Darian abrió los ojos antes de que sonara la alarma.
Todavía estaba oscuro afuera y la lluvia seguía escuchándose bajito contra la ventana. Se quedó acostado unos segundos mirando el techo, confundido por haberse despertado tan temprano.
Luego lo recordó.
Durante años Nico había tenido la costumbre de despertarlo apenas amanecía. A veces saltándole encima. A veces empujando la puerta con la nariz hasta abrirla. Y cuando nada funcionaba, simplemente empezaba a llorar junto a la cama hasta que Darian terminaba levantándose por desesperación.
Ahora el cuarto seguía quieto.
Darian soltó el aire despacio y tomó el celular del buró. Apenas eran las seis y cuarto.
—Ni dormido me dejas descansar…
Murmuró eso casi sonriendo mientras volvía a dejar el teléfono. Intentó dormirse, pero ya no pudo. El sueño de la noche anterior seguía dándole vueltas en la cabeza. No completo, solo pedazos sueltos: la niebla, el viento, el sonido del collar moviéndose en la oscuridad. Cerró los ojos unos segundos intentando recordar más, pero apenas lo hacía todo empezaba a sentirse borroso.
Después de un rato terminó levantándose.
Tomó una sudadera del respaldo de la silla y salió del cuarto arrastrando los pies.
Abajo ya se escuchaban ruidos en la cocina.
Su mamá estaba preparando café cuando él entró.
—¿Y ese milagro? —preguntó apenas lo vio—. Pensé que iba a tener que ir a despertarte veinte veces.
Darian se dejó caer sobre una silla.
—Yo también pensé.
Ella lo observó un momento mientras servía café en una taza.
—¿Dormiste bien?
Él dudó un poco antes de responder.
—Más o menos. Tuve sueños raros.
—¿Por las historias de mi mamá?
—Capaz y sí.
Su mamá dejó un plato con pan frente a él.
—Pues ya deja de leer cosas raras en la noche.
—Ni siquiera estaba leyendo tanto.
—Ajá.
Él agarró un pedazo de pan mientras seguía medio dormido. La cocina se sentía tranquila a esa hora. Afuera todavía estaba nublado y apenas empezaba a amanecer. De vez en cuando pasaba un carro levantando agua sobre la calle mojada y el olor a café caliente llenaba casi toda la casa.
—¿Mi abuela ya se fue?
—Tu abuelo vino por ella hace rato. Según él porque "si no, ya no regresa".
Eso hizo que Darian soltara una risa corta.
—Sí la creo.
Su mamá sonrió apenas mientras acomodaba unas cosas sobre la barra. Después de unos segundos lo miró otra vez.
—Te ves menos cansado hoy.
Darian bajó la mirada hacia el café.
—Poquito.
Ella pareció querer decir algo más, pero al final no insistió.
Cuando terminó de desayunar, tomó su mochila y caminó hacia la puerta principal mientras se acomodaba la sudadera.
—No se te vaya a olvidar el paraguas otra vez.
—No me lo llevé ayer porque pensé que no iba a llover.
—Pues piensa mejor.
—Sí, mamá.
Antes de salir, volteó casi sin querer hacia el patio. Los platos seguían junto a la pared. Se quedó quieto unos segundos mirándolos y después abrió la puerta trasera y salió al patio húmedo. El aire frío le pegó enseguida en la cara.
Se agachó junto al plato de agua. Todavía tenía un poco, pero estaba sucia por la lluvia y algunas hojas pequeñas habían caído dentro durante la noche. Sin pensarlo demasiado, tomó el recipiente, vació el agua sobre una maceta cercana y volvió a llenarlo. Cuando terminó se quedó ahí agachado unos segundos, mirando cómo pequeñas ondas se movían sobre la superficie.
Sintió un nudo pequeño en la garganta.
—Ya sé que no vas a venir…
La voz le salió bajita. Apenas terminó de decirlo, algo se movió detrás de él.
Darian volteó rápido.
Nada. Solo el sonido de la lluvia cayendo desde el techo y el viento moviendo un poco las plantas del patio. Se quedó mirando alrededor unos segundos antes de exhalar despacio. Tomó la mochila y salió finalmente de la casa.