Dark [light 2]

47: El Ángel misterioso

Narrador omnisciente

«No hay héroes en las guerras del cielo, solo almas marcadas para llevar sobre sus hombros la sombra que otros no pueden soportar.»

El silencio de Akelon duró apenas un suspiro.

Antes de que la luz de la Luna Roja terminara de disiparse sobre el horizonte del Mediterráneo, una presión abrumadora, infinitamente más pesada que la de los Nefilim o las legiones de Lux, paralizó a todos en el templo. El aire se volvió de un blanco puro, tan denso que respirar se sentía como tragar agujas de hielo.

Las ruinas no temblaron; simplemente se congelaron.

De entre la bruma celestial que descendía del firmamento, una figura majestuosa y aterradora se materializó sobre los escombros de la antigua acrópolis. Tenía cuatro alas de un blanco cegador que emitían un zumbido armónico y a la vez ensordecedor. Portaba una armadura de plata pulida que no reflejaba la luz de la Tierra, sino la gloria de los cielos más altos, y su rostro, esculpido con una perfección inhumana, no mostraba piedad ni vacilación.

Damián y Demon cayeron de rodillas de inmediato, ahogando un gemido de dolor cuando la sola presencia de la entidad hizo arder su carne demoníaca.

—Gabriel… —murmuraron en un hilo de voz aterrorizados, dando dos pasos atrás e instintivamente hincándose sobre las baldosas de piedra—. Es el Arcángel Mandatario…

El recién llegado no miró a los humanos, ni a los demonios, ni a la masa de cenizas que alguna vez fue Lux. Sus ojos, dos pozos de fuego blanco sin pupila, se posaron directamente en Luna.

—Tu tiempo en la tierra del barro ha expirado, Leuksna —la voz de Gabriel no retumbó en el aire; resonó dentro de las mentes de todos como un trueno de cristal—. La aberración de la rebelión ha sido erradicada. Tu esencia pertenece al Trono Divino para el sellado eterno de las brechas.

Luna dio un paso al frente, colocando su cuerpo como escudo frente a Hero. La calidez de Luna desapareció por un instante de sus ojos, dando paso al instinto protector de la guerrera celestial.

—Cumplí el juicio —respondió Leuksna con firmeza—. El abismo ha sido purgado en Akelon. Déjalos en paz.

Gabriel esbozó una sonrisa helada, carente de cualquier calor o empatía. Dirigió su mirada divina hacia Hero y, en específico, hacia el pequeño de tres años que este apretaba contra su pecho.

El pequeño Argus, asustado por la luz cegadora del Arcángel, escondió su rostro en el cuello de su padre, dejando escapar un sollozo. Hero lo abrazó con todas sus fuerzas, dispuesto a morir antes de dejar que la entidad se le acercara.

—No tienes derecho a negociar, Ángel sin jerarquía —dictaminó Gabriel, alzando una mano cubierta por un guantelete plateado. De sus dedos brotaron hilos de luz sagrada que se enroscaron en el aire, apuntando directamente al pecho del niño de tres años—. Esa criatura es una abominación. Un híbrido engendrado contra las leyes del Creador. Un milagro sucio de tres años que no debería respirar la luz del Sol.

—¡Ni se te ocurra tocarlo! —rugió Hero, desenvainando una daga con la mano que le quedaba libre.

—Si no vienes por tu propia voluntad y te rindes al ascenso irreversible, Leuksna —amenazó Gabriel, ignorando por completo a Hero mientras los hilos de luz comenzaban a quemar las mantas del niño—, incineraré a la semilla y a su padre en este preciso instante. Volverán a la nada de donde nunca debieron salir.

—¡No! —el grito de Leuksna retumbó en cada rincón de Akelon.

El pánico maternal de Luna y la fuerza del Ángel de la Muerte chocaron en su pecho. Miró a Gabriel, comprendiendo que el Arcángel no estaba haciendo una advertencia en vano. Gabriel ejecutaría al niño sin pestañear si ella dudaba un solo segundo.

Luna miró de reojo hacia atrás. Vio a Argus, a su pequeño de tres años temblando de miedo en los brazos de Hero; vio a Rous y a Star llorando impotentes, sostenidas por Finn; vio la desesperación en el rostro del hombre que amaba.

—Detente —dijo Luna, bajando la espada y extendiendo las manos en señal de rendición—. Detente, Gabriel. Me iré contigo.

El Arcángel detuvo los hilos de luz a milímetros del pecho de Argus, aunque la amenaza siguió flotando en el aire como una hoja afilada.

—Una decisión sabia —dijo Gabriel fríamente—. El cielo no tolera la demora.

Luna retrocedió lentamente hacia Hero. Sabiendo que Gabriel la observaba, se arrodilló por última vez frente a su hijo. Luna acercó su rostro al del pequeño Argus. El niño de tres años estiró su pequeña mano y le tocó la mejilla a su madre, limpiándole una lágrima de luz que le rodaba por la piel.

—Mamá... —alcanzó a balbucear el niño con su voz infantil.

El corazón de Luna se rompió en mil pedazos, pero mantuvo la compostura frente al Arcángel. Rozó la frente de su hijo con los labios, dejando en el pequeño de tres años una marca de protección dorada en su pecho y silenciada que ni siquiera Gabriel pudo detectar.

—Sé fuerte, amor —le susurró al oído con un hilo de voz humana—. Cuida a tu papá.

Luna se puso de pie y miró a Hero a los ojos.

—Protégelo —le imploró—. Enséñale a ser humano antes que cualquier otra cosa.



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En el texto hay: demonios, angeles y magia, caos y drama

Editado: 02.08.2026

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