“La noche más oscura no es la que precede al amanecer, sino la que enseña a los hombres a caminar sin luz.”
Tres años habían pasado desde que el cielo de Akelon se desgarró bajo el peso de la Luna Roja. Tres años desde que el nombre de Lux fue reducido a cenizas dispersas en el viento del Mediterráneo, y desde que las cadenas de luz del Arcángel Gabriel arrancaron a Luna del mundo terrenal.
La guerra que la humanidad conoció había terminado, pero la paz jamás regresó. El mundo que quedó atrás era solo un páramo de ciudades amuralladas, ruinas olvidadas y una neblina constante que ocultaba las estrellas.
En lo más profundo de las montañas del norte, escondida entre cañones de piedra y bosques tupidos donde el frío calaba hasta los huesos, se erguía una pequeña fortaleza de madera y roca. Allí, lejos del alcance de las patrullas celestiales y los remanentes del abismo, la vida transcurría en un silencio vigilante.
Dentro del refugio, el fuego de la chimenea crepitaba lentamente, proyectando sombras alargadas sobre las paredes.
Un niño de seis años permanecía sentado sobre una pila de pieles de oso. Tenía el cabello oscuro, no posea el cabello de su madre había sido pintado para despistar, cayéndole ligeramente sobre la frente y unos ojos intensos que mutaban de color según la luz: un segundo dorados como el metal pulido, y al siguiente de un gris ceniza profundo.
Era Argus.
El niño observaba fijamente la palma de su pequeña mano derecha. Sin hacer ningún ruido, cerró el puño con fuerza y, al abrirlo lentamente, una pequeña chispa bailó sobre su piel. No era fuego común, ni tampoco un simple rayo: era una llama bicolor, mitad azul eléctrico y mitad dorada, que no lo quemaba pero hacía vibrar el aire a su alrededor.
—Te he dicho que no hagas eso cuando la bruma está baja, Argus —la voz de Hero resonó desde la entrada del refugio.
Hero cruzó el umbral cargando un brazado de leña. Sus hombros se veían más anchos, su rostro estaba marcado por cicatrices recientes y una barba incipiente le daba un aire austero. Sin embargo, en la forma en que miraba a su hijo no había dureza, solo un amor feroz y protector.
El niño cerró la mano de golpe, apagando la llama al instante, y miró a su padre con timidez.
—No estaba haciendo nada malo, papá... —murmuró Argus con voz infantil pero firme—. Solo... estaba escuchando.
Hero congeló sus movimientos por un segundo mientras dejaba la leña junto al fuego. Se acercó a su hijo, arrodillándose frente a él.
—¿Escuchando qué mi pequeño niño?
Argus se llevó una manita al pecho, justo sobre el lugar donde, bajo la piel, la marca de protección divina que Leuksna le había dejado tres años atrás latía en silencio.
—El susurro —dijo el niño, mirando hacia el techo del refugio, como si sus ojos pudieran atravesar las vigas de madera y ver el firmamento—. Ella está bien. Sé que está bien, pero dice que el Cielo está enfadado porque yo sigo respirando.
Hero apretó la mandíbula, sintiendo cómo el frío le recorría la espalda. Rozó con ternura la mejilla de su hijo, recordando la promesa que le hizo a Luna antes de que las cadenas de Gabriel se la llevaran.
En el rincón más oscuro de la habitación, una figura se despegó de la pared. Rous salió de las sombras, vistiendo ropajes de cazadora y cargando un arco a la espalda. Sus manos ya no quemaban, sus venas no volvían a encenderse en fuego, pero en sus ojos aún habitaba la determinación implacable de la guerrera que aprendió a sobrevivir en la oscuridad.
—Lara y Finn acaban de regresar del puesto de avanzada —dijo Rous con voz baja pero clara, mirando a Hero—. Los avistamientos han aumentado. Los mensajeros de Gabriel están bajando cada vez más cerca de los valles. Saben que mi sobrino está en estas montañas.
Star entró justo detrás de ella, envuelta en un abrigo grueso, llevando una taza de té caliente que le ofreció a Argus. La joven le sonrió con ternura al niño, despeinándole el cabello con afecto, pero al mirar a Hero, su rostro se volvió grave.
—No podremos esconderlo mucho más tiempo, Hero —susurró Star—. Su energía está creciendo. Ya no es el pequeño niño de tres años, no sé cómo Luna lo mantuvo oculto por mucho tiempo. Su presencia se siente en el aire.
Hero se puso de pie, ajustando la empuñadura de la espada que llevaba al cinto. Se giró hacia la ventana, observando la noche densa y sin estrellas que cubría el bosque.
—No vamos a huir siempre —dijo Hero con una frialdad sombría que hizo eco en la madera del refugio—. Gabriel pensó que ahorcándonos en la oscuridad nos rendiríamos. Creyó que quitándonos a Luna y dejándonos en este mundo roto nos extinguiríamos en el olvido.
Hero caminó hacia la puerta y la abrió un par de centímetros, dejando entrar una ráfaga de aire helado que hizo ondular las llamas de la chimenea.
Argus se levantó de las pieles y caminó hasta el lado de su padre, tomando la mano de Hero. El pequeño de seis años miró hacia la penumbra del bosque exterior. En su pecho, la marca dorada resplandeció por un segundo a través de la tela de su ropa, enviando un pulso de luz cálida que desafió el frío de la noche.
—El mundo piensa que la guerra entre los Cielos y el Infierno terminó cuando Leuksna ascendió en cadenas —pronunció Hero, mirando a Rous, a Star y luego fijando la vista en la inmensidad de la sombra exterior—. No saben que el verdadero juicio apenas está aprendiendo a caminar.