Darian y el camino de los muertos

Capítulo 1

Llegó a la casa cuando el cielo ya estaba oscurecido del todo y las luces de la colonia empezaban a encenderse una por una. La lluvia había parado hacía poco, pero todavía caían gotas desde los cables y los techos de lámina. El aire olía a tierra mojada, a humo lejano y a ese frío que aparece de repente aunque todavía no sea invierno.

Darian metió la llave en la puerta mientras acomodaba la mochila sobre su hombro. Traía las mangas de la sudadera húmedas y un poco de lodo seco pegado en los tenis. Empujó la puerta con el pie y entró sin prender la luz.

—Ya llegué.

Se quedó unos segundos junto a la entrada. Antes, apenas abría la puerta, siempre se escuchaba algo al fondo de la casa. Las uñas resbalando en el piso, el collar golpeando contra algo, o un ladrido desesperado porque había tardado demasiado.

Ahora no había nada.

Dejó la mochila sobre el sillón y miró hacia el pasillo casi sin pensar, como si aún esperara verlo aparecer doblando la esquina con la cola moviéndose tan fuerte que terminara pegándole a todo.

Su mamá salió de la cocina secándose las manos con un trapo.

—Hay arroz y pollo en la estufa. Si no comes de una vez luego vas a decir que te duele la cabeza otra vez.

Darian se quitó la sudadera despacio.

—Ahorita como algo, no tengo tanta hambre todavía.

Ella lo observó un momento, fijándose en la tierra seca pegada en sus tenis.

—¿Dónde andabas?

—Fui al panteón un rato.

Su mamá suspiró y apoyó el trapo sobre su hombro.

—Darian…

—¿Qué tiene? Solo fui a verlo.

—Todos los días dices lo mismo.

Él apartó los ojos mientras dejaba la sudadera sobre una silla.

—No es como que tenga mucho más que hacer saliendo de clases.

Ella parecía querer responder algo más fuerte, pero al final solo se acercó para acomodarle un poco el cabello húmedo, igual que hacía desde que era niño.

—Nomás me preocupa que regreses tan tarde caminando. Esa calle está sola a esa hora.

—Estoy bien, mamá. En serio.

Darian iba a caminar hacia su cuarto cuando vio los platos junto al patio. Seguían acomodados cerca de la pared, exactamente donde siempre habían estado.

El de agua tenía pequeños raspones en las orillas. Nico lo empujaba cada vez que quería jugar o cuando escuchaba algo afuera.

—Mañana voy a guardarlos —dijo su mamá desde atrás.

Darian bajó un poco la mirada.

—Déjalos otro rato.

Ella no respondió enseguida.

—Te estás aferrando mucho, mijo.

Él tragó saliva antes de contestar.

—Pues sí. Era mi perro.

La cocina volvió a quedarse en silencio. Afuera todavía caían gotas desde el techo hacia el patio.

Después de un rato, Darian habló otra vez, todavía mirando el plato de agua.

—Hoy vi uno que se parecía a él afuera del Oxxo. Pensé que iba a correr cuando le hablara… pero ni me peló.

Su mamá soltó una risa pequeña, triste.

—Nico sí te hacía caso.

—Cuando quería.

Eso le sacó apenas una sonrisa.

Nico ignoraba a todo el mundo menos a él. Incluso de cachorro, cuando apenas podía subirse al sillón, siempre terminaba siguiéndolo por toda la casa como si tuviera miedo de perderlo de vista.

Darian bajó la mirada otra vez hacia el patio. Afuera seguían cayendo gotas desde el borde del techo, golpeando despacio el cemento húmedo. El plato de agua continuaba junto a la pared, apenas movido de lugar desde la última vez que Nico lo había empujado jugando.

Se quedó mirándolo, tanto, que empezó a dolerle el pecho otra vez.

Se talló rápido un ojo con la mano, pero apenas respiró hondo sintió cómo se le quebró la voz.

—Qué estupidez… —murmuró, soltando una risa pequeña y cansada—. Ya habían pasado semanas y todavía sigo esperando que salga corriendo cuando abro la puerta.

Su mamá no respondió enseguida.

Darian tragó saliva y se pasó otra vez la mano por la cara, esta vez más lento.

—A veces hasta sigo despertándome temprano porque pienso que se subió a la cama otra vez… y luego me acuerdo que ya no está.

Su mamá se acercó despacio, como si no quisiera hacerlo sentir peor.

—No tiene nada de raro extrañarlo así.

Darian negó despacio con la cabeza.

—Sí, pero ya parece que estoy loco. Hoy en el camión escuché un perro ladrar y volteé bien rápido pensando que era él.

Intentó reírse otra vez, pero se le escapó una lágrima antes de poder limpiársela.

—Perdón.

—¿Perdón por qué?

Él bajó la mirada.

—No sé… por seguir igual.

Su mamá ya no dijo nada. Solo lo abrazó fuerte.

Darian tardó apenas un segundo en devolverle el abrazo, hundiendo la cara en su hombro como cuando era más chico. Intentó aguantar, pero terminó soltando el aire todo tembloroso.

Se quedó ahí respirando despacio, intentando calmarse mientras seguía apretando la sudadera de su mamá entre las manos.

La cocina permaneció en silencio un rato. Afuera un carro pasó levantando agua sobre la calle mojada y después todo volvió a quedarse tranquilo.

—¿Sabes qué es lo que más me da coraje? —preguntó Darian después de un rato, todavía sin soltarla del todo.

—¿Qué cosa?

—Que ese día ni siquiera me despedí bien de él.

Su mamá levantó apenas la cabeza para mirarlo.

—Darian…

—Salí rápido porque iba tarde y nomás le dije "ahorita regreso". Ni siquiera lo volteé a ver bien.

La garganta se le volvió a cerrar.

—Y luego cuando me marcaron… ya ni alcancé a llegar.

Su mamá le acarició el cabello despacio.

Pero él no respondió.

Porque llevaba semanas repitiéndose lo mismo y seguía sin creérselo.

Después de un rato terminó soltándose del abrazo y caminó hacia la cocina para servirse agua. El vaso le tembló apenas mientras lo llenaba.

—¿Quieres que mañana te acompañe al panteón? —preguntó su mamá desde atrás.

Darian negó despacio.

—No. Creo que prefiero ir solo.




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