“No busques a la muerte, ya que de igual manera vendrá y te encontrará.”
— El Ángel de la Muerte (Leuksna)
El haz de luz ascendía hacia el cielo carmesí como una columna de fuego blanco y dorado, perforando la penumbra que cubría la antigua Akelon. A medida que el grupo corría entre las columnas caídas y los bloques de piedra milenarios, el calor en el aire se volvía sofocante, cargado de un magnetismo que hacía erizar el vello de los brazos.
En el centro de lo que alguna vez fue un templo filisteo, la luz emergía del suelo. Clavada en un altar de piedra agrietado, se encontraba la espada.
No era una hoja común. La empuñadura parecía forjada en oro antiguo con inscripciones celestiales que chispeaban, mientras que el filo ardía en dos llamas vivas: una de un fuego abrasador y violento, y otra de una corriente eléctrica azulada que danzaba alrededor del acero.
—No la toquen —advirtió Lara de golpe, frenando en seco y extendiendo un brazo para detener a los demás—. Ningún mortal puede sostener eso sin convertirse en cenizas instantáneamente.
—¿Y entonces para qué corrimos hasta aquí? —preguntó Rous, intentando recuperar el aliento mientras apretaba el libro de Finn contra su pecho.
Lara miró sus propias manos, que temblaban levemente. Sus ojos, fijados en el resplandor de la hoja, reflejaron un destello profético.
—Está reaccionando a ustedes dos —dijo Lara, girándose hacia Rous y Star—. El fuego y la electricidad... es la energía que llevan atrapada en sus venas desde que Luna las usó como recipientes. Tomar esa espada no es solo reclamar un arma. Es llamar a la bestia. Si despiertan la hoja, la esfera se romperá por completo y Leuksna vendrá por lo que le pertenece.
Antes de que Star o Rous pudiesen responder, el crujido de la grava y el sonido abrumador de docenas de pasos pisando las ruinas resonaron a su alrededor.
De entre la bruma roja y los pilares destruidos emergieron las siluetas. No eran humanos. Los supervivientes de la legión de Lux, junto a los guerreros Nefilim caídos encabezados por las sombras de la rebelión, los habían rodeado.
—Llegaron tarde, niños —resopló una voz entre las sombras.
Un murmullo de pánico corrió entre Carly, la señora Susie y John, quienes de inmediato retrocedieron buscando protección. Finn desenvainó un arma, colocándose frente a Rous, mientras el ambiente se volvía mortalmente tenso.
Fue entonces cuando la energía divina que emanaba de la espada hizo un estruendo sordo. Un pulso electromagnético invisible recorrió el altar.
Al instante, los brazaletes en las muñecas de Demon y Damián crujieron violentamente y saltaron en pedazos, cayendo al suelo de piedra como hierro inútil. Un aura de sombra y fuego abisal brotó del cuerpo de ambos hermanos. Sus ojos cambiaron de golpe, revelando la verdadera naturaleza demoníaca que habían mantenido reprimida durante la travesía.
Star ahogó un grito y retrocedió un paso, mirando a Damián con traición y dolor.
—Nos engañaron... —susurró Rous, apretando los dientes.
Demon se miró las muñecas libres y luego observó al ejército de Nefilim que cerraba el cerco. Miró a Damián, cuyo rostro reflejaba un conflicto interno al ver la mirada horrorizada de Star.
—Dijimos que no veníamos por una chica asustada —murmuró Demon con voz sombría, dando un paso al frente pero dando la espalda al grupo y encarando a los invasores—. Pero tampoco venimos a ser los perros de Lux.
Damián alzó la vista, mostrando sus garras y encarando al ejército invasor junto a su hermano.
—Vayan por la espada —ordenó Damián sin mirar a Star, aunque su voz sonó firme—. Nosotros les ganaremos tiempo.
—¿Por qué hacen esto? —alcanzó a preguntar Finn, sorprendido por el giro.
—Porque si esa cosa despierta —respondió Demon, lanzándose hacia el primer guerrero Nefilim con un rugido—, preferimos estar del bando que tiene una oportunidad de sobrevivir. ¡Muévanse!
El caos estalló en las ruinas de Akelon. Mientras los demonios contenían la primera ola de atacantes con violencia brutal, Rous y Star miraron el haz de luz. Sabían que no había vuelta atrás. Se tomaron de las manos, caminaron hacia el altar y, uniendo sus poderes, extendieron los brazos hacia la empuñadura de la espada sagrada.
El choque de acero y garras retumbó entre las columnas caídas del templo filisteo. Damián y Demon irrumpieron en las filas enemigas con una ferocidad salvaje, liberados por fin de la atadura de los brazaletes. El aire olía a azufre, a ozono quemado y a la sangre antigua de los caídos.
—¡Manténganse atrás! —gritó Finn, empujando a Carly, a John y a la señora Susie tras el parapeto de una columna agrietada—. ¡John, ayúdame a cubrir este flanco!
John asintió con el rostro pálido y las manos temblando sobre el guardamonte de su arma, mientras Susie abrazaba a Carly, susurrando oraciones entre el fragor del combate.
En el frente, Lux avanzó entre la bruma roja, escoltado por guerreros Nefilim de armaduras pesadas y por los sobrevivientes de la facción de Todd. Sus ojos, cargados de una codicia fanática, se fijaron en la columna de luz divina que emergía del altar.