La noche en Midnight había vuelto a teñirse de un terror sutil, como si la calma de los últimos tres meses hubiera sido solo una frágil fachada, un espejismo, un respiro engañoso antes de que la verdadera naturaleza de la ciudad emergiera de nuevo.
Las calles, antes sumidas en un silencio casi artificial, ahora murmuraban con historias de muerte y caos. Los callejones susurraban rumores de cuerpos mutilados encontrados en rincones olvidados, por las noches, las luces parpadeaban como si la electricidad temiera mantenerse encendida demasiado tiempo. Los ciudadanos hablaban en voz baja, con la paranoia incrustada en la piel, como si nombrar lo que acechaba en las sombras le diera poder sobre ellos.
Y ahora, un nuevo crimen había golpeado con fuerza.
El viejo club nocturno de Cassius Duvall se alzaba como una tumba abierta en medio de la noche. Olvidado, podrido por el tiempo y los pecados de quienes alguna vez lo llenaron de vida, ahora era solo un cascarón vacío donde el horror se había instalado cómodamente. La estructura, carcomida y deformada, se alzaba entre la bruma como la boca de un monstruo que invitaba a sus presas a entrar.
Dentro, dos oficiales de policía avanzaban con pasos tensos, sosteniendo sus linternas con dedos sudorosos y temblantes, la luz apenas lograba atravesar la densa oscuridad que impregnaba el lugar como una niebla densa y pegajosa. El hedor a podredumbre los envolvía, un cóctel de sangre rancia, carne descompuesta y algo más profundo, más antiguo... como si el aire mismo estuviera enfermo.
Al cruzar el umbral, el infierno se desplegó ante sus ojos.
Paredes teñidas de rojo. Sangre seca formando manchas irregulares, como si la estructura misma hubiera bebido de la masacre y la hubiera absorbido con deleite. Cuerpos disecados y esparcidos en posiciones grotescas, como si fueran esculturas de una mente demente. Algunos aún tenían las bocas abiertas en un grito mudo, los ojos cristalizados en el horror de su último momento.
Sobre la vieja barra de licorería, ahora convertida en un altar a la locura, palabras pintadas en rojo carmesí relucían con un brillo enfermizo bajo la tenue luz de las linternas:
"Midnight pertenece al caos".
"La máscara solo es una fachada".
—Mierda... Debí haber sido deportista. O músico. Cualquier cosa menos esto —murmuró uno de los oficiales, apartando una rata que roía con avidez el torso abierto de una víctima.
Su compañero esbozó una risa seca, más por nervios que por diversión.
—O un maldito ingeniero, con una oficina y aire acondicionado —susurró, esquivando un charco de sangre seca. Sus ojos recorrieron los símbolos esparcidos por la pared con una sensación creciente de inquietud.
—Igual hubiera venido —continuó el otro, intentando distraerse de la presión que sentía en el pecho—. La jefa del departamento es una pelirroja muy sexy. No podía dejar pasar la oportunidad de impresionarla.
Su compañero, detrás de él, lo miró con desprecio.
—No deberías hablar así de una mujer comprometida —contestó.
—Por favor. Yo la haría más feliz que ese estúpido millonario con el que...
Un sonido rasposo, similares a pasos humanos, interrumpió la conversación.
Se tensaron al instante. Sus linternas barrieron la penumbra, buscando la fuente del ruido mientras sus corazones martilleaban con fuerza. La luz reveló una silueta oscura deslizándose entre los escombros.
Ambos apretaron el gatillo de sus armas, preparándose para lo peor... hasta que dejó verse en medio de la luz.
—Maldito gato... —murmuró uno, soltando el aire que había estado conteniendo.
El animal, de pelaje sucio y ojos brillantes, los miró con desinterés antes de desaparecer entre las sombras.
Ambos rieron nerviosamente... pero aquel momento de paz murió rápido.
El silencio que le siguió era demasiado pesado. Denso. Como si algo más estuviera respirando con ellos en esa habitación. Y entonces, una voz rasposa emergió de la oscuridad.
—¿Lo sienten?
La pregunta flotó en el aire como un veneno. Los oficiales sintieron un escalofrío recorrerles la columna, mientras que, detrás, el sonido metálico de un par de cuchillas deslizándose unas contra otras perforó el silencio.
—Antes, esta ciudad no pretendía ser algo que no es —continuó la voz, áspera y cargada de un desprecio antiguo—. Antes, Midnight se mostraba como realmente era: un nido de caos, de terror... de verdadera libertad.
Los policías se dedicaron una mirada, luego giraron lentamente. La linterna iluminó una figura alta, esquelética, de espaldas a ellos. Llevaba una camisa arrugada, desgarrada en los bordes, con manchas de sangre seca impregnadas en la tela. Sus pantalones negros estaban sucios, y las botas, ennegrecidas por el polvo y la mugre, daban la impresión de ser parte de la penumbra que lo rodeaba.
Los oficiales, espantados por lo que presenciaban alzaron sus armas, apuntando con manos temblorosas al desconocido que, ajeno a lo que sucedía, continuaba afilando sus cuchillos con movimientos lentos y deliberados, como si disfrutara cada roce del metal.
—Pero ahora... —siguió, con voz densa y pausada— han intentado cambiarla. Domarla. Convertirla en algo que no es... Qué patético.
—¡Alto ahí! —gritó uno de los oficiales, con la voz quebrada.
El hombre dejó de afilar los cuchillos y giró el rostro lentamente hacia ellos.
El aliento del oficial se atascó en su garganta. La linterna iluminó un rostro desfigurado por cortes profundos y cicatrices que parecían sonreírle de una forma grotesca. Su piel, pálida y enfermiza, contrastaba con los surcos oscuros bajo sus ojos, que brillaban con un fulgor demente. Sus labios se curvaron en una mueca deformada.
—Qué grosero eres —agregó el hombre.
Con un movimiento rápido y preciso, lanzó uno de sus cuchillos alcanzando al oficial paralizado, que apenas pudo emitir un jadeo ahogado cuando la hoja se incrustó en su cuello. Luego, su cuerpo cayó al suelo con un gorgoteo ahogado, la sangre brotaba de él y se unía con el asfalto formando un río escarlata.