Darian dejó la pelota sobre la cama y terminó cambiándose rápido antes de bajar. La lluvia había vuelto a empezar, ahora más tranquila, golpeando despacio las ventanas y el techo de lámina del patio. Desde las escaleras ya podía oler la comida caliente y escuchar a su mamá moviendo platos en la cocina.
Cuando entró, vio a su abuela sentada junto a la mesa.
—Abuela.
La señora levantó la mirada apenas lo escuchó. Traía uno de sus suéteres tejidos color café y una cobija sobre las piernas aunque todavía no hacía tanto frío. Tenía las manos acomodadas encima del bastón y la televisión reflejándose en sus lentes.
Darian sonrió un poco más genuino esta vez.
—¿A qué hora llegaste?
—Hace rato, pero tú nunca estás cuando vengo.
Él soltó una risa pequeña y se acercó a darle un beso en el cachete. Su abuela lo abrazó apenas unos segundos, despacio, apretándole un poco el brazo antes de soltarlo.
No mencionó a Nico, no le preguntó cómo estaba.
Y Darian agradeció eso más de lo que quería admitir. Su mamá dejó un plato frente a él apenas se sentó.
—Siéntense de una vez porque luego todo se enfría y nadie come nada.
Darian agarró el vaso de agua mientras veía a su abuela acomodarse mejor en la silla.
—¿Y el abuelo?
—Se quedó dormido viendo las noticias. Ya sabes cómo es.
—Seguro ni vio nada.
—Nomás ronca frente a la tele y ya cree que está informado.
Eso hizo que Darian se riera un poco más mientras empezaba a comer.
Durante unos minutos no hablaron. Solo se escuchaban los cubiertos, la lluvia afuera y el ruido lejano de la televisión en la sala. Su mamá se levantaba de vez en cuando para traer tortillas o mover algo de la cocina mientras su abuela comía despacio, viendo de vez en cuando hacia la ventana.
Entonces Darian levantó la mirada.
—Oye, abuela…
—Mmm.
—¿Todavía te acuerdas de esas historias que me contabas cuando estaba chiquito?
La señora sonrió apenas.
—¿Cuáles? Porque te contaba muchas.
—Las del Mictlán.
Su mamá dejó el vaso que estaba secando sobre la barra un poco más fuerte de lo normal.
—Darian…
Él volteó.
—¿Qué?
—Deja a tu abuela cenar tranquila.
—Nomás le pregunté algo.
—Sí, pero ya llevas días con lo mismo.
La abuela levantó una ceja mirando a su hija.
—Ay, tú también. Parece que el muchacho preguntó cómo invocar demonios o algo.
—Mamá, no empieces.
—¿Qué tiene de malo hablar de nuestras historias?
Su mamá negó con cansancio mientras volvía a la cocina.
—Luego anda soñando cosas raras y ahí lo tienes todo desvelado.
Darian apartó los ojos de la mesa.
—No estoy loco.
Su abuela lo observó unos segundos antes de hablar.
—Nunca dije eso, mijo.
Después acomodó mejor las manos sobre el bastón y volvió a mirarlo.
—¿Qué quieres saber?
Darian tardó un poco en responder.
—La parte de los perros.
Su abuela soltó el aire despacio.
—Los antiguos decían que cuando alguien moría tenía que cruzar muchos caminos antes de descansar. No era rápido. A veces tardaban años.
Darian escuchaba sin apartar la mirada.
—Y había ríos también, ¿no?
La señora asintió despacio.
—Sí. Uno muy grande. Decían que las almas no podían cruzarlo solas.
Su mamá apareció con más tortillas.
—Mamá, ya vas a empezar…
—Déjame hablar.
La mujer volvió a sentarse con expresión resignada.
—Nomás no le metas ideas raras en la cabeza.
La abuela ignoró el comentario.
—Por eso enterraban perros junto a los muertos hace mucho tiempo. Porque ellos ayudaban a encontrar el camino.
Darian entrecerró los ojos un momento.
—¿Cualquier perro?
—No.
—Los perros reconocían a su gente. Si alguien los había tratado mal… no ayudaban a cruzar.
Darian bajó la mirada un instante.
Pensó en Nico dormido junto a su cama. Esperándolo afuera del baño. Llevándole pelotas mordidas a cada rato aunque nadie quisiera jugar.
—Entonces Nico sí me ayudaría —dijo Darian mientras jugaba distraídamente con el vaso entre las manos.
Su abuela soltó una sonrisa tranquila.
—Claro que sí. Los perros no olvidan tan fácil.
Darian bajó la mirada hacia la mesa.
Por alguna razón escuchar eso le había aflojado algo en el pecho.
La señora siguió viendo la lluvia detrás de la ventana unos segundos más antes de hablar.
—Aunque también decían otra cosa.
Darian levantó apenas la vista.
—¿Qué cosa?
La abuela tardó un poco en responder, como si estuviera intentando recordar bien las palabras.
—Que a veces… cuando alguien necesitaba despedirse de verdad de un alma… existían maneras de encontrar el camino antes de morirse.
La cocina se quedó callada un instante después de eso. Desde la sala seguía escuchándose la televisión a volumen bajo y el tic tac del reloj colgado junto al refrigerador.
Su mamá soltó un suspiro cansado mientras recogía unos platos.
—Mamá, ya vas a empezar con tus cosas.
—¿Cuáles cosas? Nomás estoy contando una historia.
—Sí, y luego Darian se queda pensando demasiado.
La abuela hizo un gesto pequeño con la mano.
—Pensar nunca le ha hecho daño a nadie.
Darian bajó apenas la mirada.
—¿Cómo que encontrar el camino?
La señora volvió a mirarlo.
—Pues eso. Antes la gente creía muchas cosas. Que había sitios donde el mundo de los vivos y el de los muertos se acercaban más. Lugares donde uno podía perderse si llegaba con el corazón demasiado pesado.
Su mamá dejó caer una cuchara dentro del fregadero.
—Bueno, ya estuvo de historias mientras cenamos.
—Ay, déjame hablar con mi nieto.
—Y luego no duerme.
Darian se rió en voz baja.
—Ni que me diera miedo.
—Eso dices ahorita.
La abuela seguía observándolo.
—Los caminos hacia el Mictlán no se abrían nomás porque sí —continuó después de un rato—. Decían que tenían que llamarte de alguna manera.