Dark Hill - La leyenda del Doppelgänger

Capitulo 9

El silencio que siguió fue tan pesado que Lena tuvo la sensación de que la casa estaba conteniendo la respiración.

—No la abras —dijo de pronto, sin saber exactamente por qué. La advertencia salió de su boca antes de que pudiera pensarla.

Julian alzó la mirada hacia ella, sorprendido. Tenía la caja entre las manos, como si pesara más de lo que aparentaba. La cera roja estaba resquebrajada, oscura, vieja… pero intacta.

—Tiene su nombre —respondió él en voz baja—. ¿Quién dejaría algo así aquí?

Lena negó lentamente con la cabeza. El pulso le retumbaba en los oídos.

—No lo sé. Pero no debería estar aquí. Nada de esto debería estar aquí.

Julian dejó la caja sobre la mesa de la cocina. El golpe fue seco, definitivo. La lámpara del techo parpadeó una vez, apenas perceptible, pero suficiente para que ambos se tensaran.

—Lena… —dijo Julian con cautela—. No podemos fingir que no está aquí.

Ella se pasó una mano por el rostro, intentando ordenar los pensamientos que se le agolpaban en la mente. Nora. El mural. El espejo. El reflejo que la había tocado. Todo parecía confluir en ese objeto pequeño y silencioso.

—Si la abrimos —dijo al fin—, lo que sea que hay ahí dentro… va a ser malo.

Julian la observó con el ceño fruncido.

—¿Eso es una suposición… o lo sabes?

Lena levantó la mirada. Durante un instante, incluso a ella le sorprendió la certeza que vio reflejada en los ojos de Julian.

—No lo sé —admitió—. Pero lo siento.

Julian apoyó ambas manos sobre la mesa, a cada lado de la caja.

—Mi vida ya está llena de fantasmas —dijo con voz ronca—. Si esto tiene algo que ver con lo que le pasó… necesito saberlo.

Lena cerró los ojos un segundo. Recordó la mano fría en su mejilla. La sonrisa torcida. Llegaste tarde.

—Claro —dijo Lena de pronto—. ¿Por qué sigues insistiendo? Nora estaba loca.

La frase cayó como un golpe mal calculado.

Julian alzó la cabeza lentamente, incrédulo.

—No digas eso.

—Julian… —Lena se pasó una mano por el rostro, nerviosa—. La viste deteriorarse. La escuchaste decir cosas que no tenían sentido.

Julian apretó la mandíbula. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la mesa.

—Estaba asustada —dijo en voz baja—. Eso no es estar loca.

Lena negó con la cabeza, endureciéndose.

—No puedes negar lo evidente. Se obsesionó con la iglesia, con el mural… dejó de dormir, dejó de reconocerte. Eso es una crisis, Julian. Una enfermedad.

El golpe resonó seco en la cocina.

Julian descargó la mano contra la mesa, haciendo vibrar las tazas.

—¡No! —estalló—. No es cierto.

Lena dio un paso atrás, sorprendida por la violencia en su tono.

—No estaba loca —continuó él, con la voz quebrada pero firme—. Nadie quiso escucharla. Y ahora es más fácil decir que perdió la cabeza que aceptar que algo la estaba destruyendo desde afuera… o desde adentro.

Julian apretó los dedos alrededor de la tapa de la caja durante un largo segundo. La cera ya estaba resquebrajada; no necesitó mucha fuerza para romper el sello. Un chasquido seco resonó en la cocina, demasiado parecido al sonido de algo que se quiebra por dentro.

Lena contuvo el aliento.

Julian levantó la tapa.

Dentro solo había un cuaderno gastado, de tapas oscuras, hinchado por la humedad y el paso del tiempo. Las hojas sobresalían torcidas, como si hubieran sido arrancadas y vueltas a meter sin cuidado.

Lena lo reconoció antes incluso de leerlo.

—No… —susurró.

Julian tomó el cuaderno con ambas manos. Sus dedos temblaban.

—Es el diario de Nora.

El nombre escrito en la primera página, con la letra inconfundible de su hermana, parecía mirarla directamente. Lena sintió que algo se le cerraba en el pecho.

—Claro —dijo de pronto, con una risa amarga que no logró ocultar el temblor de su voz—. Claro que es su diario.

Julian alzó la cabeza lentamente. Sus ojos se oscurecieron, luego abrió el diario por una página marcada con una esquina doblada.

Leyó en voz alta, con dificultad:

Hoy volví a verla en el reflejo del vidrio. No hizo lo mismo que yo. Sonrió cuando yo no lo hice. Eso es lo que más miedo me da.

Julian pasó la página.

Si alguien encuentra esto, necesito que entienda algo: no estoy enferma. Estoy siendo reemplazada.

La habitación pareció encogerse.

Lena sintió un frío familiar deslizarse por su nuca.

—¡Ya basta! —Grito — deja de leer eso.

Julian levantó la vista.

—Hay fechas —dijo Julian, con la voz baja pero firme—. Hay horas. Hay descripciones...




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