Dark Hill - La leyenda del Doppelgänger

Capitulo 10

Lena soñó con risas.

Al principio fue solo eso: un sonido suave, lejano, como si llegara desde detrás de una pared. Luego las voces tomaron forma. Reconoció la de Julian primero. Joven. Despreocupada. Tal como sonaba antes de que todo se rompiera.

En el sueño estaba de pie frente a la antigua cafetería del pueblo. El aire era tibio, casi agradable. El sol de la tarde caía sobre la calle principal, bañándolo todo con una luz dorada que hacía que Dark Hill pareciera un lugar distinto, uno donde nada malo podía ocurrir.

Entonces los vio.

Julian y Nora estaban juntos, sentados en una de las mesas exteriores. Julian se inclinaba hacia ella, sonriendo de esa manera que Lena conocía demasiado bien. Nora reía, con la cabeza echada hacia atrás, el cabello cayéndole por los hombros. Parecía viva. Intacta. Feliz.

Lena sintió cómo algo se le tensaba en el pecho.

En el sueño, sus pies se movieron solos. Caminó hacia ellos, pero cada paso era pesado, como si avanzara sobre arena mojada. Quiso llamarlos. Quiso gritar. Su voz no salió.

Julian tomó la mano de Nora.

Ese gesto —simple, cotidiano— fue como un cuchillo.

El recuerdo se superpuso al sueño con una claridad cruel: la primera vez que los había visto juntos de verdad. No como una sospecha, no como un rumor, sino como una certeza imposible de negar. Ellos dos en la cocina de la casa familiar. Demasiado cerca. Demasiado cómodos. El silencio incómodo cuando ella entró. La forma en que Nora retiró la mano, tarde, fingiendo naturalidad.

La rabia volvió a arderle en el estómago.

En el sueño, Nora alzó la vista y la miró directamente. Ya no sonreía. Sus ojos eran demasiado oscuros.

—Llegaste tarde —dijo Nora.

Julian no se volvió. Seguía hablando, riendo, como si Lena no existiera.

—Siempre llegas tarde —añadió Nora, apretando más fuerte la mano de Julian—. Y luego finges que no te importa.

Lena quiso avanzar, separarlos, decir algo que cambiara el curso de las cosas. Pero el suelo comenzó a agrietarse bajo sus pies. La escena se distorsionó. La imagen se desvaneció, sustituida por la iglesia.

Ahora estaban frente al mural.

Julian observaba la pintura, inmóvil, como hipnotizado. Nora se encontraba a su lado… pero su reflejo en el mural no coincidía. La figura pintada sonreía de forma torcida, ladeando la cabeza en un ángulo imposible.

—Él me eligió —susurró la Nora del mural—. Tú te fuiste.

La rabia se mezcló con algo más espeso: culpa. Un nudo amargo que Lena había enterrado durante años.

—No es verdad —intentó decir.

Pero entonces Nora se volvió completamente hacia ella. Su rostro se deformó, como si ya no pudiera sostener la máscara. Los rasgos se tensaron, se copiaron… hasta que Lena se encontró mirándose a sí misma.

El reflejo le sonrió.

—Míralos —dijo la voz, ahora idéntica a la suya—. Míralos como los miraste aquella vez.

La escena se repitió una y otra vez: Julian y Nora juntos, riendo, tocándose, alejándose de ella. Cada repetición hacía que la rabia creciera, más oscura, hasta que dejó de ser solo celos y se convirtió en algo más peligroso.

Algo que quemaba.

—Despierta —susurró una voz—. Ya es de día.

Lena abrió los ojos de golpe.

La luz del sol le dio directo en la cara, brutal, blanca, atravesando las cortinas mal cerradas de la posada. Parpadeó varias veces, desorientada, con el corazón desbocado y la respiración agitada.

Estaba en la cama. Sola.

El cuarto olía a sábanas limpias y madera vieja. Nada se movía.

Se incorporó lentamente, pasándose una mano por el rostro. Estaba húmedo de sudor. Sentía la rabia aun palpitando en el pecho, fresca, como si no hubieran pasado años desde aquel primer golpe de traición.

Miró hacia el espejo del armario.

Durante un segundo, no se atrevió a levantarse.

La luz del día seguía cayendo sobre el cristal. El reflejo estaba ahí, obediente, devolviéndole cada movimiento. Normal.

Lena apartó la vista.

Porque lo que más la inquietaba no era el sueño en sí.

Era lo real que se había sentido.

Y el miedo creciente de que aquella rabia —la misma que había intentado olvidar— siguiera ahí, intacta.

Lena se levantó de la cama con movimientos lentos, como si el cuerpo le pesara más de lo normal. El suelo estaba frío bajo sus pies descalzos. Caminó hasta el baño sin encender la luz, guiándose por la claridad del día que aún se filtraba desde la habitación.

Cerró la puerta detrás de sí y abrió la ducha.

El agua tardó unos segundos en calentarse. Al principio fue helada, un latigazo que la hizo jadear, pero no se apartó. Se inclinó hacia adelante y dejó que el chorro le golpeara la cara, el cuello, los hombros. Cerró los ojos con fuerza.




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