Darkjess

Capítulo 6

Capítulo 6✗

Me dejaron en la esquina, cerca de mi casa, por petición mía. Estaba agobiada, necesitaba aire.

Las palabras de Kilian aún resonaban en mi cabeza; el simple hecho de que me dijera eso de él era incómodo. No podía hacer eso, no podía alejarme de él.

No era posible.

Cuando llegué a casa, el reloj marcaba más de lo que debía.

—¿Sabes la hora que es? —la voz de mi mamá me cayó encima apenas crucé la puerta.

Levanté la mirada, pero no dije nada. Dejé las llaves sobre la mesa. El cansancio me pesaba más que la culpa.

El silencio fue suficiente para encenderla.

—Siempre es lo mismo contigo —continuó—. Llegas tarde, no avisas, actúas como si esta casa no existiera.

Quise responder. Decirle todo lo que me sucedía día a día, con confianza. Decirle que algo en mí estaba revuelto, que no estaba bien.

Pero las palabras no salieron bien. Nunca lo hacen.

Suspiré.

—Solo por llegar tarde me tratas así —dije al fin, con la voz quebrándose—. Sé como cuidarme sola, soy responsable… me conoces.

Mis ojos brillaban, traicionándome. Odiaba llorar frente a ella, pero esa noche todo estaba demasiado cerca de
desbordarse.

—No se trata solo de eso —respondió, cruzándose de brazos—. No cumples mis reglas. Y mientras tú estés bajo mi techo, las cosas serán a mi manera, como yo diga.

Sentí el golpe seco de sus palabras. No era una advertencia, era un límite. Uno que no dejaba espacio para explicaciones.

—Nunca me escuchas —murmuré—. Siempre crees que exagero, que no entiendo nada.

—Porque aún no entiendes —replicó—. No es desconfianza. Es protección.

No ya no quería más esto…
Así no se sentía.

—Haz lo que quieras —dijo finalmente, con la voz más baja, cansada—, pero no vuelvas a llegar así.

Subí a mi cuarto con el pecho apretado.

Cerré la puerta con las manos temblorosas y apoyé la espalda contra ella, dejando que el aire me faltara por un segundo.

No podía quedarme ahí.

No esa noche.

Abrí la puerta las luces estaban apagadas.

Bajé las escaleras en silencio. Mi abuela estaba en la sala. Siempre había sido buena conmigo. Cuando mi madre no estaba en los momentos en los que más la necesitaba, estaba ella.

—Sabía que hoy saldrías, después de esa discusión —dijo, al ver mis ojos húmedos, con una expresión llena de compasión.

—Hoy no puedo quedarme aquí —respondí mientras me secaba las lágrimas—. Iré a casa de Sari… o no sé.

Me abrazó con fuerza, y yo le devolví el abrazo como si se me fuera a romper algo por dentro.

—No tardes, pequeña —sonrió.

Tomé mi chaqueta, abrí la puerta y la cerré con cuidado.

Apenas estuve fuera, colapsé en un llanto silencioso.

Caminé sin rumbo fijo. El frío de la noche me golpeaba la cara, mezclándose con la rabia y la impotencia. Cada paso me alejaba de las reglas, de los reproches, de todo lo que me hacía sentir atrapada bajo un techo que ya no parecía mi refugio.

Mis dedos se aferraban al borde de mi chaqueta mientras buscaba un lugar para despejar mi mente.

Sin darme cuenta, llegué a la escalera de emergencia de un edificio cercano. El metal frío bajo mis manos, el olor a humedad y a pintura vieja.

Subí los peldaños uno a uno, cada crujido resonando como un latido en la noche silenciosa.

Cuando finalmente llegué a la azotea, la ciudad se desplegaba ante mí, un mar de luces que parpadeaban como estrellas caídas.

Había alguien allí.

Parpadeé.

¿Jesus?

Vestía de negro. Polera negra. Jeans negros.

Estaba recargado en la baranda de metal, con un cigarrillo entre los dedos. El humo dibujaba figuras en el aire, escapando hacia el cielo.

Su mirada estaba perdida en las luces, pero al girarse y encontrarse con la mía, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—No esperaba verte aquí —dijo, con la voz ronca, como si la noche se la hubiera robado las palabras.

Podía oler el humo en su ropa, sentir el peligro y la vulnerabilidad mezclados en un mismo instante. Por un momento, dudé si acercarme o quedarme en la sombra, pero algo en la forma en que me miraba me llamó.

—¿Fumas? —pregunté, tratando de sonar firme, aunque mi voz traicionaba mi curiosidad y un ligero reproche.

—Sí —respondió, exhalando el humo hacia el cielo—. Pero no lo hago siempre… solo cuando necesito pensar.

—¿Pensando en mí? —bromeé, aunque no sonó tan ligera como pretendía.

—Pensando en muchas cosas… pero ahora que estás aquí, quizás solo en ti —dijo, con una media sonrisa.

—¿Lloraste? —preguntó de pronto.

—¿Tanto se nota? —respondí, rozándome los ojos.

Asintió.

—Olvídalo… no quiero hablar de eso.

—Tu cigarro apesta... ¿Siempre vienes aquí?

—Es mi lugar para alejarme de todo.

—No entiendo por qué… fumas —susurré, bajando la voz—. ¿Por qué te expones así?

—Porque a veces… el riesgo tiene su belleza —soltó—. Y tú, Dayra, eres uno de esos riesgos que no quiero dejar pasar.

El silencio se volvió más denso, y sentí que cada palabra y cada mirada nos acercaba más, como si la azotea fuera el único lugar donde podíamos ser honestos con nosotros mismos, aunque todo lo demás estuviera prohibido.

—Jesus… —dije finalmente—. No sé si estoy lista para esto, apenas te conozco.

—Lo sé —dijo con suavidad—. Pero no puedo prometer que te dejaré ir. No voy a fingir que no me importas.

El humo del cigarrillo se mezcló con la brisa nocturna, y por un instante, todo lo que podía sentir era él… y la
electricidad que surgía entre nosotros, peligrosa y deliciosa.

Jesus se acercó un poco más, y el aire entre nosotros se volvió denso. Pude sentir el calor de su cuerpo, mezclado con el aroma del humo y su fragancia que no lograba identificar, pero que me hacía sentir… débil.

—Dayra… —susurró, con un tono que hizo que mi corazón se acelerara—. No quiero lastimarte, pero tampoco puedo mantenerme alejado.



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En el texto hay: romance, secretos, darck romance

Editado: 24.02.2026

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