Las imágenes del debate y el atentado dominaban las pantallas de todos los canales de noticias. Los noticieros repetían una y otra vez el video del asesinato del alcalde, la reacción de Cassius y el momento en que el mediador era alcanzado por la bala. Los titulares eran implacables: "Cassius Duvall: El rostro de la corrupción y la muerte", "Manipulación y asesinato: La verdad detrás de Cassius Duvall".
Felicia mantenía la vista fija en el televisor, pero su mente estaba en otro lugar. Sentía el peso de la culpa sobre sus hombros, como si cada palabra de los noticieros fuese un golpe directo a su conciencia. Richard la abrazaba con fuerza, sintiendo su respiración temblorosa contra su pecho.
—No esperaba que intentaran asesinar al mediador —susurró Felicia, cerrando los ojos con frustración—. Él temía por esto, y yo en mi ignorancia, solo visualizaba a Cassius tras las rejas. Si hubiese sido más cuidadosa, esto no habría pasado y...
Richard apoyó la barbilla sobre su cabeza y acarició su espalda con suavidad.
—No puedes culparte por esto —dijo con voz firme—. Tarde o temprano Cassius hubiera actuado, de eso no tengas dudas. Pero expusimos la verdad, Felicia. Ahora el mundo lo sabe. Debemos tener esperanza en que todo saldrá bien.
Felicia suspiró y se aferró a él con más fuerza. No estaba segura de poder creer en un final feliz, pero en ese momento, necesitaba aferrarse a algo. En eso, el sonido de unos tacones se hizo presente a cada segundo. Ambos se giraron hacia el origen del sonido, dándose del semblante desconcertado de Sarah.
—Todavía no me acostumbro a verlos tan juntos —interrumpió con una pequeña sonrisa.
Felicia y Richard se separaron levemente, aunque él mantuvo su brazo sobre sus hombros. Sarah, sin embargo, cambió rápidamente de tema.
—Douglas está fuera de peligro —informó, con un tono de alivio.
Felicia dejó escapar un profundo suspiro y cerró los ojos un instante.
—Gracias a Dios... —murmuró, llevándose una mano al pecho.
Richard asintió y se puso de pie, tomando su teléfono.
—Voy a hacer unas llamadas. Quiero asegurarme de que tenga la protección adecuada. No podemos permitir otro ataque.
Sarah asintió con una semisonrisa y, al cabo de unos segundos, Richard puso su teléfono en el oído al llamar a su primer contacto. Mientras este último se alejaba, Felicia miró a Sarah y le hizo un gesto con la mano para que se sentara junto a ella. Sarah obedeció y, sin dudarlo, Felicia la envolvió en un abrazo cálido.
—Cuando escuché los disparos, el miedo me paralizó —confesó Sarah en voz baja—. Por un momento, pensé que no lo contaría.
Felicia apoyó la cabeza contra la suya y susurró:
—Es normal, Sarah. Todos sentimos miedo en algún momento. Pero ahora las cosas estarán bien. Ya no tienes que preocuparte.
Sarah confió en sus palabras cerrando los ojos por un instante, se dejó llevar por ese sentimiento de consuelo, le hacía falta confiar en que todo iba a salir bien. A pesar de todo lo ocurrido, era reconfortante saber que no estaba sola en todo, que tenía personas cerca que estaban dispuestas a ayudarla, eso en cierta parte le causaba tranquilidad.
—Entonces... —dijo mientras se reincorporaba. Felicia la miró atenta—. ¿Richard y tú? ¿Desde cuándo? —preguntó con una sonrisa.
Felicia la miró sorprendida, luego desvió la mirada con una sonrisa nerviosa.
—Bueno, solo sucedió...
Sin embargo, antes de poder responder Richard la interrumpió, aun con el teléfono en mano.
—Me ha surgido algo que tengo que atender —anunció.
En un movimiento rápido, se inclinó y tomó a Felicia del rostro con suavidad antes de besarla con ternura.
—Nos vemos luego —susurró antes de separarse.
Luego, se dirigió a Sarah y le apoyó una mano en el hombro con firmeza.
—Todo va a salir bien —le aseguró.
Sarah asintió, sintiendo un extraño alivio ante sus palabras.
Richard les dedicó una última mirada a ambas antes de marcharse. Mientras la puerta se cerraba detrás de él, Felicia y Sarah se miraron y compartieron una leve sonrisa. A pesar del caos, de las heridas abiertas y de las batallas aún por pelear, en ese momento sintieron que no estaban solas. Y eso, por ahora, era suficiente.
Mientras tanto, en el edificio Duvall, el viento azotaba los ventanales rotos del último piso. Dentro de lo que antes era una oficina impecable, ahora el caos reinaba. Cristales quebrados, muebles destrozados, papeles esparcidos como hojas muertas. Cassius Duvall respiraba agitadamente, mientras apretaba los puños, mostrándose a sí mismo sus nudillos ensangrentados tras haber golpeado repetidas veces la pared.
—¡Malditos! ¡Todos unos malditos! —rugió, lanzando lo que quedaba de una lámpara contra la pared.
El estruendo retumbó en la habitación, pero no fue suficiente para acallar los pasos ligeros que se acercaban.
—Te lo advertí —dijo Carla, firme, con los brazos cruzados—. Te dije que esto pasaría.
Al escucharla Cassius se giró, dándole la espalda a su hija como respuesta. Aún con la respiración agitada se intentaba controlar, intentaba mantener su ira al margen para no cometer una locura, pero luchar contra su propia naturaleza parecía imposible, y por más esfuerzo que pusiera al final la bestia dentro de él estaba ganando la partida.
—Te lo repetí una y otra vez, padre —continuó ella, avanzando un par de pasos—. Te advertí que tu arrogancia te iba a hundir. Que tarde o temprano alguien te expondría. Pero no, siempre te creíste invencible.
Cassius cerró los ojos, apretando los dientes.
—Si tan solo me hubieras escuchado... —Carla negó con la cabeza—. ¡Pero no! Preferiste seguir adelante con tus juegos de poder. Y mira dónde estamos ahora.
De pronto, Cassius se giró con furia y, sin advertencia, le propinó una bofetada tan fuerte que Carla cayó al suelo. Confundida y con una mirada que reflejaba temor, solo escuchaba por algunos minutos un zumbido ensordecedor, hasta que tocó su mejilla, sintiendo el ardor del golpe y volvió en sí.