La nieve caía suavemente sobre las brillantes calles de Moscú, cubriendo todo con su manto blanco mientras las luces de la ciudad parpadeaban en un baile hipnótico de colores. Sofía se encontraba en la entrada de una galería de arte, su corazón palpitando en un ritmo que concordaba con la música que emanaba del interior. Había pasado semanas preparando su primera exposición, pero en este instante, la emoción se mezclaba con un profundo sentido de pérdida.
“¿Estás lista, Sofía?” La voz de Anya, su mejor amiga, la sacó de sus pensamientos. Con un vestido rojo que resaltaba su figura, Anya parecía brillar frente a la grisácea noche.
“Solo… espero que les guste mi trabajo”, respondió Sofía, ajustándose el sombrero que llevaba como una forma de ocultar su nerviosismo.
“Les encantará. Tu arte es una ventana a tu alma. Confía en eso”, le dijo Anya, sonriendo, aunque sus ojos reflejaban una inquietud.
Ambas entraron en la galería, donde el aire estaba impregnado de arte y ambición. Las paredes estaban adornadas con cuadros que reflejaban la lucha interna de Sofía: pasiones, deseos y sombras se entrelazaban en cada trazo. Sin embargo, su mente estaba lejos, centrada en las memorias de su padre, un hombre que había sido su mayor apoyo y cuya ausencia la pesaba como una losa.
Mientras paseaba por la sala, Sofía notó miradas curiosas. A unos pasos, un grupo de aristócratas discutía con entusiasmo sobre la última obra. De repente, un suave murmullo proveniente de la entrada atrajo su atención.
Cuando levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de un hombre alto y de porte imponente. Dmitri. Su presencia iluminaba la habitación, haciendo que todas las conversaciones se detuvieran. Vestía un traje negro perfectamente ajustado, y su mirada era intensa, profunda como un abismo que prometía secretos.
“¿Quién es ese?” murmuró Anya, al notar la atracción que emanaba de su amiga.
“Ni idea”, respondió Sofía, sintiendo su corazón acelerar. Sin embargo, algo en la forma en que Dmitri la observaba le hizo alterar su respiración.
Dmitri se acercó, y en un instante que pareció eterno, se plantó frente a ella. “Tu trabajo… es inquietante”, dijo, su voz grave y seductora. “Posee una intensidad que pocos pueden comprender.”
Sofía tragó saliva, intentando desviar la mirada de su penetrante mirada. “Gracias. Es… es una expresión de mis luchas internas.”
“¿Y qué luchas son esas?” le preguntó Dmitri, arqueando una ceja. “No parece una joven como tú quien debe lidiar con tales oscuridades.”
“No soy quien parezco”, replicó ella, desafiándolo mientras un ligero escalofrío le recorría la columna vertebral. ¿Cómo podía sentir tanto poder en una sola mirada?
La conversación continuó fluyendo, atrayéndola hacia un mundo que ella había mantenido a distancia. Dmitri era magnético, su carisma innegable, y a pesar de las advertencias internas que la instaban a retroceder, cada palabra que intercambiaban llenaba el aire con una intensidad palpitable.
“Te invitaría a ver más de mi mundo”, dijo él, inclinándose un poco más cerca, sus labios casi tocando el delicado lóbulo de su oído. “Pero es un lugar peligroso. Puede que no quieras entrar.”
“¿Y tú crees que tengo miedo?” Sofía retó, su voz temblando entre la valentía y el deseo que ardía en su interior.
“Tal vez no ahora, pero te puedo garantizar que en algún momento lo sentirás”, respondió Dmitri, retirándose, dejándola con una mezcla de adrenalina y confusión.
La noche proseguía, y las conversaciones se complicaban en un torbellino de risas y susurros. Sin embargo, Sofía, atraída por la oscuridad que parecía rodear a Dmitri, sintió que no podía apartar la mirada de él. Lo que comenzó como una simple conexión se tornó en algo más profundo, más peligroso.
A medida que la gala avanzaba, algo dentro de Sofía la empujaba a seguir explorando esa relación prohibida. Sin embargo, cada vez que se acercaba más a Dmitri, sentía que una sombra inquietante se cernía sobre ella, un presagio de que su vida estaba a punto de cambiar irrevocablemente.
“¿Tienes una idea de con quién estás hablando?” le susurró Anya al oído en un momento, rompiendo la burbuja de ensueño que había creado en su mente. “Ese hombre es Dmitri Volkov, un nombre que todos temen. Está en el corazón de la mafia rusa.”
“¿Mafia?” Sofía murmuró, sorprendida.
“Es peligroso. Te estás metiendo en algo que no puedes controlar.” Anya apretó su mano, preocupada.
Pero era demasiado tarde. La puerta de su corazón se había entreabierto, y no había manera de cerrarla.
Al volver su mirada a Dmitri, lo encontró hablando con un grupo de hombres de aspecto amenazante. El ambiente de la sala se volvió cargado de tensión.
“Quiero llevarte a cenar”, pidió Dmitri, dejando su conversación. “Solo tú y yo. Esta noche es solo el comienzo.”
El corazón de Sofía latía con fuerza. “No puedo. Hay muchas personas aquí... no es apropiado.”
“Deja de pensar en lo apropiado y empieza a pensar en lo que realmente quieres”, replicó él, su mirada ardiente desafiando su lógica. “Y no te preocupes por el resto. Haré que desaparezca.”
Sofía sintió un escalofrío recorrer su espalda. Lo que dijo tenían ecos de un profundo significado. Sin embargo, sus ganas de conocer lo oscuro y lo prohibido despertaron en su interior una llama que no podía ignorar.
“Está bien… cenemos”, respondió, sin poder contener una sonrisa. Las palabras, sin embargo, parecían despertar un universo de consecuencias que apenas comenzaba a comprender.
Mientras abandonaban la galería, el fulgor de la ciudad se desvanecía, reemplazado por una ansiedad irresistible. La noche prometía emociones intensas, pero también peligros que parecían acechar en cada esquina. Sofía no sabía cuánto estaba dispuesta a arriesgar, pero había una parte de ella que anhelaba la aventura.
“Aquí estamos”, dijo Dmitri, deteniéndose ante un elegante restaurante que irradiaba lujo y misterio. Al entrar, el ambiente se sentía cargado de secretos. Cada mesa ocupada parecía susurrar historias que no se atrevía a escuchar.