Dark Hill - La leyenda del Doppelgänger

Capitulo 12

Lena estaba sentada en el borde de la cama, con la espalda encorvada y las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. El cuarto de la posada estaba en silencio, apenas interrumpido por el tic-tac irregular de un reloj antiguo en el pasillo. Intentaba ordenar sus pensamientos, pero estos se le escapaban como agua entre los dedos.

El mural.

El diario.

Su propia letra.

Y Nora.

Un golpe suave en la puerta la hizo sobresaltarse.

—Lena… ¿estás despierta?

Reconoció la voz de Julian de inmediato. El corazón le dio un salto incómodo. Dudó unos segundos, respiró hondo y finalmente se levantó para abrir.

Julian estaba de pie en el pasillo, con las manos en los bolsillos de la chaqueta. Parecía cansado. Más delgado. Como si no hubiera dormido.

—Pasa —dijo ella, apartándose.

Cerró la puerta tras él. El cuarto se sintió de pronto más pequeño.

Julian no se sentó enseguida. Caminó un par de pasos, miró alrededor sin ver nada en concreto y finalmente se volvió hacia ella.

—Quería disculparme —dijo—. Por anoche. Por cómo te hablé. No fue justo.

Lena se cruzó de brazos, apoyándose contra la pared.

—No es la primera vez —respondió, aunque su voz carecía de la dureza que pretendía.

—Lo sé —admitió—. Pero… trata de entenderme. Hay cosas que todavía no termino de comprender. Cosas que me persiguen desde hace años.

Lena lo observó en silencio. Había sinceridad en su tono. Y cansancio.

—Yo tampoco entiendo nada —dijo al fin—. Pero eso no es motivo suficiente para seguir atrapados en lo mismo.

Julian asintió lentamente.

—Nora…—murmuró, sin darse cuenta de lo mucho que aquel nombre aún la hería.

Lena dio un paso hacia él.

—Julian…

La cercanía despertó algo viejo, familiar. Un recuerdo corporal más que emocional. El modo en que él siempre había estado ahí, incluso antes de que todo se complicara.

Julian levantó la vista. Sus miradas se encontraron.

Lena acortó la distancia sin pensarlo demasiado. Extendió una mano, tocó su brazo. Sintió el calor real de su piel.

—No tenemos que seguir castigándonos —susurró—. Ya perdimos demasiado.

Julian no se apartó de inmediato. Sus labios estaban demasiado cerca. Por un segundo, solo uno, Lena creyó que él iba a corresponder.

Pero entonces Julian dio un paso atrás.

—No —dijo, con la voz baja pero firme.

El rechazo fue seco, preciso. Inconfundible.

Lena sintió el golpe en el pecho, igual que aquella vez en las escaleras de la iglesia.

—¿Por ella? —preguntó, incapaz de ocultar el temblor—. ¿Otra vez por Nora?

Julian cerró los ojos un instante.

—No puedo —respondió—. No así. No contigo.

La rabia volvió a encenderse en Lena, rápida, como una brasa que nunca se apaga del todo.

—¿No conmigo? —repitió, con una risa amarga—. Han pasado años, Julian. Años. ¿Cuánto tiempo más piensas seguir eligiéndola incluso estando muerta?

Él abrió los ojos de golpe.

—No digas eso.

—¿Por qué no? —insistió ella—. La elegiste entonces. Cuando yo aún estaba aquí. ¿Qué fue lo que viste en ella que no viste en mí?

Julian apretó los puños.

—No fue una elección tan simple —dijo—. Tú me apartaste y luego te fuiste.

—Me fui porque no podía respirar —replicó Lena—. Porque ustedes dos ya habían tomado una decisión.

—No —respondió él—. Tu dijiste que querías salir de este pueblo, que no querías ataduras.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, afiladas.

Lena sintió el ardor en los ojos, pero no lloró.

—Siempre es más fácil decir que fui yo —susurró—. Así no tienes que preguntarte si te equivocaste.

Julian la miró largo rato. En su expresión había dolor, culpa… y algo más cercano al miedo.

—Tal vez —dijo finalmente—. Pero eso no cambia lo que pasó.

El silencio volvió a apoderarse del cuarto.

Julian dio un paso hacia la puerta.

—No quería pelear —añadió—. Solo… decirte que lo siento.

Abrió la puerta.

—Buenas noches, Lena.

La cerró con cuidado detrás de sí.

Lena permaneció inmóvil durante varios segundos. Luego se dejó caer en la cama, con el pecho ardiendo y la rabia latiéndole en las sienes.

Cerró los ojos.

Y en la oscuridad, sintió lo mismo que el día en que se marchó.




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