El aire se tornó denso al ver a Vinogradov entrar, y la figura del hombre se alzó como un oscuro espectro en el umbral. Sofía sintió que su garganta se cerraba mientras su mirada se dirigía a él, y un escalofrío recorrió su cuerpo. Su risa era suave, casi seductora, pero los ojos eran afilados como cuchillas, y una ola de adrenalina la inundó.
“Dmitri Volkov, tan imprudente como siempre”, dijo Vinogradov, su voz resonando con amusemento mientras entraba en la habitación. “Has regresado a casa. Lo sabía.”
Dmitri, aún tendido en el suelo, intentó levantarse, su expresión se tornó en una mezcla de enojo y desafío. “Esto no te concierne, Vinogradov. No puedes estar aquí”, respondió, aunque su voz era más débil de lo que intentaba hacerla sonar.
“Oh, pero sí me concierne. Y tú lo decidiste al dejarme”, dijo Vinogradov, avanzando un paso más, acercándose al lado de Dmitri. “¿Qué te ha hecho volver a mí? ¿Un pensamiento melancólico de gloria perdida quizás?”
“¿Qué deseas?” preguntó Sofía, sintiendo que la furia burbujeaba dentro de ella. “Él está herido. ¿Acaso no tienes un poco de humanidad?”.
Vinogradov giró la cabeza con una sonrisa burlona. “¿Humanidad? Eso es algo que se pierde en este mundo, querida. Pero no os preocupéis, tengo un plan para tu amado Dmitri. Es una situación bastante interesante, si me preguntas.”
Las palabras de Vinogradov resonaban como un eco de súplica y desprecio. La autoridad en su voz era algo que aterraría a cualquiera, pero querido o no, Sofía sintió que su valentía se desbordaba en su pecho. Pero Dmitri la miró, una chispa de advertencia en sus ojos. “No hagas nada imprudente. Mantente alejada”, susurró rápidamente, con la intensidad suficiente como para cortar el aire.
“¿Y dejarte solo con ese monstruo?” replicó Sofía, su voz temblando entre la furia y el miedo. “No puedo hacer eso.”
“Soy un buen amigo, realmente”, continuó Vinogradov, volviéndose hacia ella. “Siéntete libre de quedarte, pero no garantizo que la noche termine bien para ti o para Dmitri.”
Zonas de indecisión recorrieron por el rostro de Sofía, un temor envolvente ahogándole la voz. “¿Por qué?... ¿Por qué incluso estás aquí? Tu familia está detrás de esto… No deberías arriesgarte.”
Vinogradov miró a su alrededor, como si estuviera considerando el peso de su propia violencia. “Porque él ha traicionado no solo a su familia, sino también a sus propios instintos. Lo que alguna vez fue un héroe, se ha convertido en una sombra, y estoy aquí para reclamar lo que es mío.”
Dmitri se movió con dificultad, tratando de levantarse mientras la sangre seguía manando de su herida. “No hay nada tuyo en mí. No soy tu propiedad, Vinogradov.”
“Eres un tonto”, dijo Vinogradov, su voz ahora reverberaba con peligro. “Tus decisiones te han llevado a esta situación.”
“Y yo no dejaré que te lo lleves”, se atrevió a decir Sofía, una punzada de coraje sacudiendo su interior. “No te pertenece a ti, ni a tu familia.”
Vinogradov se detuvo, una risa baja salió de sus labios. “Eres valiente. Pero la valentía a menudo termina en tumba. ¿Sabías eso?”
“¡Cállate!” gritó Sofía, el pánico llenando su voz. Sabía que estaba jugando con fuego, pero algo dentro de ella no podía ceder a la intimidación.
“Te aconsejo que te alejes, Sofía. Esto no te concierne”, dijo Andrei, quien apareció nuevamente en la puerta, sus ojos alborotados de preocupación.
“¡No puede dejarlo así!”, Sofía le gritó, sintiendo que un torrente de emociones carcomía su ser. Ella se acercó a Dmitri, quien ahora parecía estar luchando por encontrar la energía para levantarse. “Dmitri, por favor, quiero que estés bien… Tienes que pelear para salir de esto.”
“Yo... no puedo dejarte sola”, dijo Dmitri, intentando aferrarse a su mano con una confianza que se desvanecía rápidamente.
“Siempre en la lucha, ¿verdad?” se burló Vinogradov. “Si te escapas de este lugar, perderás a todos los que amas, y se perderán en el camino. Eso te lo puedo asegurar. El juego acaba de comenzar.”
Sofía miró a Vinogradov, sintiéndose atrapada entre la furia y la desesperación. La realidad de la situación la golpeó como un vendaval mientras pensaba en lo que un hombre tan brillante como Dmitri había dejado atrás. No solo su vida, sino también su destino, y todo podía caer en manos de alguien que aborrecía con tanto placer.
Al sentir la presión del momento, Sofía se giró hacia Dmitri. “No te dejaré caer. Haré todo lo que sea necesario”, afirmó, con un ardor resuelto en su voz.
“Debes salir de aquí. Esto se pondrá feo, y no puedo permitir que tú lo experimentes”, dijo Dmitri, tratando de expresar palabras que le costaban salir.
“¡Tengo miedo!”, gritó Sofía, las lágrimas empujando las palabras a que fluyeran. “No dejaré que esto termine así. No con nosotros.”
“Eso es lo que hace a las personas más vulnerables”, dijo Vinogradov. “Tus miedos pueden convertirte en algo hermoso o en algo vil. Todo depende de lo que elijas en este instante”.
La tensión era casi palpable, y la situación en la habitación se llenaba de un silencio lleno de significado. Andrei intercambió miradas con Sofía y Dmitri, como si pesara el tiempo que se les estaba escapando. “Necesitamos llegar a la salida, o no habrá ninguna salida”, repasó con intensidad, tratando de evaluar la situación.
La mano de Sofía temblaba mientras sostenía la de Dmitri. “No perderé este momento. Te necesito aquí, con nosotros”, dijo, una suave determinación atravesando su voz mientras el corazón se le encogía con cada palabra.
Vinogradov se acercó, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y peligro. “Te admiro, Sofía. Pero tu amor por él te llevará a la desgracia. ¿No te das cuenta?”
Probablemente tenía razón; el amor la llevaba a la ruina incluso en los momentos más oscuros. Pero había una luz en ese momento, un llamado que era imposible ignorar.
“Si es para protegerlo, soy capaz de enfrentar cualquier cosa”, replicó con firmeza, sintiendo que su fuerza la llevaba hacia un lugar que jamás imaginó entrar.