Sofía se encontraba paralizada, su mente luchando por procesar la escena ante ella. Dmitri yacía en el suelo, su cuerpo inmóvil, rodeado de un caos inexplicable. Los gritos y el pánico se alzaban como un coro de desesperación, pero ella solo podía concentrarse en su figura. La sangre brotaba de una herida en su costado, y cada pulso de su corazón resonaba como un tambor de guerra en su pecho.
Con un esfuerzo monumental, Sofía logró liberar sus piernas de la trampa del miedo. “¡Dmitri!” gritó, avanzando hacia él, pero un par de hombres de aspecto amenazante bloquearon su camino, sus miradas cargadas de advertencias.
El intruso encapuchado había desaparecido en la confusión, pero la amenaza todavía latía en el aire. “¡Aléjate de él!” ordenó uno de los hombres, su voz profunda y llena de autoridad. “No te acerques.”
El alboroto en la sala creció, algunos clientes corrían hacia la salida, mientras otros se lanzaban al suelo, buscando refugio. Sofía sintió el caos girar a su alrededor como un torbellino, y en las entrañas de su ser, la sensación de impotencia se convirtió en rabia.
“¡Ayúdenlo!” gritó ella, mirando a los hombre en la mesa más cercana. “¡Llamen a una ambulancia!”
Uno de ellos, con una mirada intensa y fría, se giró hacia ella. “No hay tiempo para eso. Necesitamos sacarlo de aquí”, dijo, sacudiendo la cabeza. Su expresión era grave, pero la urgencia en su voz revelaba el peligro inminente.
El hombre que había llegado con Dmitri, Viktor, se acercó a ellos, su rostro pálido. “Lo siento, Sofía, pero no podemos esperar. Hay más en juego de lo que imaginas”, murmuró, su tono casi suplicante.
Mientras Sofía observaba la agonía en el rostro de Dmitri, la decisión se desbordó en su interior. No podía quedarse de brazos cruzados. “Voy a ayudarlo. ¡Voy a quedarme con él!” insistió ella, este último grito anhelando que alguien la escuchara.
“Anda, ven”, afirmó Viktor, su tono apremiante. “Es la única forma de mantenerlo a salvo.”
Sofía sintió una mano en su brazo, un fuerza que la hizo girar. Era Anya, sus ojos llenos de terror. “¿Qué hacemos, Sofía? Esto es una locura.”
“Si no hacemos nada, ¡morirá!” Sofía respondió, temblando de miedo y adrenalina. El dolor en su pecho se hacía más profundo con cada segundo que pasaba.
“Entonces, ¡vamos!” Viktor insistió, y con la mirada de determinación de Sofía y la resignación de Anya, avanzaron hacia Dmitri, quien yacía en el suelo, los ojos cerrados.
Viktor se inclinó sobre Dmitri, su voz baja y rápida. “Dmitri, debes levantarte. Hay que moverlo antes de que lleguen las autoridades.”
En un instante, Sofía vio a Dmitri abrir los ojos lentamente, y aunque estaba pálido, su mirada seguía teniendo ese fuego que la había cautivado. “Sofía…” susurró, su voz débil pero clara.
“Estoy aquí. Te ayudaré”, dijo ella, abrazando su mano, sintiendo cómo la vida aún latía en él.
Con un esfuerzo mancomunado, Viktor y otro hombre levantaron a Dmitri del suelo, mientras Sofía se colocaba a su lado, acompañándolo. Cada paso que daban era un recordatorio del abismo en el que estaba a punto de entrar, un abismo del que no estaba segura de poder escapar.
“Hay un automóvil atrás. Rápido”, ordenó Viktor, y comenzaron a moverse, evitando las miradas de los demás, quienes aún se aferraban al terror que había invadido la galería.
Pequeños fragmentos de conversaciones y murmullos llenaban el aire, pero Sofía se esforzaba por no escucharlos. En su mente solo había una cosa: Dmitri. Salvarlo. Ser su ancla.
Una vez en el automóvil, sintió el espacio seguro cerrarse a su alrededor. Viktor se sentó al volante, con un semblante decidido, mientras Sofía sostenía la mano de Dmitri, quien se encontraba medio consciente, su respiración irregular. “No te voy a dejar solo”, le dijo, sus palabras cargadas de una mezcla de amor y desesperación.
“Debes estar lista para esto, Sofía”, murmuro Dmitri, su voz un susurro agonizante. “Tu vida... no volverá a ser la misma.”
Ella lo miró con determinación. “No me importa. Solo concéntrate en sanar, ¿entendido? Te necesito.”
La velocidad del automóvil se intensificó, las luces de la ciudad parpadeaban como espectros a su alrededor. Sofía pudo ver cómo el rostro de Dmitri se tornaba más pálido, y el horror se fue apoderando de su pecho. ¿Qué había hecho al meterse en su vida?
“No puedo dejarte caer”, murmuró, aferrando su mano más fuerte. Dmitri cerró sus ojos brevemente y había algo en su expresión que cada vez más le hacía sentir que se estaba adentrando en un terreno peligroso.
La carretera se volvía más desierta a medida que se alejaban del restaurante, y Sofía podía sentir cómo la incertidumbre se cernía sobre ellos como una tormenta. ¿Cómo había llegado a este punto, atrapada en la vorágine de un mundo desconocido?
Mientras Viktor se dirigía hacia un lugar que Sofía desconocía, ella miró a su alrededor, sintiendo cada segundo como un susurro del destino. “¿A dónde vamos?” le preguntó Viktor, intentando mantener la calma.
“Un lugar seguro”, respondió él, manteniendo la mirada fija en el camino. “Ahí podremos tratar las heridas de Dmitri.”
“No puedo permitir que lo toquen”, dijo Sofía con firmeza, sintiendo que la protección que sentía sobre él era casi instintiva. Cada palabra resonaba más fuerte en su interior. No solo era su destino el que estaba en juego.
De repente, un crujido resonó en la radio, interrumpiendo la atmósfera tensa. Una voz distorsionada provenía de la transmisión, llena de urgencia. “Dmitri, ¿estás bien? Hay mucho en juego aquí. No puedes ignorarlo.”
Sofía sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Qué significaba eso? ¿Qué peligro acechaba a su alrededor?
Viktor miró a Dmitri, quien apenas podía abrir los ojos, y aumentó la velocidad. “Resiste, amigo. Vamos a sacarte de esto.”
Sofía se inclinó hacia él, su corazón latiendo con fuerza. “Dmitri, por favor. Lucha. Lucha por nosotros.”