✗ Capítulo 5 ✗
Aquella tarde, el sol caía de lado sobre el patio y yo estaba encogida en una banca, con los hombros relajados solo en apariencia y los dedos volando sobre la pantalla del celular mientras editaba un video. Ambar y Sari tardaban en llegar para ir al cine, así que aproveché el tiempo.
Elegí una canción que me gustaba demasiado. Unas de esas que dicen lo que una no se atreve a escribir en voz alta.
Cada nota parecía encajar con algo que aún no sabía nombrar.
No noté nada hasta que una sombra se detuvo frente a mí, cubriendo la luz.
—Ala… —dijo una voz, sorprendida, inclinándose un poco para ver la pantalla—. ¿Tú hiciste eso?
Levanté la vista. Era Jesus.
Su voz sonó distinta, como si algo le hubiera llamado la atención de verdad.
—Sí —respondí—. Es una canción que compuse.
Asintió despacio, sin apartar la mirada del celular, como si todavía estuviera escuchando la melodía en su cabeza. Luego me miró a los ojos.
—¿Ustedes terminaron, cierto?
—¿Te refieres a Aldahir? —pregunté—. ¿Por qué lo dices?
—No sé… —se encogió de hombros, con la mirada perdida en el patio—. Últimamente no te veo con él.
Lo observé unos segundos antes de responder, sintiendo cómo el aire se enfriaba un poco.
—Sí. Terminamos.
—Ah… —murmuró—. Yo también terminé con mi flaca, ya fue.
—Oh… qué triste —dije, más por educación que por sentimiento.
Negó con la cabeza casi de inmediato.
—No, triste no.
—¿Por qué?
Se quedó pensando unos segundos, mirando al suelo, como si buscara una respuesta que no sonara mal.
—No sé… simplemente no me siento triste.
—Yo me sentí igual —confesé—. Supongo que fueron relaciones que no dolieron.
—Pero… —me detuve como si mi cerebro aún estuviera procesando algo—entonces… ¿no la amaste?
Levantó la vista, sorprendido.
—No es eso —dijo—. Solo… no me encariñé tanto.
No supe que responder.
Tal vez tenía razón. Tal vez no acostumbrarse a nadie era una forma de sobrevivir.
—Por cierto —agregué para cambiar de tema—, ¿cuántos años tienes?
—Veinte. ¿Y tú?
—Dieciocho.
Sonrió. Una risa breve, coqueta, sin explicación.
Luego se fue sin decir nada más, dejándome con una sensación extraña en el pecho.
Al rato, escuché un motor acercarse. Sari conducía, Ambar iba adelante, sacando medio cuerpo por la ventana.
—¡Sube! —me gritó, señalando la puerta trasera.
Asentí. En el asiento trasero estaba Kilian. Me miró y me hizo un gesto para que me sentara. Emersson se movió un poco para darme espacio.
En el cine compramos entradas para ver la película de Zootopia.
El hambre me distrajo por completo; me quedé mirando el puesto de comida como si fuera lo más importante del mundo. Todo se veía delicioso.
—Palomitas dulces, una salchicha y una gaseosa —pedí.
—Yo pago —dijo una voz a mi lado.
—¿Kilian? —lo miré mal—. ¿Desde cuándo estabas ahí?
Me ignoró y pago.
—No me mires así, solo come.
—Entonces compartiré contigo —respondí.
Sonrió.
La película empezó. Las luces se apagaron. Emersson estaba al lado de Sari, Ambar en la esquina, y quedaron dos asientos en el centro que ocupamos Kilian y yo.
Durante la película intenté concentrarme, pero Kilian no dejaba de mirarme.
—¿Acaso tengo algo en la cara o qué? —pregunté en un susurro.
No respondió. Su mirada me hizo arrepentirme de haber preguntado.
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Al salir, Emersson propuso ir a un restobar.
El lugar era aún más llamativo por dentro.
Un espacio moderno, engañosamente tranquilo y acogedor con una iluminación cálida y decorativa. Las mesas de madera, el techo adornado con lámparas de mimbre de diferentes formas y tamaños, entrelazadas con plantas colgantes.
En el centro, una pantalla grande iluminada con luces celestes, y de fondo sonaba FLOWERS de MILEY CYRUS.
—Su orden, por favor.
La voz.
Levanté la mirada y me encontré con sus ojos, fijos en los míos.
—Jesus… —susurré sin darme cuenta.
No miró el menú.
No miro la mesa.
Solo me miró a mí.
Demasiado tiempo.
El aire cambió. Apenas perceptible. Pero cambió.
—Su orden —repitió, sin dejar de sostenerme la mirada.
Antes de que pudiera decir algo más, Sari dejó caer el menú sobre la mesa con un golpe seco.
—Ah —dijo, estirando la sonrisa—. ¿Y este plot twist?
Ambar no sonrió.
Sus ojos fueron de él… a mí.
—¿Todo bien, Dayra?
Asentí demasiado rápido.
Jesus dio un pequeño paso atrás.
—No quise interrumpir.
—No interrumpes —dije.
Ambar inclinó un poco la cabeza.
—Qué raro —murmuró—. Porque sí lo hiciste.
El silencio cayó como algo pesado.
Jesus no apartó la mirada de mí hasta el último segundo.
Luego bajo los ojos apenas.
—Solo vine a tomar el pedido —dijo.
Su voz sonó controlada. Demasiado.
Kilian apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose apenas hacia adelante.
—Entonces anótalo —respondió, frío.
No fue el tono.
Fue la forma en que lo miró.
Como si no le estuviera hablando a un maestro.
Yo sentí un nudo en el estómago.
—Kilian —murmuré.
—No —dijo Ambar, sin levantar la voz—. Déjalo.
Jesus dio un paso atrás.
—Si es un mal momento, puedo pedir que alguien más…
—No hace falta —dijo Ambar—. Ya estamos aquí.
Se inclinó hacia adelante.
—Pero que quede claro algo.
Jesus la miró, atento.
—Ella no es parte de tus juegos ajenos.
Sentí el peso de esas palabras caer sobre mí.
Jesus apretó la mandíbula.
—Nunca dije que lo fuera.
Se mordió el labio inferior.
—Hay cosas que no entiendes todavía.
El silencio se tensó como una cuerda a punto de romperse.