Richard sonrió cuando los payasos del circo se acercaron.
Le causaba emoción que los protagonistas de aquel show estuviesen al pendiente de él, además, también lo emocionaba el hecho de que sus padres por fin estaban presentes para compartir aquel hermoso recuerdo. Ellos eran personas ocupadas y casi nunca tenían tiempo para compartir con su hijo, la influencia que tenían en la política los mantenía encerrados en sus oficinas. Robert y Roxanne Williams, amados por unos, odiados por otros, pero eso no les interesaba, solo tomaban en cuenta la opinión de su hijo, y verlo contento fue suficiente para saber que hacían un buen trabajo.
Cuando la función terminó, los cuatro, acompañados a escasos metros por Bruno, el mayordomo de la familia, caminaron por los alrededores del parque mientras se detenían en cada juego al que Richard quería subir. Él vivía lo que cada niño deseaba: era millonario, sus padres famosos, tenía un mayordomo que siempre cuidaba de él y podía obtener lo que deseaba; pero él era muy pequeño para entender que tantas cosas buenas traían consigo escenarios negativos imposibles de evitar.
Después de tanto caminar decidieron tomar un descanso para degustar de un algodón de azúcar. Los tres, exceptuando a Bruno, disfrutaron del dulce algodón mientras varios niños corrían por los alrededores envueltos en felicidad. Midnight vivía su mejor época gracias a las buenas obras que los Williams realizaban, y aunque a veces Richard se enojaba por no poder compartir con ellos, al final solo era un mero capricho. Siempre los recibía con una sonrisa.
Una vez terminaron de comer se quedaron un rato más a pedido de Richard que, como ya era costumbre en él, solía mirar el cielo estrellado que la bella ciudad mostraba de noche; sin embargo, aquel momento de felicidad duró poco cuando Robert recibió una llamada y se alejó de ellos.
El pequeño Richard mantuvo la mirada fija en el cielo nocturno, fascinado por la belleza de las estrellas que lo rodeaban. Sin embargo, cuando escuchó a su padre gritar giró la cabeza en su dirección tratando de comprender lo que sucedía, intentaba sin conseguirlo escuchar lo que su padre decía, pero Roxanne lo interrumpió suavemente, tocando su barbilla y dirigiendo su mirada hacia ella.
—¿Qué es lo que más te gusta de las estrellas, hijo? —preguntó con aquella dulce voz que hipnotizaba.
—El brillo que tienen y que comparten entre ellas, eso siempre me ha gustado —contestó mientras extendia su mano.
—Verdad que sí -susurró con alegría—. Cada estrella que hay en el cielo es un sueño que cualquiera puede alcanzar, pero no intentes atraparlas, hijo —agregó tomándolo de las manos—, solo debes seguir tu camino y ellas te guiarán; por eso —se detuvo para quitarse una de las pulseras que llevaba en su brazo derecho. Luego tomó el brazo de su hijo y se la colocó— ahora cada vez que veas tu brazo, incluso en el día, podrás recordar que los sueños se cumplen.
—Madre, pero esta pulsera es tuya —dijo Richard mientras jugaba con las estrellas que caían de esta.
—No, Richard. Ahora es nuestra —contestó su madre, abrazándolo con ternura.
Bruno fue testigo de aquel acto de amor puro entre madre e hijo, una escena que lo conmovió hasta el punto de dibujarle una sonrisa en su rostro, sin embargo, aquello duró poco cuando Robert regresó para interrumpir el momento.
—Tenemos que irnos, es urgente Roxanne —dijo algo agitado por el enojo.
—¿Qué sucede? ¿Está todo bien? —preguntó algo preocupada.
—Te contaré en el camino. Bruno, volvamos a la mansión —ordenó mientras Richard no entendía lo que sucedía.
Los cuatro subieron a la limusina y se retiraron del parque instantes después. Adentro, Roxanne continuaba preguntándole a Robert el porqué de su repentina petición, pero este se mantuvo en silencio y no daba indicio de contestar a los reclamos de su esposa.
La limusina avanzó por las calles solitarias de la ciudad que era rodeada, en su mayoría, por edificios iluminados por doquier. Eso a Richard le causó bastante interés, y cuando inclinó su cabeza a la ventanilla se quedó hipnotizado por el panorama que sus ojos presenciaban. El camino fue corto para él, para sus padres no tanto, y cuando llegaron a la entrada de la mansión las rejas se abrieron de par en par otorgándole el acceso.
Bruno, como era costumbre, aceleró para entrar hasta el estacionamiento privado de la mansión, sin embargo, se detuvo cuando Robert le ordenó que lo hiciese, bajó junto con su esposa y le indicó a su mayordomo que cuidara de su hijo en su ausencia mientras no estaban con él. Richard se enojó por no dejarlo ir con ellos, pero instantes después Bruno lo animó bajándolo de la limusina para recorrer los alrededores de la mansión, que estaba compuesta en su mayoría por arboles altos y espesos que se alzaban como guardianes en la noche.
—Es una bonita pulsera, joven amo —dijo Bruno mientras lo tomaba de la mano—. Pero espero que no se le haya olvidado.
A Richard se le iluminó el rostro cuando recordó.
—Es cierto, es hora de la caminata nocturna —expresó emocionado—. ¿A dónde iremos hoy?
—Bueno, solo hay que dejarnos llevar por el camino, ya veremos que podemos descubrir.
Las risas inocentes de Richard le causaron una emoción indescriptible a Bruno, para él, su joven amo era como un hijo, el hijo que siempre deseó y no pudo tener, por ende, siempre se aseguró de que no le faltara nada, siempre estuvo a su lado incluso cuando sabía que su presencia no era la que necesitaba.
De repente, un fuerte ruido los hizo voltear hacia la casa, y vieron una columna de humo negro y naranja que salía del techo. Bruno se apresuró a entrar y se detuvo cuando las rejas de la mansión, que se habían cerrado con anterioridad, ahora estaban bloqueadas. Escuchó a Richard, quien estaba detrás de él, sollozando y completamente congelado con la mirada fija en la mansión. Trató de calmarlo, sin embargo, este no daba señales de sentirse mejor, y cuando intentó llamar a la policía una explosión los sacudió, causando que ambos cayeran al suelo.