—¿Cuántas veces debo decir que no me molesten en medio de un partido de ajedrez? —exclamó Cassius tras tirar el tablero al suelo.
Su asistente, intimidado, se excusó, luego explicó que el motivo de su interrupción era por la visita que había estado esperando toda la mañana y parte de la tarde. Victor Kayne, un hombre de unos treinta y tantos, con un físico corpulento, pero bien cuidado, pasó por la puerta de la oficina. Llevaba puesto un traje morado de pies a cabeza, con zapatos clásicos de color negro. En su mano derecha el emblemático puño americano cortesía de los Duvall, regalado por el mismísimo Cassius cuando Victor ingresó al negocio.
—Me disculpo, señor, pero es un asunto de suma importancia —se excusó Victor mientras hacia una reverencia.
Cassius con un gesto le indicó a su asistente y rival de ajedrez que lo dejaran a solas, por lo que ambos se ayudaron a terminar de recoger las fichas y el tablero. Luego abandonaron la habitación, y cuando la puerta se cerró el magnate mostró su disgusto.
—No hay excusas, Kayne, pero cuéntame, ¿a qué se debe tu insistencia? —soltó mientras servía un poco de whisky en su vaso.
—Verá, quería asegurarme antes de decirlo, pero anoche confirmé mis sospechas —contestó mientras sacaba unas fotografías de un sobre—. Alguien ha estado siguiéndome durante un par de meses.
Al escucharlo dejó de servir el whisky y le dio toda su atención.
—Periodistas —musitó bastante enojado—. Ya me encargué de ella, pensé que se había olvidado del asunto.
—No, mi señor, no se trata de Sarah Wilson —aclaró Victor. Cassius lo miró intrigado, luego tomó asiento—. Es la detective Jonhson. Felicia Jonhson.
Acompañado de su revelación Victor le entregó unas fotografías que mostraban a la detective siguiéndolo a varios lugares a altas horas de la noche. Un café ubicado en el barrio Silvergate, las líneas de metros subterráneas de Underline, y, además, también en el club nocturno en Lowpoint. En cada una de las fotografías se podía ver el rostro de Felicia, quién intentó pasar desapercibida disfrazándose, pero no consiguió cumplir su objetivo. Cassius pasó cada una de las fotos mientras mostraba su disgusto, a pesar de ser un hombre seguro de sí mismo y de los objetivos que tenía planteado, no le gustaba que las personas fueran entrometidas.
—Al final es más de lo mismo —dijo mientras devolvía las fotos—. Todos terminan en el mismo lugar.
—Eso pensé, señor, pero apareció alguien más en el radar —agregó Victor mientras le mostraba una última foto, más reciente—. Alguien la ha estado ayudando.
Cassius alzó la foto y observó a un hombre de espaldas hablando con Felicia, en ninguna de las fotos tomada se veía el rostro de la persona, pero ambos sabían lo que eso significaba.
—Ya sabes que hacer —ordenó Cassius sin más.
En el corazón de Silvergate, uno de los barrios —junto a Highpoint—, con mayor presencia policial, se encontraba el edificio de Midnight News, lugar por dónde pasaban todas las noticias de la ciudad antes de ser publicadas. En el interior de sus oficinas se encontraba Sarah Wilson, la editora de redacción del periódico, y que ahora con su puesto actual tenía mayor influencia en las publicaciones que se realizaban día tras día. Sarah avanzó por los pasillos mientras sus compañeros recibían llamadas, redactaban noticias o simplemente conversaban sobre temas de la semana. Durante su caminata hasta la oficina dedicó varios saludos, y antes de entrar fue interrumpida por su asistente personal, quién se veía agitada.
—Sarah, aquí tienes tu correspondencia —dijo ella mientras le entregaba el correo que había llegado.
—Muchas gracias, Jennifer —contestó mientras recibía el montón de papeles.
Al entrar cerró la puerta a su espalda y comenzó a revisar el correo, tenía la esperanza de recibir por fin las boletas que había comprado para sus vacaciones, sin embargo, mayor fue su sorpresa cuando frente a ella encontró una de esas cartas que había catalogado como innombrables, sobre todo por lo fuerte que solían ser. Era una amenaza.
"Pensé que había sido claro, pero sigues en lo tuyo... periodista".
Sarah de inmediato dejó caer los demás papeles y salió disparada de la oficina hasta el escritorio de su asistente, quién al verla alterada dejó el teléfono a un lado.
—¿Quién envió esto? —preguntó en voz baja.
Jennifer leyó el contenido de la carta y se sorprendió.
—No lo sé, jefa. Yo solo las recogí de recepción —contestó bastante afligida.
Acompañada de un suspiro, Sarah destruyó la carta y la echó al bote de basura a un costado del escritorio.
—Ni una palabra de esto a nadie, ¿escuchaste? —dijo mientras su asistente asentía.
A pesar de mostrarse como una roca ante todos, por dentro se moría de miedo. No pudo evitar sentirse indefensa al leer el mensaje, recordando de inmediato lo que había vivido meses atrás con Jon hasta su fallecimiento. Ahora no temía tanto por ella, sino por las personas que la rodeaban. Tras unos segundos de pie se dio media vuelta y retomó su camino hasta la oficina, aunque antes de entrar fue interceptada por Felicia, quién había entrado con bastante imprudencia en las oficinas.
—Aunque sea detective las leyes aplican para todos, ¿no? Y esto puede ser considerado como allanamiento —dijo Sarah al verla.
Felicia se detuvo frente a ella, luego sacó su placa y se la mostró.
—Por suerte tengo algo que me hace inmune —contestó mientras sacaba su placa.
—Perdón jefa, intenté detenerla, pero...
—No te preocupes David, vuelve a tu puesto de trabajo —lo interrumpió Sarah sin quitarle los ojos de encima a Felicia. Este último acató la orden y se marchó—. ¿Qué la trae por aquí detective?
—Sabes muy bien por qué he venido —respondió, pero Sarah rápidamente negó con su cabeza—. El artículo, Sarah, te dije que no tenían permitido publicar nada sobre la muerte de Ethan Graves. Todavía se desconocen los motivos de su muerte.