevo, un fuego que no era físico, sino interior.
Descendió sobre el risco, y el valle lo recibió con un murmullo de alivio.
Makawi lo miró, y en sus ojos se mezclaron la sorpresa y la gratitud.
Los pichones chillaron, su padre había vuelto,
Wicaya plegó las alas y se acercó al nido.
No dijo nada.
No hacía falta.
Su regreso era más que presencia: era promesa.
El valle había resistido, el dragón había salvado, y ahora Wicaya volvía para completar el círculo.
Daragon, desde la colina, abrió lentamente sus alas.
No era un gesto de amenaza, sino de reconocimiento.
El dragón había dado todo, incluso su fuego, para salvar el valle.
Wicaya lo entendió: aquel ser inmenso no era solo mito, era compañero.
Se miraron.
El águila y el dragón.
Dos líderes, dos aliados, unidos por la misma causa.
Y así, bajo la luz dorada que volvía a caer sobre el valle, nació una alianza inesperada:
dos nuevos amigos, forjaron la alianza con la que juntos defendería el cielo y el reino del fuego.
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Editado: 16.01.2026