Darian llevaba la capucha de la sudadera puesta y aun así sentía las mangas húmedas. Las calles seguían llenas de charcos y los carros pasaban levantando pequeñas olas sucias cerca de la banqueta. A esa hora casi toda la gente caminaba rápido, con sueño, cargando mochilas o cafés mientras intentaban no mojarse demasiado.
Cuando llegó al edificio, el ruido le pegó de golpe. Alumnos hablando al mismo tiempo, sillas arrastrándose, música saliendo de algún celular, alguien gritando desde el segundo piso. Todo se sentía demasiado despierto para la hora que era.
Darian subió las escaleras mientras se acomodaba la mochila sobre el hombro. Apenas iba entrando al salón cuando alguien le aventó una bola de papel directo en la cabeza.
—Ya era hora de que llegaras, muerto.
Darian levantó la vista.
—Buenos días para ti también, Gael.
Su amigo estaba recargado sobre una mesa al fondo del salón, todavía medio despeinado y con el uniforme arrugado como siempre.
—Pensé que ya te habías cambiado de escuela o algo —dijo mientras Darian se sentaba—. Llevas días poniendo cara de que quieres desaparecerte.
—Qué exagerado eres.
—No, en serio sí traes esa cara.
Gael siguió mirándolo unos segundos antes de bajar un poco la voz.
—¿Cómo estás?
Darian tardó un poco en responder.
—Ahí voy.
Gael asintió lentamente y no insistió enseguida. Darian agradeció eso.
La maestra todavía no llegaba y el salón seguía lleno de ruido. Alguien aventaba plumones al fondo mientras otros copiaban tarea desesperadamente antes de que empezara la clase.
Gael se sentó en la silla de al lado y apoyó los brazos sobre el pupitre.
—Ayer pasé por tu casa.
Darian levantó apenas la mirada.
—¿Sí?
—Tu mamá estaba afuera lavando el patio. Todavía están ahí las cosas de Nico.
Darian dejó el lápiz sobre el cuaderno.
—Mi mamá quiere guardarlas.
—¿Y tú no quieres?
Tardó unos segundos en responder.
—No sé.
Gael bajó la mirada hacia el pupitre.
—Mi jefe hizo lo mismo cuando se murió el Rocky. Tiró todo en dos días.
—¿Y tú qué hiciste?
—Me peleé con él bien feo.
—Sí te creo.
Gael soltó una risa.
—Pero ya después entendí que también le dolía. Nomás hay gente que prefiere no ver las cosas.
Darian se quedó callado un momento. Después miró hacia la ventana del salón. Afuera varios alumnos corrían.
Sin querer volvió a pensar en el sueño, en la niebla, en el sonido del collar.
Tenía la mirada perdida hacia afuera cuando lo vio.
Un perro negro.
Estaba del otro lado de la reja de la escuela, quieto bajo la lluvia. Darian se quedó observándolo unos segundos. El animal no se movía, solo lo miraba fijamente desde lejos.
Gael siguió la dirección de su mirada.
—¿Qué ves?
Darian tardó un poco en responder.
—Nada… pensé que había visto algo.
Cuando volvió a mirar hacia la reja, el perro ya no estaba.
La maestra entró al salón en ese momento y el ruido empezó a bajar poco a poco mientras todos regresaban a sus lugares. Darian intentó concentrarse el resto de la mañana, pero le costó más de lo normal. Varias veces terminó mirando hacia la ventana mientras la lluvia seguía cayendo afuera.
Y por más que intentara convencerse de que solo estaba cansado, seguía recordando la forma en que ese perro lo había estado mirando.