La sala privada del lujoso hotel Sovereign, en el centro de Silvergate, estaba en penumbras, iluminada solo por la lámpara de escritorio que reposaba sobre la enorme mesa de caoba. Cassius Duvall observaba por la ventana de vidrio polarizado, con la ciudad extendiéndose a sus pies. Su reflejo se fundía con las luces distantes, una silueta imponente de alguien que controlaba más de lo que cualquier ciudadano imaginaba.
Detrás de él, el reloj marcaba las 7:45 p. m. El debate por la alcaldía comenzaría en menos de una hora. Sarah ya debía estar preparándose, pensando que tendría una oportunidad justa. Pero Cassius no dejaba cabos sueltos.
El sonido de la puerta abriéndose lo interrumpió. De esta, entró un hombre de cabello entrecano y gesto tenso: Douglas Raines, el mediador del debate. Traía la frente perlada de sudor y las manos crispadas, tratando de ocultar su nerviosismo.
—Señor Duvall —saludó con rigidez—, me dijeron que quería verme. Estoy algo apurado...
—Y yo no tengo tiempo para rodeos, Douglas —Cassius se giró lentamente, su voz fingía cordialidad—. Quiero que esta noche cumplas con tu parte en el debate. Asegúrate de hacerle la vida imposible a Sarah. Ponla contra las cuerdas, hazla dudar, que titubee en cada respuesta. Y, por supuesto, a mí me das las preguntas más fáciles. ¿Entendido?
Douglas frunció el ceño, su incomodidad era palpable.
—Señor Duvall, no puedo hacer eso. Mi trabajo es ser imparcial. No puedo inclinar la balanza para nadie.
Cassius soltó una risa seca y se acercó a la mesa, abriendo un portafolio de cuero negro. De su interior sacó un sobre grueso y lo dejó caer frente al mediador.
—Aquí hay cincuenta mil millones de razones para que reconsideres tu postura.
Douglas miró el sobre con desdén y negó con la cabeza.
—No es una cuestión de dinero. Tengo principios.
Cassius suspiró pesadamente, como si estuviera lidiando con un niño testarudo.
—Sabía que dirías eso. Por eso, te traigo otra oferta. No te llevas el dinero, pero tu esposa e hijas pagan el precio.
El mediador sintió que el suelo se le hundía. Cassius sacó su teléfono y deslizó la pantalla, mostrando una imagen: su esposa e hijas en la salida de la escuela, fotografiadas desde un auto en movimiento.
Douglas sintió el aire abandonar sus pulmones.
—No... no pueden...
—Puedo, Douglas. Y lo haré si me obligas —Cassius deslizó las manos en los bolsillos de su impecable traje, sonriendo con calma—. No quiero hacerlo, pero no me dejas opciones. ¿Qué dices? ¿Aceptas mi generosidad, o prefieres descubrir qué tan lejos estoy dispuesto a llegar?
Douglas apretó los puños con fuerza. Su moral luchaba contra el terror que se clavaba en su pecho. Miró a Cassius, buscando un resquicio de piedad en sus ojos oscuros, pero era en vano, aquel hombre no empatizaba con nadie que no fuera el mismo.
—Lo haré —murmuró con la voz quebrada—. Haré lo que me pide.
Cassius sonrió, satisfecho.
—Sabía que tomarías la decisión correcta. Ahora, ve y cumple tu trabajo.
Douglas salió de la habitación con el rostro desencajado en insatisfecho, todo lo contrario a Cassius, el cual se quedó en su lugar, tomando una copa de whisky de la mesa. Se la llevó a los labios y saboreó la victoria mientras una sonrisa se esbozaba en su rostro.
Al otro lado de la ciudad, Richard se encontraba en su centro de operaciones, rodeado por la penumbra de las pantallas apagadas y el leve zumbido de la maquinaria en reposo. Había permanecido toda la mañana revisando informes de Williams Corp. agotado por la incertidumbre de todo lo que había pasado y lo que todavía faltaba por vivir. Sus pensamientos eran su mayor enemigo, y para su mala fortuna, era una muy complicado de evadir.
Rompiendo la monotonía, y su dialogo interno a medias, se quitó la camisa y la dejó caer sobre la silla, sintiendo el aire frío contra su piel marcada por moretones y cicatrices recientes. Algunas eran viejas heridas, recuerdos de peleas que ya parecían lejanas. Otras eran nuevas, testigos de que su guerra contra la corrupción en Midnight estaba lejos de terminar.
Frente a él, un espejo reflejaba su imagen. Alzó la mirada y notó que estaba hundida. No necesitaba un espejo para saber que no dormía bien, que el peso de todo lo que había pasado lo estaba consumiendo, y que las preocupaciones estaban lejos de acabar. Respiró hondo y tomó la parte superior de su traje de justiciero. Con movimientos lentos y mecánicos, comenzó a ponérselo bajo su ropa de civil. Cada hebilla, cada ajuste, era un recordatorio de la vida que había escogido al ser lo que era. Una vida donde no había espacio para errores. Y tampoco para dudas.
Pero las dudas estaban allí, aunque él quisiera evitarlo.
Sarah Wilson.
El golpe de la culpa lo asfixió en cuanto su rostro apareció en su mente. Recordaba la primera vez que la vio tirada en aquella solitaria calle de Silvergate, luego en el hospital después de la golpiza; su labio partido, su ojo hinchado, las marcas en su piel... y su mirada... esa mirada que no solo reflejaba dolor, también decepción. Él había intentado protegerla, pero no había conseguido cumplir con su objetivo. El peso de haberla introducido en la política lo hacía sentir miserable, por él, ella había pagado un precio muy alto.
Soltó un suspiro pesado y continuó vistiéndose, pero su mente no se detenía. Porque la culpa no terminaba en Sarah.
Felicia.
Su estómago se revolvió al recordarla. Sus sentimientos eran encontrados con ella, se sentía confundido con sus actitudes, después del beso, la forma en que ella lo miró, en cómo se apartó...
Por un instante creyó que todo podía cambiar, que podía haber algo real entre ellos, pero entonces, Felicia puso la barrera, no podía haber nada entre ellos, aquellas palabras todavía resonaban en su cabeza, a pesar de lo vivido la noche anterior.
Pero... ¿Acaso tenía razón?