Narrador Omniciente
"Las ruinas son el lenguaje silencioso con el que el tiempo nos recuerda la brevedad de nuestra gloria." — Chateaubriand
Akelon es una de las ciudades más antiguas del mundo, ubicada a orillas del mar Mediterráneo, a 56 km al sur de Tel Aviv y a 13 km de la Franja de Gaza. Combina historia antigua con ruinas filisteas, romanas y cruzadas. Eso era Akelon. ¿Quién iba a pensar que alguna vez, millones de años antes de Cristo, se formara una rebelión entre ángeles y demonios?
Que aquellos demonios se meterían alguna vez con humanas, como expresa la Biblia o el libro oculto de Enoc: aquella raza rara y aberración ante los ojos de Dios. Aquella misma que era cazada por aquel ángel de la muerte sin jerarquía. A veces, aquellos que no son nombrados son los que son apartados para misiones específicas que solo Dios sabe. No sabemos cómo fueron creados los ángeles, no sabemos los misterios de Dios, pero sí sabemos que ellos obedecen al Dios que los creó, protegen a los ungidos de Dios y ayudan a todo aquel que clama al Dios de las alturas.
¿Pero qué le pasó a Leuksna? Nadie lo sabe, solo Aquel que la creó. Sabe por qué su destino está marcado por tanto dolor, tanto sufrimiento y tanta desesperación. Quizás su propósito nunca fue ser la salvadora o la heroína de esta historia; los finales felices a veces no existen en un cuento donde hay tanto dolor y pérdida.
Ella era tan linda, amada, querida y apreciada... pero cuando eres marcada, sellada, te vuelves algo que no pediste, y ahí se aplican las palabras de que los villanos no nacen, se crean.
Sus ojos se mantienen cerrados. Visiones tras visiones pasan delante de ella, haciendo que su cuerpo, dentro de la esfera, se mantenga en posición fetal. El mundo afuera sigue en caos, pero no aquel caos que todos esperan, sino aquel caos en el que es difícil creer que Dios no los abandonó. Afuera, el cielo es rojo y oscuro sobre la ciudad que se mantiene en ruinas.
El eco de los lamentos antiguos parecía rebotar en las piedras milenarias de Akelon, mezclando el salitre del Mediterráneo con el olor a ceniza y olvido. Nadie recordaba ya las dinastías de los hombres; ahora la ciudad era el epicentro de un dolor más viejo que el propio tiempo.
Dentro de la esfera, el dolor de Luna no era físico, sino el peso de los siglos y de las visiones que distorsionaban su mente. En su posición fetal, blindada contra el fin del mundo, veía los rostros de aquellas aberraciones nacidas de la osadía de los Vigilantes y las hijas de los hombres. Gigantes de ira, sombras sin nombre que el Ángel de la Muerte, aquel ejecutor sin alas blancas ni reconocimiento en los altares, cazaba sin piedad en los rincones más oscuros de la creación. Ella entendía ahora que el silencio de Dios no es abandono, sino una matemática divina que los mortales confunden con crueldad.
Afuera, el polvo de los templos cruzados y las columnas romanas se elevaba bajo el firmamento carmesí. Los pocos sobrevivientes miraban el cielo oscuro, buscando una señal, un rastro de las legiones celestiales que alguna vez prometieron protección. Pero los cielos callaban. La marca en la piel de Luna comenzó a brillar con un fuego frío, recordándole que su transformación ya no tenía marcha atrás. No había gloria en su destino, ni cantos de victoria. Si el mundo la necesitaba como un monstruo para terminar la guerra que los ángeles provocaron, ella abriría los ojos para reclamar su corona de espinas.
A kilómetros de las ruinas, el rugido de un motor llenaba el lugar. Rous, aún con la mirada perdida y sumergida en sus pensamientos, no se percató de que ya habían llegado. Fue el tacto de la mano de Finn en su brazo lo que la trajo de vuelta.
—Ya llegamos —anunció Finn.
Rous pestañeó para observar a su alrededor. Nunca habían viajado tan lejos a un lugar que pocos conocían. No sabía que el fin del mundo los traería a la otra parte del planeta.
—Todo se ve…
—¿En ruinas? —terminó de decir Finn, y ella asintió.
Iba a decir algo, pero el ruido de otro vehículo que levantaba polvo a lo lejos hizo que salieran a toda prisa a mirar, preocupados.
—¿Crees que sean la gente de Lux? —preguntó Rous con inquietud mientras apretaba en sus brazos el libro de Finn, quien no apartaba la mirada, manteniéndose en alerta.
Cuando el vehículo se acercó más, los hombros de Finn se relajaron y Rous esbozó una sonrisa.
—¡Llegaron los refuerzos, baby! —la cabeza de Lara fue la que se asomó por la ventanilla mientras gritaba.
—Está loca —se burló Rous.
—Eso no lo dudo.
El vehículo se detuvo a un lado y todos se bajaron. Salieron corriendo a abrazar a Rous: Star fue la primera en chocar contra los cálidos brazos de su hermana, y después siguieron Lara, Carly y Susie. Los únicos que se mantenían al margen eran John y los dos demonios que habían aparecido justo cuando buscaban a la señora Susie. Se quedaron a una distancia prudente y le dieron una corta mirada a Finn, observando con una leve sonrisa el reencuentro de lo que se podía considerar una familia.
—No pudimos comunicarnos con ustedes, estábamos preocupados —fue Star la primera en comentar.
—No se preocupen, tuvimos que ir más lejos —la calmó ella.