Darian siguió viendo las huellas unos segundos más antes de exhalar despacio.
—Sí… seguro fue un gato.
Aunque ni él mismo sonó convencido. Su mamá volvió a mirar hacia el patio un momento y después negó despacio con la cabeza.
—Ya ves por qué no me gusta dejar esos platos ahí afuera. Al rato empiezan a venir animales.
Darian apartó la mirada de las marcas húmedas y tomó otra vez el vaso con agua.
—Entonces no los quites todavía.
—Mijo…
—Nomás unos días más.
Ella lo observó en silencio. Al final terminó suspirando.
—Está bien. Pero luego no quiero andar escuchando ruidos raros en la madrugada y que me salgas con que "seguro fue un gato".
Eso le sacó una sonrisa pequeña a Darian.
—Capaz y sí.
Su mamá volvió a acercarse y le acomodó el cuello de la playera, todavía húmedo por la lluvia.
—Anda, ve a cambiarte antes de que te enfermes.
—Sí, ya voy.
—Y deja los tenis afuera porque traes medio patio pegado ahí abajo.
Darian miró la tierra seca en las suelas y soltó una risa corta.
—Ni cuenta me había dado.
Tomó la mochila del sillón y empezó a caminar hacia el pasillo. La televisión estaba prendida en volumen bajo en la sala y desde alguna casa vecina llegaba música vieja mezclada con el ruido lejano de carros pasando sobre la avenida mojada. Subió las escaleras despacio y por costumbre volteó hacia atrás a medio camino. Antes Nico siempre subía detrás de él, aunque le daba flojera. Se detenía a la mitad esperando que Darian regresara a cargarlo como si todavía fuera cachorro, aunque ya pesara demasiado para eso. Ahora las escaleras estaban vacías.
Siguió subiendo hasta llegar a su cuarto. La puerta tenía pequeños raspones en la parte de abajo, viejos y desgastados. Nico los había hecho cuando era más pequeño y se desesperaba porque no lo dejaban entrar. Darian empujó la puerta lentamente.
La habitación estaba exactamente igual que todos esos días: la cama deshecha, la lámpara pequeña encendida junto al buró, cuadernos abiertos sobre el escritorio y una sudadera tirada encima de la silla. Y la foto, junto a la lámpara, medio doblada en una esquina. En la imagen aparecía Nico acostado encima de él mientras intentaba jugar en la consola.
Apenas podía verse la pantalla porque el perro ocupaba toda la foto.
Darian dejó la mochila en el piso y tomó la fotografía entre las manos.
—Ni dejabas ver nada… encimoso.
La sonrisa le duró poquito. Nico todavía se veía cachorro ahí, con las patas demasiado grandes y las orejas medio caídas. Darian recordaba perfectamente ese día porque minutos después el perro había tirado el refresco sobre el control y él había terminado gritando mientras Nico corría por toda la sala creyendo que estaban jugando.
Se sentó en la cama todavía mirando la foto.
Desde abajo alcanzaba a escucharse apenas el sonido de platos moviéndose en la cocina y la voz de su mamá hablando sola mientras acomodaba cosas. Darian dejó la fotografía otra vez sobre el buró y se pasó ambas manos por la cara. Seguía cansado, pero no ese cansancio de sueño. Era otro más pesado que llevaba cargando desde hacía semanas.
Se levantó para buscar ropa seca y entonces la vio. La pelota azul estaba debajo del escritorio. Entrecerró los ojos un momento porque juraba que la había guardado dentro del clóset días antes, ya no quería seguir tropezándose con ella cada vez que entraba al cuarto. Se agachó para recogerla y notó que estaba húmeda y fría, como si hubiera estado afuera un rato bajo la lluvia. Se quedó quieto unos segundos mirándola antes de soltar una pequeña risa.
—Ya me estoy malviajando yo solo…
Pero aun así volvió a mirar hacia la puerta del cuarto, y por un instante muy pequeño, tuvo la sensación de que alguien acababa de pasar por el pasillo.