Narrador Omnisciente
“Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.”
El torrente de energía devuelto no destruyó a Rous ni a Star. Cuando sus manos tocaron la armadura celestial de Leuksna, no sintieron el fuego del exterminio, sino una violenta descompresión. El fuego abrasador y la electricidad que hacía arder sus venas fluyeron hacia la guerrera celestial como dos ríos regresando a su cauce.
Rous cayó de rodillas, jadeando con violencia, y Star colapsó a su lado, apoyando las manos en la grava milenaria de Akelon. Por primera vez en meses, las marcas en sus brazos se apagaron. Sus pieles recuperaron el tono humano; el dolor agudo en sus pechos desapareció por completo, dejando un vacío helado pero un alivio físico incalculable. Rous se miró las manos, temblorosas y despojadas de fuego, y luego miró a Star. Ambas estaban vivas.
Pero el ser que se erguía ante ellas ya no era simplemente Luna, ni tampoco una simple marioneta del cielo.
Con la totalidad de su esencia restaurada el fuego de la ira, los rayos de la justicia y la espada sagrada en su mano, Leuksna absorbió el poder total. En lo alto, el cielo carmesí crujió. En su pecho, la marca de la guerrera resplandeció en dorado absoluto, pero sus ojos, al mirar a Hero y al pequeño Argus, mantuvieron un destello de profunda y trágica lucidez. La madre y el Ángel de la Muerte se habían fundido en un solo ser.
Fue en ese preciso instante cuando una carcajada grotesca rompió la majestuosidad del momento.
De entre los escombros y la humareda emergió Lux, cegado por la codicia y por el pánico de ver su plan desmoronarse. Sosteniendo una lanza bendecida con sangre negra de Nefilim, Lux avanzó a paso firme, con la mirada desorbitada y una sonrisa siniestra deformando su rostro.
—¡Es mía! —rugió Lux, impulsándose hacia el pequeño Argus y Hero, buscando atravesar al niño para reclamar la sangre pura del híbrido—. ¡Si no puedo controlar al Ángel, destruiré su estirpe!
Hero no tuvo tiempo de reaccionar; cubrió al niño con su propio cuerpo esperando el impacto.
Pero nada tocó a Hero.
El aire se congeló. En una fracción de microsegundo, Luna se cruzó en la trayectoria de la lanza. Sin desplegar sus alas, con un movimiento tan veloz que el ojo humano solo percibió un destello de luz, atrapó la punta de la lanza con la mano desnuda. La madera y el hierro bendecido se pulverizaron al instante en su puño.
Lux se frenó en seco, con los ojos fuera de sus órbitas al sentir la sombra de Leuksna cernirse sobre él.
—Tú... —susurró Luna. Su voz ya no era la ronca multitud celestial, sino una resonancia helada, cargada de cada lágrima, cada muerte y cada tortura que Lux había provocado a su familia—. Te atreviste a tocar lo que mi carne engendró.
Lux intentó formular un conjuro, intentó retroceder, pero la mano izquierda de Leuksna se le incrustó en el cuello con la fuerza de una prensa de acero, elevándolo tres metros sobre el suelo.
—¡Esp-espera! —chilló Lux, ahogándose mientras sus piernas pataleaban en el aire—. ¡Soy el señor de la legión! ¡Tú me debes la liberación!
—Tú no eres nada —dictaminó Leuksna.
No hubo una muerte rápida. No para ella.
Luna clavó su mirada dorada en los ojos de Lux. Con la otra mano, invocó la llama divina de su espada y la redujo a un fuego concentrado y azulado, tan denso que parecía líquido. Sin soltarle el cuello, le hundió la mano incandescente directamente en el pecho, atravesando la carne, las costillas y el corazón corrupto de Lux.
Un alarido inhumano y desgarrador brotó de la garganta de Lux, un grito que hizo retumbar las piedras filisteas y heló la sangre de todos los presentes. El fuego de Luna no lo incineró de golpe: comenzó a quemarlo desde adentro hacia afuera, evaporando su sangre negra gota a gota, derritiendo sus venas y convirtiendo sus órganos en brasas incandescentes mientras ella continuaba consciente.
Lux retorcía los dedos, intentando arañar la armadura de Luna, pero ella ni siquiera pestañeaba.
—Esto es por Cole —pronunció Luna con una frialdad atroz al recordar todo.
Con un giro violento de su muñeca dentro de la cavidad torácica de Lux, descargó la corriente eléctrica acumulada de Star. El cuerpo de Lux comenzó a sufrir convulsiones violentas mientras la luz azul le brotaba por la boca, por los ojos y por los poros de la piel, agrietándole la carne como barro seco bajo el sol. El olor a ozono y a carne quemada inundó la plaza.
—Esto es por la humanidad que destruiste.
Lux intentó suplicar, pero de su garganta solo salían borbollones de fuego y ceniza.
Finalmente, Luna levantó su espada sagrada con la mano libre. En un solo movimiento ascendente, atravesó a Lux desde la pélvis hasta el cráneo, partiéndolo en dos en una explosión de fuego celestial y cenizas puras. Ni siquiera quedaron huesos. Lo único que cayó sobre las baldosas de piedra fue un puñado de polvo negro que el viento del Mediterráneo se encargó de dispersar al instante.
El silencio volvió a Akelon.
El ejército restante de Lux y los Nefilim rebeldes, horrorizados ante la ejecución brutal de su líder, tiraron sus armas al suelo y comenzaron a huir en estampida hacia la bruma, aterrados por la presencia de la guerrera.