Después de terminar con los trastes, Darian ayudó a su mamá a guardar las últimas cosas de la cocina. Su abuela seguía medio dormida en la silla de la sala mientras la televisión cambiaba sola de un programa a otro. Afuera la lluvia no había parado y el aire frío empezaba a meterse por las ventanas.
—Ya vete a dormir mejor —le dijo su mamá mientras apagaba una de las luces de la cocina—. Mañana otra vez te vas a querer levantar cinco minutos antes de entrar a clases.
—Eso hago todos los días.
—Y todos los días sales corriendo porque nunca encuentras nada.
—Porque siempre me cambias las cosas de lugar.
—Claro, échame la culpa.
Él tomó el vaso de agua que había dejado sobre la mesa y empezó a subir las escaleras.
Cuando entró a su cuarto, la lluvia golpeaba más fuerte la ventana. Dejó el vaso junto al escritorio y se dejó caer sobre la silla, pasando una mano por la cara.
Todavía seguía pensando en lo que había dicho su abuela.
"Los caminos hacia el Mictlán no se abrían nomás porque sí."
Negó un poco con la cabeza mientras prendía la computadora.
La pantalla iluminó apenas el cuarto oscuro. Abrió primero una tarea que llevaba ignorando desde hacía días, intentó leer unas líneas y duró menos de dos minutos antes de terminar abriendo otra pestaña.
Sin pensar demasiado escribió: "Mictlán".
La página se llenó de imágenes, dibujos antiguos y artículos largos que ni siquiera tenía ganas de leer completos. Algunos hablaban de los nueve niveles, otros de dioses que apenas sabía pronunciar y otros parecían escritos por gente inventándose cosas para asustar.
Darian siguió bajando distraídamente.
Una ilustración llamó su atención. Aparecía una persona caminando junto a un perro oscuro frente a algo que parecía un río gigantesco. El agua se veía negra, espesa, como si no reflejara nada. Se quedó mirándola unos segundos antes de abrir otra página.
"Los xoloitzcuintles ayudaban a las almas a cruzar hacia el Mictlán."
Más abajo había un texto pequeño que decía:
"Se creía que los perros reconocían el olor de aquellos a quienes habían amado en vida."
Darian tragó saliva. Sin darse cuenta empezó a rascarse el brazo, igual que hacía cuando estaba nervioso o pensando demasiado. Siguió leyendo un poco más. Algunas cosas le parecían exageradas, otras simplemente raras, pero había algo en todo eso que se sentía viejo. Como historias que llevaban muchísimo tiempo existiendo.
Darian levantó apenas la mirada hacia la ventana. Por un instante le pasó por la cabeza cómo se vería realmente un lugar así. No como en videojuegos o películas. Más silencioso, más oscuro. Como un sitio donde uno podía caminar durante horas sin encontrar el final.
Sin darse cuenta terminó abriendo una carpeta vieja de fotos.
Nico apareció en la pantalla enseguida. Había fotos de todo tipo: dormido sobre ropa limpia, mordiendo una chancla, sentado frente al refrigerador esperando comida. En una incluso aparecía embarrado completamente de lodo mientras Darian intentaba detenerlo antes de que entrara a la casa.
Una sonrisa cansada le cruzó la cara.
—Mugroso…
La voz le salió apenas. Se quedó viendo las fotos demasiado tiempo, tanto que ni siquiera notó cuándo empezó a darle sueño. Apagó la computadora después de un rato y se acostó todavía escuchando la lluvia afuera. El cuarto quedó oscuro, iluminado solo por algunos reflejos amarillos que entraban desde la calle.
Cerró los ojos pensando que probablemente no iba a poder dormir, pero terminó quedándose dormido más rápido de lo normal.
Y soñó.
Primero escuchó viento, un viento fuerte moviendo algo parecido a árboles secos. Después tierra húmeda bajo sus pies. Oscuridad, no negra completamente, más bien gris, llena de niebla. Escuchó agua moviéndose lejos.
Y entonces el sonido más claro de todos.
Un collar.
El pequeño tintineo metálico que Nico hacía cada vez que corría demasiado rápido.
Darian volteó en el sueño intentando encontrar de dónde venía. Entre la niebla alcanzó a distinguir una silueta moviéndose a lo lejos. Un perro.
Entonces el viento sopló más fuerte y todo desapareció de golpe.
Darian abrió los ojos sobresaltado. El cuarto seguía oscuro y la lluvia continuaba afuera. Se quedó acostado unos segundos intentando respirar normal mientras el corazón todavía le latía rápido. Después se pasó una mano por la cara y exhaló despacio.
—Qué sueño tan raro…