Dark [light 2]

45: El Despertar bajo la Luna Roja

Narrador Omnisciente

“Amaba el silencio... pero todo sueño llega a su fin cuando sientes un ardor que te recorre todo el cuerpo.”- Luna Hill

El chasquido del primer cristal al romperse resonó por encima del caos de la batalla, como el eco de un espejo divino destruyéndose en el vacío.

En lo alto del cielo de Akelon, la esfera de luz crujió violentamente. Las grietas se multiplicaron en cuestión de segundos, ramificándose sobre la superficie dorada hasta que la estructura entera colapsó en una lluvia de esquirlas incandescentes que se evaporaban antes de tocar el suelo.

El viento se detuvo de golpe. El silencio cayó sobre el antiguo templo filisteo como una losa pesada. Los guerreros Nefilim detuvieron sus espadas a medio aire, los soldados de Lux contenían la respiración y hasta Demon y Damián, cubiertos de heridas y ceniza, retrocedieron un paso, alzando la mirada con los ojos desencajados.

Desde la prisión caída, el cuerpo de Luna descendió lentamente, golpeando la tierra agrietada con un impacto sordo.

Rous y Star cayeron de rodillas en las escaleras del altar, exhaustas, sintiendo sus brazos arder con una fuerza desconocida tras haber liberado la espada. Sin embargo, al ver la figura tendida en el centro de las ruinas, el dolor físico pasó a segundo plano.

—¡Luna! —gritó Star, con la voz ahogada en llanto mientras intentaba levantarse.

—¡Espera, Star, no vayas sola! —suplicó Rous, alcanzando su pulso tembloroso para sostenerla.

La mujer sobre la tierra no se movió como una humana. Minutos antes su cuerpo estaba bañado en un fluido místico que hervía al contacto con el aire seco del Mediterráneo, su cuerpo se había encogió sobre sí mismo. En una posición fetal, apretando sus piernas contra su pecho para proteger su desnudez, un temblor incontrolable le había recorrido de pies a cabeza.

En su mente no había paz. Una marea negra de recuerdos, visiones de sangre, gigantes de ira y matanzas milenarias chocaba contra los frágiles muros de su memoria mortal. Escuchaba el llanto de los caídos, el rugido del abismo y la voz seca, sin rostro, del Creador dictando su sentencia. De pronto, un susurro ronco pero potente retumbó directamente en sus oídos sensibles, quemando sus tímpanos:

«Despierta.»

Luna, bueno Leuksna había abierto los ojos.

Ya no había rastro del brillo cálido, suave y compasivo de la chica que John, Rous y Star recordaban. Sus pupilas fulguraban en una combinación aterradora de dorado divino y gris helado. La calidez humana se había extinguido por completo; en su lugar, solo habitaba en ella unos tempanos helado de un ejecutor.

Volviendo al momento un estruendo sordo sacudió las baldosas de piedra cuando, desde su espalda, se desplegaron dos colosales alas de plumas grises y plateadas. La ráfaga de aire espiritual que generó arrojó hacia atrás a los soldados más cercanos y levantó una nube de ceniza carmesí.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, una luz cegadora envolvió su figura. En un parpadeo, una armadura de guerrera celestial, antigua y labrada con runas de juicio, cubrió su cuerpo. Al extender su mano derecha, la espada de fuego que yacía en el altar respondió a su llamado, atravesando el aire como un rayo para posarse en su puño. Al mismo tiempo, de su mano izquierda brotó un arco de luz azul y eléctrica que hizo que los brazos de Rous y Star chispearan en agonía. La energía que llevaban los recipientes intentaba volver desesperadamente a su origen.

—No... esa no es Luna —susurró Finn, colocándose de inmediato frente a Rous con el arma en alto, aunque sus manos temblaban involuntariamente.

—Se los advertí —dijo Lara tragando saliva, retrocediendo hacia la sombra de los pilares con los brazos cruzados y la mandíbula apretada—. Si volvía, no sería ella.

Lara sentía desde que tenía poderes, que si su hermana volvía no sería ella misma. Por eso se mantenía en una distancia prudente, no quería caer en esos fuego abrazador y consumidor.

Cinco guerreros Nefilim de la facción de Lux, confiados en sus dimensiones y en sus hachas bendecidas, se abalanzaron sobre ella con un rugido, buscando decapitarla antes de que afianzara su posición.

Leuksna ni siquiera se giró a mirarlos. Inclinó la cabeza hacia abajo, dejando que su cabello cayera como una cascada oscura sobre los hombros plateados de la armadura.

—Nunca debieron despertarme — volvió a repetir su voz no era humana. Era una resonancia múltiple, ronca y pesada, como miles de ecos resonando en una caverna infinita.

A una velocidad que desafiaba la física, sus alas la impulsaron hacia arriba en una fracción de segundo.

Lo que siguió no fue una batalla, fue un exterminio.

Leuksna cayó desde el aire como una estrella fugaz sobre el centro del grupo enemigo. Un solo barrido de su espada de fuego cercenó el aire, reduciendo a tres de los gigantes a cenizas doradas antes de que sus cuerpos tocaran el suelo. Con la otra mano, descargó una ráfaga de electricidad azul que atravesó la coraza de los sobrevivientes, haciéndolos explotar en un estallido de luz fría.

No había piedad en sus ojos. No había duda, vacilación o rabia. Era una matemática divina en movimiento: limpia, rápida y despiadada.



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En el texto hay: demonios, angeles y magia, caos y drama

Editado: 02.08.2026

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