✗ Capítulo 3 ✗
No dormí esa noche.
Y no fue por la música, ni por el alcohol, ni por la fiesta.
Lo había visto y eso significaba involucrarme con él.
Desde las gradas de la cancha de vóley, mientras Ambar y yo observábamos cómo cada equipo practicaba con intensidad, sentí esa misma sensación extraña en el pecho. Como si algo estuviera a punto de repetirse.
—Tienes cara de no haber dormido nada —dijo Sari, con una mueca.
—Porque no dormí —respondí sin rodeos.
Ambar levantó la vista de su celular.
—¿Pesadillas?
Negué con la cabeza.
—Recuerdos.
No respondí. Bajé la mirada hacia Sari que estaba en la cancha como porrista.
Se movía con una gracia hipnótica, su cabello castaño largo rozándole la cintura en cada giro, los pompones marcando el ritmo. Sus ojos verdes almendrados brillaban bajo las luces del gimnasio, atrayendo miradas sin siquiera proponérselo.
No era difícil entender por qué todos la admiraban.
Sari no solo animaba al equipo; dominaba el espacio.
—Mírala —dijo Ambar con orgullo—. Nació para estar ahí.
Asentí, aunque mis ojos no estaban solo en ella.
Mis ojos se detuvieron en él.
El amigo de Axel.
Jugaba como si la rabia fuera combustible.
Cada mate golpeaba el suelo con una fuerza seca, violenta. No sonreía. No celebraba. Solo avanzaba, seguro, dominante.
—Ese chico… —murmuró alguien detrás—. Da miedo.
El entrenador anunció una prueba improvisada para decidir al próximo capitán del equipo.
La tensión se volvió palpable. Los murmullos crecieron en las gradas.
—Apuesto a que Axel gana —comentó alguien cerca.
Pero no fue Axel.
Fue él.
El amigo de Axel ejecutó el último mate con una precisión brutal. El balón golpeó el suelo con un sonido seco que resonó en todo el gimnasio. Hubo un segundo de silencio antes de que estallaran los aplausos.
El entrenador asintió.
—Tenemos capitán nuevo.
Entre todas las miradas, él me encontró.
Sostuvo mi mirada como si me estuviera marcando.
—¡Dayra!
Giré sobresaltada.
Kilian venía hacia mí con paso rápido.
—Te estaba buscando —dijo—. ¿Puedo pedirte un favor?
—¿A mí? —pregunté, sorprendida.
—Sí. Falté a la clase pasada y… —se pasó la mano por el cabello— ¿crees que podrías prestarme tus apuntes para el examen?
—Claro, no hay problema —respondí—. Los tengo aquí.
Su sonrisa se amplió.
—Genial. Podemos ir a la sala de computación y ahí me los pasas, ¿te parece?
Miré a Ambar. Ella levantó una ceja y me dedicó una sonrisa traviesa.
—Ve —dijo—. Yo me quedo esperando a Sari.
La sala estaba vacía. El aire era frío y silencioso.
Saqué mis apuntes y se los entregué. Kilian los hojeó con una atención exagerada.
—Wow… eres increíblemente ordenada —dijo—. Se nota que te importa.
Supongo —respondí con una pequeña risa.
Levantó la vista.
—Tienes un pequeño hoyuelo cuando sonríes —comentó—. Es lo más bonito que vi hoy.
Sentí incomodidad.
No por él… sino por algo más difícil de explicar.
—Kilian…
—Siempre que te invito a salir me rechazas —dijo de pronto—. ¿Por qué?
Me quedé en silencio unos segundos.
—No es eso… solo no tengo tiempo.
—Puedo esperar —respondió—. Sé que lo de Aldahir te afectó. Fue un idiota al dejarte.
Eso fue suficiente.
Cerré mis apuntes y me puse de pie.
—Ya terminaste, ¿verdad?
—Dayra, yo solo…
—Nos vemos —lo interrumpí.
Salí sin mirar atrás.
Cuando regresé a la cancha, el ambiente había cambiado. El partido había terminado. La gente empezaba a dispersarse.
Y entonces lo sentí.
Esa mirada.
Levanté la vista.
Él estaba apoyado contra la baranda, solo, con una botella de agua en la mano. No hablaba con nadie.
No parecía interesado en nada… excepto en mí.
Nuestros ojos se encontraron.
No apartó la mirada.
Se separó de la baranda y caminó hacia mí con calma, como si supiera que no iba a huir. Cada paso suyo hacía que el aire se volviera más pesado.
—Acompáñame —dijo—. Necesito hablar contigo.
No fue una pregunta.
—¿Sobre qué? —intenté decir, pero mi voz salió más baja de lo que esperaba.
Me observó un segundo más, como evaluando algo que solo él entendía.
—Sobre anoche.
Tragué saliva.
No quería aceptar.
No debía aceptar.
Y aun así, caminé.
La salida de emergencia estaba casi vacía. El ruido del gimnasio quedaba lejos, amortiguado, como si el mundo se hubiera cerrado detrás de esa puerta.
—Anoche te fuiste rápido —dijo, rompiendo el silencio.
—Porque quería irme —respondí, cruzándome de brazos.
Sonrió.
No una sonrisa amable.
No una sonrisa tímida.
Una sonrisa ladeada, peligrosa. Segura.
—Claro —dijo—. Me viste.
El aire se volvió espeso.
—Y no apartaste la mirada —añadió, acercándose un paso más.
Mi espalda rozó la pared sin que me diera cuenta.
—Eso no te da ningún derecho —dije, firme—. A nada.
Su expresión cambió apenas. Muy poco. Pero lo suficiente.
—Nunca dije que me lo diera —respondió—. Solo dije que ahora estamos involucrados.
—No —lo corregí—. Yo no estoy involucrada en nada contigo.
Soltó una pequeña risa, baja, casi irónica.
—Eso es lo que crees.
Dio un paso más.
Demasiado cerca.
Sentí su presencia como una presión en el pecho.
—Ten cuidado —le advertí—. No cruces límites que no puedas sostener después.
Sus ojos se oscurecieron.
—Yo no cruzo límites —dijo—. Los hago desaparecer.
Eso fue suficiente.
Me moví para pasar a su lado.
—Aléjate de mí.
—Nos vamos a volver a ver, Dayra —dijo a mi espalda—. Y no va a ser casualidad.
No respondí.
Pero él no era alguien que aceptara un “no” como final.