Lena llegó a la iglesia poco antes del mediodía.
La puerta principal cedió con un gemido largo, como si el edificio protestara por tener que despertar. El interior estaba frío, inmóvil, suspendido en una penumbra tranquila que contrastaba con la luz viva del exterior. El olor a piedra húmeda y cera vieja la envolvió de inmediato.
No se detuvo.
Cruzó la nave central sin mirar a los costados, cargando el bolso con los materiales que había traído. No levantó la vista hacia el altar. No permitió que sus ojos buscaran el mural. Se repitió a sí misma una y otra vez lo mismo:
Vine a trabajar. Solo a trabajar.
Montó el pequeño andamio con movimientos mecánicos, como si el cuerpo supiera qué hacer, aunque la mente estuviera en otra parte. Sacó los pinceles, los trapos, los frascos con solvente. Todo ordenado. Todo controlable.
Cuando finalmente alzó la vista, fue solo porque no había otra opción.
El mural la esperaba.
Por un instante, el mundo pareció inclinarse.
Entre las figuras superpuestas, los rostros difusos, los cuerpos incompletos, Lena los vio. No necesitó acercarse. No necesitó buscar.
Sus padres.
Estaban ahí, apenas insinuados, como si hubieran sido pintados y luego borrados a medias. Los ojos de su madre no tenían pupilas. El gesto severo de su padre estaba congelado en una expresión que Lena recordaba demasiado bien: decepción.
El pulso le dio un salto.
No es real, se dijo. Es una coincidencia. Es mi mente.
Apretó los labios y bajó la mirada, concentrándose en una grieta del muro. Empezó a trabajar.
Limpiar. Retocar. Cubrir zonas deterioradas. No pensar. No interpretar. Cada pincelada era un acto de resistencia. Cada minuto que pasaba sin mirar directamente los rostros era una pequeña victoria.
El silencio de la iglesia se extendía a su alrededor, profundo, expectante. A veces le parecía escuchar algo: un roce, un murmullo lejano. No levantó la cabeza. No respondió.
—Buenos días, Lena.
La voz la hizo sobresaltarse.
El pincel resbaló y dejó una mancha irregular en la pared.
Se giró de golpe.
El padre Luke estaba de pie a unos metros, con las manos entrelazadas al frente. Su expresión era serena, pero había en sus ojos una atención cuidadosa, como si estuviera observando algo más que su reacción.
—Padre Luke —dijo Lena, forzando una sonrisa—. No lo escuché entrar.
—La iglesia tiene esa costumbre —respondió él—. A veces no avisa.
Lena respiró hondo y volvió al mural, concentrándose en corregir la mancha.
—Estoy avanzando bien —dijo—. Si todo sigue así, podré terminar esta sección en unos días.
—Lo veo —contestó él, acercándose un poco más—. Siempre fuiste muy meticulosa.
Ella asintió sin mirarlo.
—Padre —dijo de pronto, casi como si la pregunta se le escapara—, ¿hay… historias sobre este mural?
Luke se detuvo.
—¿Historias?
—Leyendas —aclaró—. Cosas que la gente decía. Antes. Quisiera entender mejor el contexto.
El sacerdote frunció el ceño, apenas. Fue un gesto breve, pero no pasó desapercibido.
—¿De verdad no lo recuerdas? —preguntó.
Lena se volvió hacia él, desconcertada.
—¿Recordar qué?
Luke la observó en silencio durante unos segundos que se hicieron incómodos. Luego suspiró.
—Hace años —dijo—, me hiciste exactamente la misma pregunta.
Lena negó lentamente con la cabeza.
—No… no puede ser.
—Sí —afirmó—. Pasaste horas enteras en la biblioteca de esta iglesia. Leíste todo lo que había sobre el mural. Crónicas antiguas, registros parroquiales, testimonios del pueblo. Incluso textos que no estaban catalogados.
El estómago de Lena se contrajo.
—Yo no recuerdo nada de eso.
Luke ladeó la cabeza, estudiándola.
—Estabas muy interesada —continuó—. Más de lo que estás ahora, si soy honesto. Dijiste que necesitabas entender algo… aunque nunca me explicaste qué.
Lena sintió un vacío abrirse en su pecho.
—¿Cuándo fue eso?
—Poco antes de que te marcharas del pueblo —respondió—. Antes de que pelearas con Nora y tus padres.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
—¿Y… podría volver a ir a la biblioteca? —preguntó Lena finalmente, con la voz más baja de lo que pretendía.
Luke la miró con atención.
—Claro, en el ala norte —dijo—. La puerta pequeña, detrás del confesionario antiguo.
Asintió, como si no hubiera dicho nada fuera de lo común.